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EL NO CARRO Y EL NO GORE

EL NO CARRO Y EL NO GORE

Dos decisiones emanadas de la voluntad popular, una en el ámbito internacional y otra en el plano local, están empezando a tener vigencia por estos días. Nos referimos a la elección del señor George W Bush como nuevo Presidente de los Estados Unidos y a la decisión aparentemente mayoritaria de los habitantes de Bogotá acerca de la institucionalización del día sin carro particular el primer jueves de febrero de cada año y así mismo la práctica abolición de su uso a partir del año 2015.

Por: REDACCIÓN EL TIEMPO
12 de febrero 2001 , 12:00 a. m.

Dos decisiones emanadas de la voluntad popular, una en el ámbito internacional y otra en el plano local, están empezando a tener vigencia por estos días. Nos referimos a la elección del señor George W Bush como nuevo Presidente de los Estados Unidos y a la decisión aparentemente mayoritaria de los habitantes de Bogotá acerca de la institucionalización del día sin carro particular el primer jueves de febrero de cada año y así mismo la práctica abolición de su uso a partir del año 2015.

Son dos fenómenos aislados, inconexos entre sí y con efectos obviamente diametralmente opuestos. En el primer caso estamos hablando de la escogencia del líder mundial con mayor poder sobre la faz de la tierra y en el otro caso se trata de una decisión que paulatinamente, para bien o para mal, va a señalar los hábitos de comportamiento de los habitantes de una ciudad desconocida para la gran mayoría de los habitantes del planeta, y además capital de un país que desafortunadamente solo produce noticias trágicas y negativas.

Sin embargo sí hay un elemento que ata y vincula estos dos acontecimientos aparentemente extraños y aislados entre sí. Se trata del hecho de que ambas decisiones emanan de procedimientos democráticos que en teoría consultaron la voluntad popular, pero que por defectos en los sistemas de elección y de consulta pueden haber dado origen a resultados contrarios a lo que verdaderamente quería el pueblo y de pronto también a lo que más le convenía.

No se trata de volver a pontificar sobre las fallas del sistema electoral norteamericano. Esto sería llover sobre mojado. El hecho cierto es que han el candidato perdedor en número de votos y seguramente también en votos electorales si se hubiesen revisado los votos adulterados o emitidos erróneamente, es hoy el hombre más poderoso del mundo.

En el caso de la consulta popular en Bogotá sobre el no uso del carro particular, tambíén se le torció el pescuezo a la democracia, no porque eventualmente se hayan adulterado los resultados sino porque simplemente se aprovecharon elementos que en otras circunstancias hubiesen dado resultados diferentes. Como miembro que fui de una de las mesas electorales de la jornada del 29 de octubre, puedo dar fe que muchísimos electores no votaron a conciencia la pregunta sobre el no carro. Un altísimo porcentaje devolvía la papeleta sin ninguna señalización pero todos estos votos fueron contabilizados como en blanco, permitiendo así que se llegase al límite mínimo que se requería para que la consulta fuese constitucionalmente válida.

El realizar la consulta el mismo día en que se tomaban otras decisiones electorales fue también un procedimiento tortuoso encaminado a obtener unos resultados que se deseaban de antemano. Esa misma consulta en una jornada aparte y con amplia difusión sobre sus alcances y consecuencias , seguramente hubiese arrojado resultados diferentes en cuanto a la decisión final y en cuanto al número de votantes.

El hecho cierto también en este caso es que respetando la voluntad popular desde el punto de vista formal pero muy seguramente violando el fondo, los norteamericanos hoy no tienen a Gore en la Presidencia y los bogotanos cada vez menos podremos usar uno de los mayores inventos de la humanidad como si la calentura estuviese en las sábanas o la infidelidad en el sofá. La supuesta cifra de que solo el 14 por ciento de los bogotanos posee vehículo particular es una estadística sin mayor sustento científico e igual, admitiendo que fuese cierta, podría contraargumentarse que el otro 86 por ciento de la población de alguna manera deriva su sustento de los aparentemente privilegiados propietarios. Esas posiciones maniqueas no conducen a nada y lo que quedó demostrado en el primer experimento del día sin carro, es que todo mundo se afectó y perjudicó: ricos, pobres, taxistas, choferes, estudiantes, trabajadores, etc.

Entre los dos hechos aquí comentados sí hay una diferencia: en cuatro años los electores norteamericanos podrán revisar su decisión. En el caso de Bogotá aparentemente no hay alternativa.

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