TORMENTOSO RETIRO DEL GENERAL RUIZ NOVOA

TORMENTOSO RETIRO DEL GENERAL RUIZ NOVOA

G.L.V.: desde antes de ser elegido Presidente en 1962, sostuve conversaciones con el general Ruiz Novoa, que en esos momentos era el comandante del Ejército. Yo lo había conocido con antelación, porque dos años antes me correspondió el honor y la satisfacción en el Senado, de adelantar un debate en favor del general cuando fue detenido, por 34 votos de mayoría, su ascenso a general. En esa oportunidad pronuncié un discurso e inmediatamente después, abierta la nueva votación, el general fue derrotado ya solo por 21 votos. Insistí con un tercer discurso y el resultado fue haber ganado el ascenso por tres votos; de manera que cuando tuvimos el incidente en el Tequendama, con motivo del discurso que él pronunció, llamado el discurso de las estructuras, él me caminó a mí como Presidente. Yo le dije en un momento dado: No se sorprenda el auditorio de que yo le diga a Ruiz, mi general Ruiz Novoa; es que es mi general, tanto por la admiración y el aprecio que le profeso, como por algún incide

24 de agosto 1997 , 12:00 a.m.

Por otra parte, es un hombre muy competente, inteligente, ilustrado, dinámico, trabajador. Me parecía que tenía condiciones especiales para ser Ministro de Guerra y me impresionó satisfactoriamente oírle plantear el problema de la pacificación nacional a través de lo que él llamaba el Plan Lazo del Ejército, que mi ilustre antecesor, Alberto Lleras, había juzgado más conveniente no adoptar. Recientemente posesionado yo, el General me presentó el Plan Lazo en una solemne reunión que tuvimos en San Carlos, con la asistencia de todos los altos mandos y de numerosos oficiales. Comprendí la importancia del plan y lo adopté de plano como comandante en jefe de las Fuerzas Armadas y a eso le atribuyo en muy buena parte la pacificación del país. La otra razón por la cual tuvimos éxito en la pacificación provino del hecho de que yo modifiqué un poco la táctica: se había ordenado que todas las operaciones sobre el campo de batalla fueran consultadas a Bogotá antes de realizarlas; y yo entendía claramente, por mi experiencia de cazador, que si uno consulta una cacería a personas que están a gran distancia en una ciudad, sobre un escritorio, aun con el mapa de la zona de la cacería, cuando llegue la decisión, ya el ciervo se ha marchado del sitio donde estaba y no hay manera de darle caza.

Entonces opté por cambiar la táctica en el sentido de responsabilizar aún más a los comandantes locales de lo que ya estaban, pero dándole plena autonomía de decisión sobre el terreno, sin necesidad de consulta, naturalmente dentro de un plan general de orientación, en el sentido primordial de que se mantuviera el rumbo y la dirección general de las operaciones, pero con mucha movilidad para las jefaturas locales. Pero, conviene en esta relación que voy a hacer por gentil invitación suya ilustre embajador y querido amigo, conviene precisar una cosa y es que cuando nombré al general Ruiz Ministro, lo nombré pasando por encima de dos militares más antiguos: los generales Villamizar Flores y Ahumada. Y que en la misma tarde del 7 de agosto de 1962, me vi enfrentado a una grave crisis militar porque los dos más altos comandantes de las Fuerzas, a saber el general Villamizar, jefe de las Fuerzas Armadas, y el general Ahumada, jefe del Estado Mayor, me presentaron su dimisión por la molestia que les ocasionó el nombramiento del general Ruiz. Escogí a Ruiz por varias razones: primero, por su gran competencia; segundo, porque me ofrecía personalmente, no obstante no estar afiliado al partido conservador, más garantía de confianza que las que me ofrecían el general Villamizar y el general Ahumada y no porque yo tuviera ningún antecedente desagradable con respecto a su lealtad y en general con respecto a su conducta, sino porque mi instinto, la malicia indígena de que hablaba Gaitán, me indicaba como mayor seguridad en el general Ruiz que ninguno de los otros dos; así pues, en la noche en que tomé posesión tuve que asumir la responsabilidad gravísima de aceptarles la dimisión. Se la acepté en términos muy cordiales al general Villamizar porque fue respetuoso y cordial; y se la acepté en la forma más destemplada posible al general Ahumada, porque fue insolente en la solicitud de renuncia. Se limitó a decir: Solicito el retiro del servicio activo del Ejército. Atentamente, general Ahumada . Le contesté: Concédese inmediatamente el retiro del Ejército al general Ahumada. . Me parece importante que quedara esta constancia.

