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LA PIRINOLA

LA PIRINOLA

En un libro que se lee con ira e intenso dolor está la respuesta que busca el ex presidente Gaviria para su perplejidad. Me refiero a la obra de Jorge Enrique Robledo que, bajo el título www.neoliberalismo.com.co, reseña el proceso a través del cual una mezcla de ignorancia, malicia, arrogancia y tontería destruyó en diez años la riqueza del país.

Por: REDACCIÓN EL TIEMPO
12 de febrero 2001 , 12:00 a. m.

En un libro que se lee con ira e intenso dolor está la respuesta que busca el ex presidente Gaviria para su perplejidad. Me refiero a la obra de Jorge Enrique Robledo que, bajo el título www.neoliberalismo.com.co, reseña el proceso a través del cual una mezcla de ignorancia, malicia, arrogancia y tontería destruyó en diez años la riqueza del país.

Todo el volumen es ilustrativo de las secuelas de empobrecimiento y desigualdad que les dejaron a los países del Tercer Mundo las falsas esperanzas del neoliberalismo y la globalización. Explosiones masivas de descontento como las de Seattle, Washington, Praga y Davos, y las que casi a diario se producen en cada gran ciudad, corroboran la magnitud y alcances de la desilusión. Si algo hizo el desarrollismo , como una vez se le llamó al modelo neoliberal, fue devolver al mundo en desarrollo al subdesarrollo y condenarlo a la subordinación política, económica y cultural. Nosotros, más pobres, más endeudados, más atrasados y más intervenidos que nunca, lo podemos testimoniar.

Aunque el libro trata muy bien el fenómeno en general, las páginas dedicadas a Colombia son las que más llaman la atención. Mediante análisis documentados con aplastante minuciosidad, el autor les sigue el rastro a los causantes, los cómplices, los beneficiarios y las víctimas de una catástrofe económica sin antecedentes en la vida nacional.

La obra tiene la doble ventaja de la franqueza y la claridad. No teme llamar las cosas por su nombre ni está plagada de los tecnicismos con los que algunos economistas disfrazan su indigencia conceptual. Lo que dice es que, a partir de la apertura y del revolcón, y a lo largo de un decenio, el país se dedicó a la sorprendente tarea de crear empleo en el exterior al costo de dejar sin trabajo a los obreros y campesinos del interior. Y que sustituyó una industria que crecía y una agricultura que nos daba de comer, por una economía importadora, estéril, especulativa y oportunista, muchas veces disfrazada marrulleramente detrás de la farsa del interés social , como ocurrió con las Upac.

El despilfarro del ahorro en importaciones suntuarias que nos dieron una sensación falsa y efímera de prosperidad; el endeudamiento desmedido para solventar el gasto improductivo que compraba a una gobernabilidad precaria y corrupta; la terquedad mular de la Junta del Banco de la República en sostener la banda cambiaria que sobrevaluó al peso, y en combatir la inflación elevando los intereses a niveles que nadie pudo soportar; el costo de salvar a un sector financiero que después de salvado sigue sin funcionar en la confianza de que lo salven otra vez; la golondrinización de las inversiones; la pérdida de la seguridad alimentaria y de la soberanía financiera; las privatizaciones de los servicios públicos con el gancho del alza en las tarifas y el aguacero de impuestos para pagar la deuda y sostener un Estado cada vez más ladrón; todo eso es el legado ruinoso que le ha dejado al país el modelo económico que comenzó en 1990 con el júbilo ingenuo de la apertura y que ha tenido su epílogo en la miseria y la desesperación.

Lo que el doctor Robledo pone en blanco y negro no es otra cosa que la descripción de lo que, como consecuencia de todo eso, estamos viviendo hoy. Más que un tratadista evasivo y espeso, es un ágil notario y un relator alerta de la realidad. No se pierde en teorías que confundan al lector sino que hace el inventario de los errores vanidosos que nos trajeron al actual estado de postración y los explica muy bien.

Como en el juego de la pirinola, todos salimos perdiendo con el revolcón del doctor Gaviria y con lo que vino después. Hasta a los cacaos les fue mal. Pero el peor librado, como siempre, ha sido el buen ciudadano, que nadie acude a salvar, y sobre quien, por cierto, escribió Gabriel Melo Guevara hace un tiempo una página magistral.

Antes, el hombre común, respetuoso de la ley, estaba en el centro de la atención. Hoy es un pobre diablo desamparado por el Estado, al que sostiene con sus contribuciones, y zarandeado por las multinacionales, que financia también, pero que lo miran como a una irritante calamidad. En los bancos, que se volvieron todos de segundo piso, es tratado como un estorbo cuando pide un préstamo, cambia un cheque o hace una modesta consignación. Demasiado ocupados en sus grandes transacciones por la web , los banqueros, por insignificante, ya no se ocupan de él. En las empresas de servicios públicos lo atracan con las tarifas y lo obligan a pagar antes aun de que le llegue la factura mensual, so pena de que le corten ese mismo día el agua y la luz. En la calle y el campo está a merced de los bandidos y si se enferma no tiene salvación, porque el sistema hospitalario quebró. Y no hay ante quién quejarse puesto que el Gobierno solo tiene ojos y oídos para los inquilinos del Caguán. Como diría el doctor Melo, en este áspero mundo neoliberal es muy duro ser un buen ciudadano si no se tiene un fusil.

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