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Se siguen leyendo y oyendo noticias negativas de las puntocom.

Por: REDACCIÓN EL TIEMPO
08 de febrero 2001 , 12:00 a. m.

Se siguen leyendo y oyendo noticias negativas de las puntocom.

Sin caer en el pesimismo trágico del crítico de Internet que alegaba que el futuro de esta era el mismo de la banda radial ciudadana, es evidente que el entusiasmo sobre los negocios en la red ha decaído.

Cuando se apagaba el rumor de los despidos en NYTimes.com, Disney anunció que cerrará su portal Go.com en donde integraba todo su portafolio de entretenimiento, televisión, cine y noticias con pérdidas que superan los 250 millones de dólares.

Hoy se reconoce que alrededor de 100 puntocom grandes han fracasado en los últimos 12 meses.

Un industrial comentaba, en los días de exhuberancia, que no entendía por qué mientras él llevaba treinta años haciendo cosas para venderlas un poco más caras de lo que costó fabricarlas, unos ingenieros alocados vendían millones de dólares en un negocio que se llamaba así mismo virtual.

Y se hacía las siguientes preguntas en dónde está el margen del negocio de Internet? en dónde se crea valor? O lo que es lo mismo: por qué alguien podría cobrar si otro ofrecía el servicio gratis?.

Los defensores de los puntocom alegaban que, si no se cobraba por utilizar el servicio, se podía pautar publicidad. A lo que un reconocido creativo replicó con sorna que comprar espacio en Internet era lo mismo que pautar en la Enciclopedia Británica.

No trataba de ser despectivo sino que señalaba el carácter de consulta ramificada y excluyente de un diccionario. Son muy pocos los desocupados que leen, de corrido, enciclopedias, tal como se hace con una revista!.

Y es que, para muchos observadores, ahí radica la dificultad de Internet: en que es un recurso esquizofrénico. No es un medio de comunicación pero tampoco es un proveedor de contenido ni una valla publicitaria. Es más bien un acceso generoso a la información. Con seguridad este será el desarrollo que se consolide.

Sin ir más lejos pregúntese para qué usa el Internet hoy: desde luego para enviar y recibir correo, haciendo algunas transacciones, superando la Intranet de la oficina o la fábrica; para leer periódicos internacionales; para ayudar a hacer la tarea a la hija; para bajar alguna música; y, eventualmente, si usted es un viajero frecuente, para reservar pasajes, carro y hoteles.

Ah! Y para ver el clima que está haciendo en su destino. No mucho más.

Pero ha hecho algún negocio importante gracias a la red? ha contactado un cliente merced a la originalidad de su costosa página web? ha hecho doble-click en un aviso desplegado en un portal? Muy pocas personas puedan contestar afirmativamente de forma categórica.

Y ello resulta paradójico si se recuerda que el puntocom es un vestigio de la primera red que clasificó las direcciones en .edu, .gov, .mil, .org para los sectores que señala, con cierta obviedad, la abreviatura, siendo .com un genérico para la actividad comercial.

Una explicación plausible, que está en muchas encuestas realizadas para los lanzamientos de los puntocom, es que la gente todavía no confía totalmente en Internet. No es sólo una prevención sobre la seguridad, que la hay y mucha, a pesar de los indudables progresos en encriptación.

Es también que los sistemas son aún muy inestables. Cuando no es el callejón sin salida de un algoritmo, es un problema de memoria insuficiente. Entonces, aparece la pantalla azul de Windows o la siniestra bomba de Macintosh con el mensaje, por demás alarmante, de Error fatal!!!.

Estos problemas parecen estar en la raíz misma de los computadores. Al punto que una medida de confiabilidad es el número de nueves que tenga: un sistema con cinco nueves, probablemente fallará una de cada 100.000 veces.

Este nivel está reservado a los servidores para negocios muy sensibles pero no es la norma generalizada. Así que imagínese lo que le toca a usted.

Por ello, pueda ser que, por las razones anotadas, los puntocom no sufran el mismo destino de las fuentes de agua fría en los almacenes y en los cines: que siguen ahí pero ya nadie los utiliza porque hay otras cosas que cumplen mejor su función y se venden.

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