Durante el tiempo de su desempeño como Ministro, valdría la pena hacer una (inaudible) la primera etapa en el Ministerio que abarcó las tres cuartas partes de su período, se comportó espléndidamente; puso en ejecución el Plan Lazo y comenzó la pacificación en firme del país y él además muy cordial y deferente conmigo; recuerdo que cuando le dije que deseaba llevar un helicóptero a los Llanos para unas cacerías que iba a hacer, de acuerdo con las instrucciones y las autorizaciones que hay en el sentido de que el Presidente debe tener siempre a su disposición un avión y un helicóptero, me dijo no solamente le envío el helicóptero, sino que si usted me permite, voy a acompañarlo; y durante dos años consecutivos hicimos con él, con su gratísima y honrosa compañía, las cacerías y nos fue admirablemente bien. Tenía con él las mejores relaciones.

Ambición y política Pero vino lo que siempre viene en Colombia; que cuando un hombre ocupa una posición próxima al corazón de un Presidente, principian los intermediarios a perturbar la serenidad de este hombre y a hacerle concebir ambiciones que él no tenía y que inclusive no le interesaba tener. El general nunca pensó en aspirar a la Presidencia, sino en ser un excelente Ministro pacificador del país; en alguna oportunidad le di un tratamiento que fue muy bien recibido por el país. Les dije: El general Ruiz no es el Ministro de la Guerra, sino el Ministro de la Paz y que la está logrando para Colombia .

Debo precisar porque como esto es una grabación íntima, yo quiero que usted embajador, tenga toda la verdad. Uno de los factores de perturbación más (inaudible) que hubo en esto, fue la amistad del general Ruiz con Alberto Zalamea. Porque Alberto Zalamea resolvió preparar al general Ruiz para asumir el poder. Como consecuencia de esa campaña de un sector izquierdista revolucionario que adulaba a Ruiz y lo incitaba contra mí, Ruiz comenzó a concebir ambiciones que no tenía y a hacer una política azarosa, por decir lo menos, que me obligó a mí a ponerme igual. Dentro de ese ambiente se presentó el paro del 25 de enero, que fue una situación muy complicada, pero ya se había presentado otra cosa grave que fue el banquete que le dio la Sociedad de Agricultores al Ministro. Se lo daban por la pacificación del país y el señor Castellanos, Manuel Castellanos, que es pájaro de cuenta, decidió hacerle ese homenaje al Ministro, cuando es obvio que no se le podía hacer al Ministro solamente, sino al Gobierno del cual formaba parte. Y si querían hacerlo, en la cabeza de una sola persona, debió haber sido al Presidente que era el Comandante General, más que al Ministro de Guerra. Reconozco que me invitaron al banquete, pero me invitaron en el último momento y como yo temí que iba a haber en ese banquete algo desagradable, decidí pasar por encima del protocolo y tolerar la tardanza en la invitación, lo cual ya era un desacato e ir a ver qué iba a ocurrir. De acuerdo con el protocolo que rige en las relaciones del Presidente con los ministros, estos están obligados a enviarle al Presidente los discursos que hayan de pronunciar, mínimo con 48 horas de anticipación; el general envió el discurso con una hora y media de anticipación. Por otra parte, yo estaba recibiendo audiencia; la cita en el Tequendama era a las ocho y cuarto; cuando terminaron las audiencias a las ocho, averigé si había llegado el discurso y me dijeron que sí. Lo abrí de inmediato venía en sobre cerrado y encontré dieciséis páginas a un solo espacio, en papel de oficio, escritas en máquina y de tipo pequeño. Comprendí que no alcanzaba a leer ni la quinta parte del discurso y tenía que decir entre bañarme y afeitarme y cambiarme de ropa, porque era de esmoquin, o leer dos o tres páginas del discurso. Opté por lo primero; me bañé, me afeité, me cambié de ropa y llegué con retardo de un cuarto de hora al Tequendama; el general Ruiz me acompañó desde el Palacio hasta el Tequendama. Y en el curso del trayecto no me habló una sola palabra del discurso; ni yo a él. Al llegar allí, yo nervioso porque no había leído el texto, le puse sumo cuidado. Y cuando le oí los dos primeros planteamientos comprendí que era más un programa presidencial que un discurso sobre la pacificación; me puse en guardia y comencé a escribir en el menú pronunciado por él como meni , afrancesado de mi puesto a anotar los puntos sobre los cuales debería responder. Como el discurso era tan largo que demoró el general casi hora y media en leerlo, tuve que recurrir al menú de doña Berta de Ospina, con quien entonces y solo entonces conteniendo una sonrisa conservaba yo buenas relaciones y en los dos menús escribí los puntos sobre los cuales le respondí. Era un discurso sumamente elaborado. Reconociendo, como reconozco, la inmensa capacidad intelectual del general Ruiz, creo que ese discurso no lo hizo él, porque era un discurso muy elocuente, de una factura literaria completamente diferente de los giros castrenses del general y con una sutileza y argumentación digna de un intelectual de altos quilates, más que de un militar por inteligente que él sea. No sé quién lo escribió, probablemente este joven Zalamea..., Alberto, haya podido tener buena parte, mas me inclino a creer que ese discurso fue escrito por un equipo, aunque redactado en definitiva por una misma pluma, para darle unidad. Le respondí y tuve un enorme éxito en la respuesta; sobre todo, se produjo casi un delirio en la multitud cuando yo le dije esta frase textual: Señor general Ruiz, la grandeza de Colombia consiste en que el Presidente legítimo, aunque inerme, le pueda decir no a un Ministro armado con todas las armas de la República .

