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ORDEN, JUSTICIA Y AUTORIDAD

ORDEN, JUSTICIA Y AUTORIDAD

Cuestión de honor, dirigida por el muy ponderado Rob Reiner, según la aclamada pieza teatral del señor Aaron Sorkin, posee las suficientes calidades narrativas e interpretativas que se desprenden de sus diferentes niveles de lectura para permitir aproximarnos a ella sin prejuicios ni distancias. Desde ya una de las películas más interesantes del año, lejos de ser divertida, como anotaba un comentarista radial, el alegato jurídico y las contradicciones éticas del poder militar adquieren visos de espectacularidad dramática que absorben la atención del público maduro para hacerle seguir palmo a palmo las incidencias del censurable crimen de un soldado y los cuestionamientos de índole moral que pueden aflorar en los tribunales no civiles. Tratándose de la brillante intervención de un joven abogado litigante, en su primer caso penal, asistimos al esclarecimiento de hechos turbios que comprometen la integridad de algunos comandantes. Quien asume la defensa de dos soldados de la base aérea

Por: REDACCIÓN EL TIEMPO
05 de marzo 1993 , 12:00 a. m.

Al poner orden en casa, no obstante los enfrentamientos entre fuerzas armadas y abogados navales, unos pocos buenos hombres su título original tiene la virtud de desentrañar las complejas relaciones que recaen sobre los abusos del militarismo y una justicia mal entendida que obliga a los subalternos a infringir las normas establecidas so pena de rebelión o desacato. Para tales efectos se reconstruyen los pormenores delictivos, con sus respectivos antecedentes de conducta, se anexan pruebas al expediente y se sopesan los móviles que arguye la fiscalía.

Sin bien Tom Cruise no tiene la veteranía profesional de Jack Nicholson, el evidente comportamiento nervioso del primero contrasta con la sobrada seguridad del segundo, se nota una equilibrada dirección de actores Demi Moore, Kiefer Sutherland o Kevin Bacon que sobrepasa las expectativas dramáticas y configura una lección digna de ser apreciada. Nicholson, quien compite por el Oscar del mejor rol secundario, junto a Gene Hackman y Al Pacino, se acopla de tal manera a su inescrupuloso oficial que fácilmente sale uno del teatro odiándolo. He aquí otro ejemplo de cómo construir un personaje canalla sin guiños de simpatía hacia el espectador.

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