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COLOMBIA DE LEJOS Y DE CERCA

COLOMBIA DE LEJOS Y DE CERCA

Aunque el seguimiento a distancia de la vida colombiana, mediante la lectura del periódico sin mayor retraso, permite no perder el hilo de su azaroso itinerario, el contacto directo con el acontecer nacional produce un choque de impresiones contrapuestas. La ausencia de unas semanas proporciona una visión panorámica de la coyuntura actual, menos influida por las percepciones directas. Se palpa desde lejos un país pujante, empeñado en construir su futuro a despecho de contingencias que solo se comprenden en su real dimensión a la luz de la turbulenta historia de los últimos decenios. Con un denominador de tremenda dureza: la violencia que ha impregnado los estratos todos de nuestra existencia.

Por: REDACCIÓN EL TIEMPO
05 de marzo 1993 , 12:00 a. m.

Los actos terroristas que sacuden a las ciudades mayores, o destruyen en obnubilación incomprensible nuestros recursos naturales, golpean con la misma intensidad allá y aquí. Con angustia mayor a distancia, cuando una noticia escueta en la televisión, perdida entre la marejada de los sucesos mundiales, crea una nube de interrogantes que solo hallan respuesta parcial en algún contacto telefónico o a la llegada del periódico colombiano. El golpe asesino se siente en lo íntimo, con el pesar de las víctimas y la amargura de saber que son causadas por sus propios compatriotas.

El costo de vida, explosivo en los dos primeros meses del año, nubla el panorama económico en el que también abundan los contrastes. El mundo industrializado sigue cerrando los ojos ante las necesidades y penurias del que no lo es. Su actitud frente al banano y al café, es indicativa de la indiferencia de los países consumidores ante los productores. No se piensa en que la ruina de los agricultores producirá el traslado de la fuerza laboral campesina a las siembras letales de la coca y la amapola.

Por otro lado, resultan alentadores los avances integracionistas. Un reciente artículo del New York Times intitulado Boom en el comercio regional latinoamericano , comenta el salto adelante de los negocios en Suramérica, bloque por bloque. Al comercio colombo-venezolano le señala en gráficas mil millones de dólares en 1992, frente a los escasos 200.000 dólares de 1989. Al Pacto Andino un incremento del 250 por ciento desde 1986, sin contar las exportaciones hacia afuera del área. A ello habría que agregar el avance del Grupo de los Tres (Colombia, Venezuela y México) y la posibilidad de acceso al Mercado Común Norteamericano.

Ante estas realidades, se hace más anacrónica la delincuencia organizada, bien con careta de una revolución ideológica que perdió el pulso de la historia, bien de un narcoterrorismo lunático que comienza a dar signos de disolución. Si los responsables de semejante acometida contra su propia patria entrasen en razón, Colombia podría emprender su viaje al futuro con la certidumbre del éxito.

La corrupción sigue siendo agobiante. Vergonzosa además, cuando las informaciones internacionales la colocan a nivel equiparable al del narcotráfico. Es esta otra vena rota de costo incalculable. Gigantesca como ha sido la labor del Fiscal General de la Nación y del Veedor del Tesoro, es muy largo el camino por recorrer en la erradicación de esa gangrena gaseosa del organismo gubernativo. Y de sectores privados que en sus negocios con entidades oficiales, se valen de recursos prohibidos para ganar contratos y licitaciones.

El deporte y la cultura, dos grandes olvidados de las preocupaciones oficiales, siguen proporcionándonos satisfacciones en las que se refugian nuestras urgencias de hallar algo de qué enorgullecernos. Son como el escape de la represión interior de sentimientos frustrados y oportunidades malogradas. Uno y otra siguen siendo cultivados por minorías, pero ambos revelan un potencial que el Estado debería valorar, ampliando y perfeccionando su cultivo para un beneficio colectivo de incalculables alcances.

Este panorama, desalentador en muchos aspectos, no puede llevarnos al derrotismo pesimista. La lucha contra el crimen avanza, con éxitos limitados pero crecientes. La capacidad del Estado para reducir las proporciones de la delincuencia, aumenta. Prueba de ello las entregas o eliminación de personajes destacados de ese mundo sórdido y deletéreo que quiso imponer su ley. Sin optimismos prematuros, pero también sin desánimo, debemos mirar adelante, estrechar nuestra solidaridad ciudadana, apoyar más, denostar menos. La lucha es de todos y en ella debemos comprometernos con el coraje y la determinación que nos lleven a las metas ansiadas por los colombianos de bien.

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