Cuando terminé de pronunciar esa frase, se puso la audiencia de pie y me aplaudieron durante diez minutos consecutivos y hubo personas en las mesas más extremas del salón que quedaron de pie sobre las mesas aplaudiendo. Al terminar el banquete hubo una gran conmoción y el general Ruiz, con mucha gallardía, fue a acompañarme hasta el coche; y en el momento de abrirme la puerta me dijo: Señor Presidente, voy, como es mi deber, a acompañarlo nuevamente al Palacio de donde lo traje . Y yo que estaba molesto por el discurso del general, le di esta respuesta cortante: No general, ya no es necesario .

Y yo quedé (inaudible) y lo dejé plantado en la puerta del Tequendama, no lo acepté en el coche y me fui solo. Pasaron unos días, quedó, pues, un poco tirante la situación entre nosotros, pero yo tengo entre mis defectos el defecto de no ser rencoroso y olvidé el incidente y volví a tratarme con él cordialmente. Hasta que un día se me presentó el general Gabriel Revéiz Pizarro que era, a la sazón, el Comandante del Ejército, el que había reemplazado a Ruiz cuando lo llevé como Ministro de Guerra y me dijo lo siguiente, y quiero esto embajador, que quede muy claro porque sobre esto se han tejido muchas leyendas, que no son exactas. Me dijo lo siguiente, textual: Señor Presidente, vengo a presentarle a usted la dimisión de mi cargo de Comandante en Jefe del Ejército, porque no me gusta la política beligerante que viene desarrollando el general Ruiz como Ministro de Guerra .

Entonces yo le dije: General, que otra causa tiene usted para presentarme esta renuncia? .

Me dijo: Esa sola .

Le insistí: Es la única causa por la cual usted toma esta determinación? .

Me dijo: Es la única .

Entonces le adelanté, sin compromiso ninguno: Pues creo que no debe ser usted el que se retire, sino otro general , sin decirle cuál.

El me dijo: En todo caso, piénselo y volvemos a hablar .

Le respondí: Voy a llamar inmediatamente al general Ruiz . Y lo llamé en presencia de Revéiz. Estaba almorzando en el Club Militar y le dije: General, tengo suma urgencia en hablar con usted .

Y me dijo: Estoy almorzando aquí con un amigo .

Le dije: No... perfectamente lo puedo esperar. Haga el favor de venir a Palacio, inmediatamente (después) que termine el almuerzo por San Carlos que llamábamos nosotros porque a la residencia privada la llamábamos la Residencia Privada, y me hace avisar si estoy yo en la Residencia Privada . Efectivamente, entre dos y media y tres llegó, me avisaron y subí. Y le dije: Se ha presentado esta crisis y yo no encuentro acertado que el general Revéiz se retire y lo he llamado a usted para conocer su opinión y pedirle que me ayude a que el general Revéiz retire la renuncia porque yo estoy dispuesto a no aceptarla .

Entonces me dijo: Todas esas cosas que dice... . Yo no le dije naturalmente que me había dicho que era por la conducta de Ruiz, sino que no estaba satisfecho con determinadas orientaciones en el Ministerio; me pareció más decente planteárselo así.

Me dijo: Esos son malos entendidos. Por qué no llama usted a Revéiz para hablar con él? .

Le dije: Con mucho gusto . Cogí el teléfono en presencia de Ruiz y llamé a Revéiz. Y Revéiz, que estaba esperando mi llamada, me contestó lo siguiente: Señor Presidente, voy solo o voy acompañado de los generales? . Y yo le di la siguiente respuesta: Venga como lo juzgue más acertado; si cree que es mejor venir solo, venga solo. Si cree que es mejor venir con los generales, venga con los generales .

