EL TIEMPO, TODA UNA HISTORIA

EL TIEMPO, TODA UNA HISTORIA

Eduardo Santos recibió en París la noticia de que su amigo y colega Alfonso Villegas Restrepo, con quien dos años atrás se había iniciado en las labores periodísticas como colaboradores de El Debate, pensaba sacar en Bogotá un diario con el título de EL TIEMPO y con la misión específica de apoyar, de manera irrestricta, las ideas y el gobierno republicanos... Eduardo Santos se entusiasmó como ninguno con la iniciativa de Villegas Restrepo y le ofreció de inmediato que le serviría de corresponsal ad honorem mientras durara su estancia en Europa, y tan pronto regresara a Bogotá se vincularía a la redacción del nuevo diario.

09 de febrero 2001 , 12:00 a.m.

Eduardo Santos recibió en París la noticia de que su amigo y colega Alfonso Villegas Restrepo, con quien dos años atrás se había iniciado en las labores periodísticas como colaboradores de El Debate, pensaba sacar en Bogotá un diario con el título de EL TIEMPO y con la misión específica de apoyar, de manera irrestricta, las ideas y el gobierno republicanos... Eduardo Santos se entusiasmó como ninguno con la iniciativa de Villegas Restrepo y le ofreció de inmediato que le serviría de corresponsal ad honorem mientras durara su estancia en Europa, y tan pronto regresara a Bogotá se vincularía a la redacción del nuevo diario.

EL TIEMPO circuló el 30 de enero de 1911. Como todas las cosas destinadas a la grandeza, comenzó siendo minúscula. Su Director y fundador, Alfonso Villegas Restrepo, era un escritor talentosísimo, lleno de entusiasmo y de energía, y muy apasionado en la defensa de sus ideas. Sus amigos lo favorecían con el gravoso elogio de Quijote. Publicar un diario en Bogotá, donde reinaba el poderoso El Nuevo Tiempo. Y competir con otros cinco que acaparaban el mercado de la capital, no podía ocurrírsele sino a alguien con alma de Quijote. Villegas Restrepo, sin embargo, cumplió la hazaña y sostuvo EL TIEMPO con los precarios recursos económicos de que disponía.

En cambio era millonario en recursos intelectuales. Este factor le permitió a EL TIEMPO ocupar un espacio en la estrecha plaza de Bogotá y convertirse, ya en el primer año de su existencia, en uno de los periódicos más influyentes del país. La colaboración de Eduardo Santos fue decisiva. Los artículos del joven escritor estaban impregnados de la madurez y la experiencia de un hombre que llevaba cuarenta años en el oficio. Si al entrar en su tercer año EL TIEMPO había crecido en prestigio, tamaño y circulación, su director estaba lleno de deudas y al borde del aniquilamiento físico.

Desde sus días en París y Londres Eduardo Santos conoció y apreció el influjo indefinible que ejercía en el público inglés, y en Europa, el diario londinense. The Times, y soñó con un periódico semejante para Colombia, y que él, Eduardo Santos, sería como su ídolo, Lord Northclife, propietario del Times. Un hombre consagrado al periodismo ( y a nada más que el periodismo , solía repetir) y al noble ejercicio de representar la conciencia de sus lectores y de su Nación.

Como todos sus compañeros de la generación del Centenario, Eduardo Santos se había formado en los grandes ideales de la Belle Epoque. El avión, el automóvil, el cine, el desarrollo científico e industrial, anunciaban que el postrer siglo del segundo milenio sería el siglo de la libertad, la prosperidad y la igualdad. Así lo escribían en sus editoriales los principales diarios del mundo, así lo proclamaba The Times, de acuerdo con las nuevas realidades. Por eso aquellos años inaugurales de un esplendor que el mundo jamás había conocido, años de esperanza y de ilusiones que se quebraron brutalmente en 1914, fueron conocidos como la Belle Epoque.

Los ideales, empero, se mantuvieron intactos. Agobiado por la consunción económica y física, Alfonso Villegas le vendió EL TIEMPO a Eduardo Santos, que figuró como su director propietario a partir de julio de 1913. La clave del éxito económico de su empresa periodística la encontró Eduardo Santos en Fabio Restrepo, un tolimense que administraría EL TIEMPO con tanta habilidad que, en menos de un semestre, quedaron saneadas las deudas y el diario comenzó a dar ganancias; la clave de su éxito político consistió en la certera visión que tuvieron Eduardo y Enrique Santos de que EL TIEMPO debía ser el vocero de la nueva generación, a la que recogieron e impulsaron desde sus columnas. La historia de EL TIEMPO y de la generación del Centenario son inseparables.

