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EL VERDE VIVE

EL VERDE VIVE

Lo mejor que nos ha sucedido en el camino de la poesía no son los versos miserables que escribimos, claro que no, ni siquiera aquellos luminosos, redondos con los que hemos tenido la gracia de tropezar en algunos libros ejemplares, si no el conocimiento y la amistad de los desaforados, excéntricos, ángeles de mala calaña muchas veces, locos y aventureros y piratas que se nos acercaron engañados por el rumor de rimas o atraídos por nuestra mala fama.

Por: REDACCIÓN EL TIEMPO
27 de septiembre 1997 , 12:00 a. m.

Recuerdo por ejemplo. En Medellín, en los años dichosos de la inolvidable heladería Versalles, donde nos reuníamos los nadaístas a beber mares de café en unos interminables pocillos de plástico duro color curuba, y a hablar y hablar como si flotáramos en un océano de palabras perdidas, a veces se sentaba en alguna mesa próxima un muchacho de apariencia demasiado saludable para el lugar, con un bigote enorme, tan grande que parecía prestado, un disfraz, como si se estuviera comiendo una golondrina, según el comentario de una amiga nuestra.

Era evidente que el joven llevaba semejante excrecencia en un vano esfuerzo por encubrir la buena salud animal que exudaba y despertaba envidias y sospechas en aquella cafetería de neuróticos y versificadores que, en plan de cambiar el mundo, tan solo consiguieron perderse a sí mismos. Nadie se figuraba que detrás de la prenda empeñada en simular una seriedad precoz arrastraba la misma penosa enfermedad que padecíamos todos nosotros, el mal del ansia, la pasión del ocio, el virus de la poesía, la náusea. Solo más tarde nos enteramos de que era un poeta. Un lobo estepario que por soberbia prefería mantenerse apartado de los tufos sombríos de la vida literaria. Un día, deponiendo el orgullo, nos entregó un mostrario de sus versos. Una revista impresa en aquellos mimeógrafos torpes de antes de la llegada de las copiadoras y la energía fría.

Soy sincero. El nivel de la intoxicación que manteníamos con esfuerzo validos de los más variados venenos esos tiempos aturdidos de búsquedas de milagros y desarreglo de los sentidos, me impide acordarme siquiera de un modo remoto de lo que trataba el diván. Además, yo andaba demasiado ocupado tejiendo las desvergenzas de los míos.

Volvimos a saber del hombre por los diarios de Cali. Entonces, es una mezcla de rufián y de actor de La naranja mecánica. Idólatra del poeta Antonin Artaud, ese francés triste, sagrado y trágico que encarnó los pecados del hombre moderno, buscador del grial, del espíritu perdido, seguía llevando la perversión en el labio superior, pero estaba más viejo. Y loco, al parecer, por la agitación febril, la violencia que exhibía y sus declaraciones de arcángel exterminador la víspera del apocalipsis.

Se supo que andaba leyendo poemas nadaísta en una taberna de borrachos de Lima. Que había viajado a Europa. Al regreso, el devoto de Artaud ha olvidado hasta la poesía. Es un hombre práctico, moderno, sin tiempo de vivir. Sin decepciones. Un día fui a visitarlo en su oficina. Apenas tuvimos tiempo de conversar en medio del vértigo de teléfonos. Subibaja escaleras. Grita. Ordena. Aunque vi todavía presidiendo el ritual, junto a una carpeta de facturas, la fotografía del pobre Artaud en Rodez, desgreñado, desdentado y enfermo, la imagen viva de la enfermedad moderna del mundo, me fui creyendo que la religión de la poesía había perdido para siempre, frente a la realidad rugosa, otro de sus adeptos.

Ahora, cuando me entero de que ha echado a andar la Fundación Verde Vivo para la salvación del río Bogotá, sé que me equivocaba. Dudo si la poesía no se revela mejor en su proyecto verde que en el hospital de poemas que nosotros seguimos garrapateando en palabras grises. Si después de las revueltas de la vida, de aventuras estéticas e intelectuales, la verdadera poesía no está en el río, mejor dicho, en el colapso de río, en el fantasma de ese río, en esa sombra de río que recorre la Sabana lleno de hedores de basura, espumas detergentes, cadáveres de perros, mendigos y suicidas pobres, como un largo poema.

La resurrección del río Bogotá constituye un alto proyecto poético. Y en él sobreviven los deseos de aquellas tardes de la heladería Versalles de un mundo humano y limpio. De redimir a Artaud en el futuro. Y pone a prueba la fuerza de la poesía contra las tropas soñolientas de la burocracia. El río ya tiene poeta con quien contar a través de la Fundación Verde Vivo. Es mucho cuento, después de todo, en la indiferencia generalizada, mientras el planeta se nos cae a pedazos con todo y cielo, y río, esta nave espacial que parasitamos, hoja frágil que consumimos con avidez, codicia y terror como pulgones. Pero con remordimiento ahora. El río ha muerto. Viva el río.

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