Me dijo; Y usted qué opina? Le dije: Opino que usted decida ese punto .

Me dijo: Muy bien .

Los dos generales Seguimos la conversación con Ruiz y se presentó Revéiz. Desde que entró Revéiz, Ruiz se alteró y Revéiz se alteró. Y comprendí que inclusive podía presentarse un lance personal entre los dos, por la expresión demente que tenía Revéiz y la expresión de profundo disgusto que tenía Ruiz. Entonces cambié mi puesto que era el sillón del escritorio y me coloqué entre los dos, en otra silla. Porque pensé, si se suscita un incidente, ambos me respetan a mí porque yo soy el Comandante General, me respetan por disciplina y por caballerosidad . Pero como la cosa tomó ese giro fuerte, pedí excusas, me levanté un momento, bajé a mi cuarto y me eché el revólver al bolsillo, cargado con los cinco tiros. Porque pensé que se podía presentar un caso aún. Regresé, me coloqué entre los dos, y comenzó el debate. Revéiz incriminó duramente a Ruiz de su beligerancia política. Y Ruiz no trató mucho de defenderse, sino que en una forma un poco altanera, volteó donde mí y me dijo: Señor Presidente, esto se resuelve muy fácil: escoja su excelencia entre el general Ruiz y el general Revéiz .

Yo respondí: Yo estoy con los leales, general Ruiz .

En ese momento, él cometió una torpeza al decirme: Entonces yo presento renuncia del cargo de Ministro de Guerra .- Y yo le dije, con la rapidez del rayo: Por qué? Usted no es leal? A quiénes cree usted que me he referido en caso de que usted sea leal? . Y no me pudo responder ni una palabra. Como yo ya había definido que estaba con los leales, el caso estaba fallado. En ese momento me dijo Ruiz: Quiero hablar con usted a solas, Presidente . Y Revéiz me hacía este movimiento, que no, con el dedo, así, me movía el dedo, en la parte baja del asiento para que viera yo y no viera Ruiz. Que por ningún motivo me quedara solo. Pero yo estimé dos cosas: primero que le debía a Ruiz el homenaje de hablar solo con él, porque había sido mi colaborador y segundo que no tenía temor de lo que pudiera ocurrir porque yo ya estaba preparado para cualquier ocurrencia y tercero, tal vez, que no podía dar ante Ruiz la impresión de que tenía miedo de quedarme solo con él. Entonces asumí y le dije al general Revéiz: Señor general, le ruego que usted ah!, debo precisar que el general Revéiz se presentó a esa entrevista acompañado de todos los altos mandos: Marina, Aviación, Policía... no, Policía no, la parte militar, tres o cuatro generales, luego le precisaré quiénes eran tenga la bondad de pasar con los generales al Salón del Consejo de Ministros . Los pasé allá y cerré la puerta y me quedé solo con Ruiz. Ruiz estaba tremendamente alterado. Porque cuando yo fallé la cosa, que estaba con los leales y él cometió el disparate de decir que renunciaba, comprendió que se había entregado.

Me dijo: Lo que le voy a decir es muy grave .

Renuncia en el solio Y yo tuve la impresión de que me iba a intimar prisión en ese momento. El estaba armado y debía tener un revólver de calibre muy largo en el pantalón de atrás porque sentado a cada momento daba la vuelta, porque el cañón no lo dejaba recostarse bien. Cuando vi eso, me metí ambas manos a los bolsillos. Para disimularle un poco, porque me daba pena meterme una sola mano donde tenía el revólver. Me metí las dos! Pero yo tenía el revólver cogido ya de la culata y con el gatillo en la mano. Con esta determinación sincero, quiero que quede constancia en la grabación que si él me intimaba a prisión, yo le disparaba, porque me parecía que era una insurrección militar, que yo estaba en el deber de conjurar, inclusive por la fuerza. No tenía alternativa. Pero él no se atrevió a intimarme a prisión. Debió verme en el rostro. Cuando me dijo nuevamente: Bueno, Presidente, vamos pues a hablar una cuestión muy delicada . En ese momento yo, como movido por un resorte, me levanté y arrime la silla mía a cincuenta centímetros de la silla de él y quedamos prácticamente juntos. Y él no me dijo nada. Y me dijo que por qué mejor... que no fuera a nombrar a Revéiz Ministro. Que nombrara a Ayerbe. Y le dije: Yo tengo mucho gusto en hacer un sondeo con los generales, para complacerlo a usted. Pero... mi candidato es Revéiz .