Alfonso Villegas quería un matrimonio indisoluble con el partido y las ideas republicanas. Enrique Santos consideraba que su matrimonio pedía un divorcio urgente a raíz de la derrota electoral irreparable del republicanismo en las elecciones de 1914. Eduardo Santos mantuvo el matrimonio en la forma, como para guardar las apariencias, hasta 1921, en que protocolizó el divorcio de su marchito amor republicano y se casó con el robusto y pujante liberalismo. Su hermano Enrique le sirvió de padrino, y su cuñado Alfonso Villegas lo anatematizó con duros e hirientes reproches. Para 1923 EL TIEMPO era la primera empresa periodística del país y su mayor fuerza intelectual, pues los hermanos Santos predicaron y practicaron la doctrina de que las ideas liberales, y en consecuencia EL TIEMPO, deberían estar al servicio de todos los colombianos, no importaba a qué partido pertenecieran. Y esa doctrina, sin perjuicio de los naturales desacuerdos y polémicas, caló hondo tanto en los lectores liberales como en los conservadores y los de otras ideologías.

Eduardo Santos sólo quería ser periodista, consagrar su vida a EL TIEMPO, y desde sus columnas contribuir a la prosperidad del país en todos los ordenes. El político era su hermano Enrique, quien llevaba más de diez años de lidia en la arena y había sido el artífice del retorno de Eduardo a las toldas liberales. Ambos estaban parados donde no debían. El que llevaba la política en la sangre que era Eduardo, y el periodista, Enrique. De repente se enderezaron los papeles. Después de las vibrantes campañas electorales de 1914 y 1918, en las que salieron derrotados, Eduardo Santos y Enrique Olaya Herrera comprendieron que tenían el deber de protagonizar un papel activo, decisivo, en la política colombiana.

En 1921 Eduardo, junto con Alfoso López, se candidatizó para el Consejo de Bogotá y salió electo. Enrique Santos se encargó de EL TIEMPO, como jefe de redacción. Los diez años siguientes EL TIEMPO se jugó a fondo para preparar el regreso del liberalismo al poder, y apoyó en 1930 la candidatura de Enrique Olaya Herrera y la idea, expresada por éste, de que el primer gobierno liberal, después de cuarenta y ocho años, no debería ser hegemónico, sino de concentración nacional, a lo cual se oponían Alfonso López y Enrique Santos, partidarios de que le liberalismo gobernara con sus ideas y con sus hombres, y el conservador Laureano Gómez, que consideraba disparatada la iniciativa de los gobiernos de coalición y necesaria siempre una oposición tenaz al régimen .

Los dieciséis años de la República Liberal, entre 1930 y 1946, presididos por Olaya Herrera, Alfonso López (en dos períodos) y Eduardo Santos, fueron brillantes y excepcionales, llenos de realizaciones, y transformaron el país. Ello fue posible porque los ideales que impulsaron en su juventud los res presidentes, como la Reforma Social -la más completa y sustantiva de nuestra historia- pudieron realizarse con plenitud durante sus períodos. Hasta una Revolución en Marcha tuvo el país, sin que se afectaran, todo lo contrario, el régimen democrático ni las instituciones libérrimas. También hubo por desgracia en estas épocas muchos brotes de violencia política, de sectarismo de parte y parte, mucho odio enconado y oculto, que después de la República Liberal brotó con una rabia incontenible.

A lo largo de la República liberal se encuentran a menudo en los editoriales de EL TIEMPO elocuentes llamados a la paz, a la concordia, a restañar con amor de colombianos las heridas aún abiertas, a crear un nuevo país. Estas voces de mansedumbre obtuvieron por toda respuesta la diatriba de la oposición, los llamados a la acción intrépida , los intentos de golpe de Estado, la prédica del odio y de la intransigencia. Para EL TIEMPO la patria era su razón de ser. De donde al producirse el golpe de Pasto, con amarrada al Presidente de la República, el titular de EL TIEMPO, a ocho columnas, no podía ser otro que un claro y contundente: De pie para salvar la Patria! .

Un error grave, que no se puede, ni se debe soslayar, cometió el liberalismo en el gobierno. Un error funesto, como fue el de haber impuesto la censura de prensa a los diarios de la oposición conservadora en los dos meses siguientes al fracasado intento de golpe del 10 de julio de 1944. Desde 1910 la censura de prensa era desconocida en el país, y los periódicos habían gozado de libertad absoluta, aun en las circunstancias más críticas. La censura de 1944 sentó un precedente trágico, del que después usaron y abusaron los gobiernos conservadores entre 1948 y 1953, y el gobierno militar del general Rojas Pinilla entre 1954 y 1957. Esta censura de prensa, así fuese transitoria, en mala hora impuesta por un gobierno liberal, sirvió para que unos pocos años más tarde los periódicos liberales fueran amordazados, incendiados y clausurados, y los liberales perseguidos a muerte en una inverosímil, pero cierta, política oficial de exterminio.

Quizá pensaron muchos que EL TIEMPO se había detenido cuando el general Rojas Pinilla lo clausuró el 4 de agosto de 1955. EL TIEMPO no se detuvo. Hizo apenas un Intermedio de dos años, con la dirección de Enrique Santos Montejo, y reapareció en 1957, el 8 de junio, fecha escogida por el doctor Eduardo Santos como un homenaje a los estudiantes asesinados los días 8 y 9 de junio de 1954.

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