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EL DERECHO A LA INTIMIDAD EN LOS TIEMPOS DEL CHISME

EL DERECHO A LA INTIMIDAD EN LOS TIEMPOS DEL CHISME

Ninguna Constitución de Colombia se había ocupado tanto de rodear de garantías la vida privada de las personas como la Carta de 1991. Las anteriores, ni siquiera mencionaban la privacidad o la intimidad a la que aluden las modernas instituciones con tanto esmero. Desafortunadamente, este celo tan laudable ha coincidido con el mayor auge del chisme en la prensa, en la radio y en la televisión. Nuestra sociedad, al lado de los relatos de las más aterradoras masacres, sacia su curiosidad periodística con el recuento de los romances de las figuras públicas, ya sean hombres o mujeres de la vida política, económica, de la farándula o del modelaje, etc. Los confidenciales , los teléfonos rosas , las zonas francas , los secretos de ... , persiguen por todas partes a los protagonistas de acontecimientos destinados a satisfacer la curiosidad pública. Ya no hay mujer embarazada, ni varón declarado en quiebra, ni rompimiento entre enamorados, ni político derrotado, que no contribuya a sati

Por: REDACCIÓN EL TIEMPO
11 de febrero 2001 , 12:00 a. m.

Ninguna Constitución de Colombia se había ocupado tanto de rodear de garantías la vida privada de las personas como la Carta de 1991. Las anteriores, ni siquiera mencionaban la "privacidad" o la "intimidad" a la que aluden las modernas instituciones con tanto esmero. Desafortunadamente, este celo tan laudable ha coincidido con el mayor auge del chisme en la prensa, en la radio y en la televisión. Nuestra sociedad, al lado de los relatos de las más aterradoras masacres, sacia su curiosidad periodística con el recuento de los romances de las figuras públicas, ya sean hombres o mujeres de la vida política, económica, de la farándula o del modelaje, etc. Los "confidenciales", los "teléfonos rosas", las "zonas francas", los "secretos de ...", persiguen por todas partes a los protagonistas de acontecimientos destinados a satisfacer la curiosidad pública. Ya no hay mujer embarazada, ni varón declarado en quiebra, ni rompimiento entre enamorados, ni político derrotado, que no contribuya a satisfacer el apetito morboso en esta fiesta de las reputaciones ajenas.

Es un contraste paradójico entre lo que se propone el Estado colombiano y el oficio de los periodistas vinculados a los distintos medios de comunicación, hablados y escritos. Bien podría decirse que la ley de la oferta y de la demanda se cumple rigurosamente en materia de consejas inofensivas, la mayor parte del tiempo, porque no las inspira ninguna mala intención sino el deseo de atraer lectores. Encuestas norteamericanas demuestran que la vía más rápida para difundir una noticia, es el chisme divulgado con un carácter confidencial desde uno de los medios de comunicación. Goebels, el ministro de la propaganda de Hitler, sostenía algo semejante cuando les enseñaba a sus agentes que la figura propagandística que alcanzaba a mayor número de gentes era el exabrupto, porque entre más inverosímil la noticia, más la retransmitían los favorecidos con el secreto.

Preciso es distinguir entre la calumnia y la injuria contempladas en el Código Penal y los atentados contra la privacidad, rasguños humorísticos sin ánimo malévolo, cuyo propósito es, simplemente, darle evasión al "síndrome de la chiva". En efecto, la calumnia es la imputación de un hecho falso, criminal o vergonzoso, cuya divulgación perjudica el buen nombre de un ciudadano y no corresponde a la verdad, por cuanto lo que la inspira es el deseo de agraviar. La injuria, por el contrario, es la imputación de un hecho cierto, que, desde luego, debe ser deshonroso, puesto que su propósito no es otro que el de lesionar la dignidad del ofendido. En el caso de la calumnia se impone, en el período probatorio, desvirtuar el cargo demostrando la inocencia frente al hecho que se da a conocer con el ánimo de hacer daño. En cambio, en el caso de la injuria, ya no se trata de desmentir el dicho con el cual se estigmatiza, sino de demostrar que tal publicación se propone enlodar al contrario, con un lenguaje ofensivo y soez, la mayor parte del tiempo.