Pasé un momento donde ellos, sondeé y los encontré cerrados también por Revéiz. Le dije, no se puede hacer nada, ni se los he propuesto porque quedo mal con ellos. Me dijo, Bueno, entonces yo me retiro . Le dije: General, algún día ha de ocupar usted el Solio de Bolívar y si no se nos presenta esta crisis, pudiera haber sido mucho antes de lo que usted se imagina. No en este período, le agregué, porque en este período vamos a elegir al doctor Carlos Lleras Restrepo, que es el compromiso de los partidos de unión. Pero ocúpelo siquiera en este momento, este sillón, para que me escriba aquí mismo sobre el escritorio, la renuncia que me ofrece .

Me dijo: No, no hay necesidad, yo se la dejo aquí en la Secretaría .

Nos levantamos, se despidió muy seco, yo menos seco, más cordial, pero muy firme y salió. A los cinco minutos llamé por el teléfono al Secretario por el citófono y le dije: Ya entregó el general Ruiz la renuncia? .

Cuál renuncia? .

Una que me va a dejar con usted .

Me dijo: No .

La está escribiendo? .

Me dijo: No, salió precipitadamente .

Y salió hacia dónde? Salió del Palacio .

Cerciórese y dígamelo .

Bajó a la portería y dijeron, el general Ruiz tomó el carro y se fue. Cuando regresó con esa noticia al despacho, caminando él, pues se demoró unos minutos, yo comprendí la gravedad del problema y tomé la determinación de posesionar a Revéiz de inmediato. Entré y le dije: Señor general, tengo el honor de nombrarlo a usted Ministro de Guerra, después de la renuncia que le acabo de aceptar al general Ruiz Novoa. El general Revéiz que era muy militar, se puso de pie, se cuadró, me saludó militarmente y me dijo: Como ordene, señor Presidente . Le dije: Pero es más. Tengo que posesionarlo ya porque ha pasado esto: quedó en darme la renuncia, no me la ha enviado, se ha ido y puede irse a conspirar al Ministerio de Guerra.

Me dijo: Puede ordenar el acta de posesión .

Y mientras... mientras escribían el acta de posesión, llamé al Ministerio de Guerra, al general Fajardo, y le dije: Señor general, golpeando la mesa acabo de nombrar Ministro de Guerra al general Revéiz, por renuncia del general Ruiz Novoa. El general Ruiz Novoa debe estar allá .

Dijo: Sí señor, entró .

Dónde está? .

Está allí .

Sírvase usted vigilar. No deje entrar a nadie al Ministerio. Le hablo como Comandante en Jefe; no deje usted entrar a nadie al Ministerio. Si nota algo anormal, comuníquemelo inmediatamente y no descarto la posibilidad de que haya que detener al general Ruiz. Pero absténgase de hacerlo sin orden expresa mía. Comuníqueme cada cinco minutos qué está ocurriendo. Va a pasar el general Revéiz, que asume por teléfono las funciones de su cargo . Pasó Revéiz, le repitió estas instrucciones y le dio otras sobre acuartelamiento de las tropas. Y en ese momento llevábamos ya cinco horas y media de la conferencia. Salí y me encontré con los ministros civiles y me dijeron: Por Dios, Presidente, qué pasa? Lo han puesto preso? . Les dije: Los invito a que presencien la posesión del general Revéiz como Ministro en reemplazo del general Ruiz . No le exagero al decirle que se quedaron atónitos. Entraron y presenciaron la posesión, le pedí al general Revéiz que saliera de inmediato a hacerse cargo de las tropas y no pasó más. Esto era lo que le quería grabar.

R. de Z. Muchas gracias, Presidente. Presidente, qué uso desea usted dar a la grabación que acaba de hacer? G. L. V. El uso que usted considere conveniente. Porque tengo tan alto concepto de su caballerosidad y gallardía, que estoy seguro de que el uso que usted le dé, será útil al país y leal a mí. Hay algo más. Si a mí me ocurriera una desgracia, si muriere en un accidente, si fuere asesinado, si al morir no hubiese tenido tiempo de dar a conocer en mis memorias o en apuntes siquiera, esta realidad, le suplico que la publique, no con el ánimo de molestar al general Ruiz, sino de precisar exactamente la verdad histórica de lo que ha ocurrido. Finalmente, le digo solo esto, nunca un secreto de Estado, porque este es un secreto de Estado, ha estado en mejores manos que el que hoy deposito yo en las suyas. Pero no vaya a retraerse de hacer el uso adecuado de esto porque no es patrimonio mío, sino del país: la forma como un presidente civil supo sortear una crisis militar gravísima.

R. de Z. Muchas gracias, Presidente.

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