LA BELLA Y LA BESTIA

LA BELLA Y LA BESTIA

Juanita Acosta La revista de la cosa ligera, liviana o light; los periodistas de la farándula y las telenovelas blancas lanzaron este producto de belleza, inofensivo y de bajo riesgo como un vaso de leche descremada. El fetichismo de la juventud, que nos ha puesto a hacer aeróbicos y a usar cremas después de los cincuenta, lanzó al mercado a esta fémina, ajena al oscuro objeto del deseo . Muñeca de porcelana china, fetiche de unos pocos días, los necesarios al desgaste de su imagen, vende una juventud sin desafíos.

29 de junio 1997 , 12:00 a. m.

No podría ser distinto: la juventud de este final de siglo es puro estado biológico, una mercancía que tiene formas antes de hacerse a contenidos.

El cine, que ofreció modelos a la televisión, nos dio a Claudia Cardinale, dirigida por Visconti, y a la Marylin y esas nuevas perversas, casi niñas, llamadas Nastassja Kinski, Sharon Tate, Sue Lyon, María Schneider, Julia Roberts y Jessica Lange. Nos dio esa clase de juventud que es fuego e ímpetu. Nuestra televisión, de mascarada en mascarada, nos dio a Juanita Acosta, que es hielo y apatía. en resumen: una belleza que, desprovista de animalidad, es sólo anatomía o disolvencia de edición digital.

Sana como un yogur o una diet coke, como las verduras y el filete de lenguado a la plancha; como una sesión de gimnasia y una botella de agua mineral, Juanita es una belleza llena de moralidades, belleza de orden y buena familia, antítesis de la belleza femenina, esa que cultiva la perla de la perversión para que luzca y seduzca antes de aburrir. Elegida para el papel de actriz, debió hacerse quedado en el modelaje, donde se esconden mejor defectos y virtudes. Su diseño anatómico, de indudable armonía, no tiene la sal ni la pimienta ni esos matices de alma que modelan a una actriz.

La bestia: Gilberto Echeverri Mejía Las guerras se ganan o se pierden en minutos. Y esos minutos se graban en la historia para toda la vida. Fueron los minutos que decidieron Waterloo o Las Delicias. Alguien llega tarde, los refuerzos que se esperaban se quedaron en camino. Un error, de los hombres o del azar, conduce a un general a su isla de Santa Elena para que, sobre las huellas de sus glorias, escriba su Memorial . Un error o un desliz del temperamento, como le sucedió al general honoris causa Gilberto Echeverri Mejía, buscando el arma perdida de su escolta, buscando entre los periodistas al autor del ilícito. No perdió la guerra, pero perdió parte de esa guerra que hoy se libra entre la personalidad y la imagen, entre el ser individual y el look . Desliz de su temperamento: como antioqueño que es, trató directamente los pequeños asuntos de su finca. Como hombre de carácter que ha sido, frentero y de sinceridad casi campesina., olvidó que el arma perdida de un escolta no es asunto del ministro sino de su jefe de seguridad. Quiso ser jefe de seguridad de sí mismo e hizo el ridículo. Y en el instante de presentar disculpas, se la endosó al escolta distraído.

Un ministro no pierde tan fácilmente los estribos, a menos que lo traicione el instinto. Y a don Gilberto lo traicionó la distracción de su escolta y la ligereza del instinto: entre los periodistas podía estar el autor de la fechoría. Infiltrado entre quienes le han dado esa imagen de hombre voluntarioso y bien intencionado, podría estar el culpable del delito. Que nadie salga de aquí Así en cosas de segundos, se fabricó el Waterloo de su look: todo había sido un desliz de su malicia indígena. Pero la honra de los periodistas ya había sido puesta en entredicho. El lapsus, traición del inconsciente, ya estaba traducido: entre ustedes, todo puede ser posible, hasta una infiltración del enemigo.

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