Existe, pues, una legislación en estas materias que reviste de carácter delictivo la práctica de la calumnia o de la injuria. El propio legislador señala un procedimiento breve y sumario, y fija determinadas penas a los infractores, gracias a que el precepto constitucional está reglamentado por medio de la ley, que le da verdadera vigencia y garantiza su efectividad. Pero qué hacer con el chisme o el rumor, cuando no se incurre en ninguno de estos dos delitos y se trata simplemente de rasguñar la epidermis del prójimo con ánimo jocoso? La única referencia al respecto está contenida en la propia disposición sobre calumnia e injuria, cuando les resta el carácter de eximente a giros tales como "se dice que...", "corre el rumor...", "hemos sabido..." y otros giros semejantes, para esquivar la responsabilidad de lo dicho. De otra manera, el chisme no es materia de legislación alguna.

Y, yendo todavía más lejos, la jurisprudencia anglosajona del siglo XX llegó al extremo de distinguir entre aquellas personas que por su vida pública, como los políticos o las actrices, se han entregado voluntariamente a la crítica de sus conciudadanos, y aquellos que llevan una vida estrictamente privada, que son los únicos calificados para protestar contra los atentados a su intimidad, asimilando la injuria. Fue el caso de la célebre Zsa Zsa Gabor, precursora de ciertos escotes, como se ven con tanta frecuencia en nuestro tiempo, lo cual constituía su mayor atractivo. Sin embargo, cuando alguno de sus críticos formuló reparos a su exuberante busto, acudió ante los Tribunales en defensa de su intimidad. El fallo no se hizo esperar, reafirmando que su busto ya era del dominio público.

"Calumniad, calumniad, que de la calumnia algo queda", decía el personaje de Beaumarchais, en su comedia inmortal. Parodiándolo, podríamos decir que del chisme algo queda, lo mismo que de la injuria, pero como no es un delito sino un pecadillo inocente, la presunta víctima se encuentra en un estado de indefensión, porque su rectificación no hace sino despertar mayor interés en su caso. Es lo que ocurre frecuentemente con la asistencia a determinados actos políticos, sociales, deportivos o de cualquier índole. Atribuirle a un ciudadano hazañas, como medírsele a un toro de lidia, o exhibirse en público con una compañera de dudosa reputación, es algo que, si se rectifica, corre con más fortuna como hecho publicitario, dándoselo a conocer a quienes no habían tomado nota del texto original, y generan ridículo o desaprobación, que se desprende del hecho.

Sucede igual que con las caricaturas y los fotomontajes, que no son deliberadamente emponzoñados, pero sus consecuencias afectan la imagen de la persona, ajena al hecho. Recuerdo el caso de un Presidente que, en una ceremonia pública, se quedó dormido con el cubilete sobre la cabeza, en un momento de fatiga. El diario de la oposición, cuando quiera que hacía referencia al mandatario, lo ilustraba con una fotografía, en la que aparecía apoyado sobre su bastón con el sombrero caído sobre la cabeza, en actitud de roncar como un bendito. Se trataba de un irrespeto, contra el cual era inoficioso protestar.

El personaje más chismoso de la historia fue el Duque de Saint Simon, pero como todo no ha de ser rigor, gracias a sus memorias la historia de la Corte de Luis XIV se conserva en todas sus facetas con el recuento de episodios tan íntimos como las relaciones del monarca con sus distintas amantes, cuando todos los cortesanos se sentían desenmascarados por una pluma, que siglos más tarde influyó en forma decisiva sobre la obra de Marcel Proust. El escrutinio de la intimidad, como lo practicó Saint Simon, acaba por ser un elemento esencial de la Historia.

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