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LA HISTORIA DE EGBERTO

LA HISTORIA DE EGBERTO

Una de estas noches al llegar a la casa después de una fiesta dichosa, parece un pleonasmo pero no lo es, casi siempre las fiestas resultan en un aburrimiento inmortal y en cháchara vana, encontré en la portería un regalo que me espantó el sueño. La historia de la música en Santafé y Bogotá, desde 1538 hasta 1938. Escrita por Egberto Bermúdez. Con un complemento a cargo de Elli Anne Duque. Publicada con el apoyo de la Alcaldía Mayor de Bogotá.

Por: REDACCIÓN EL TIEMPO
13 de febrero 2001 , 12:00 a. m.

Una de estas noches al llegar a la casa después de una fiesta dichosa, parece un pleonasmo pero no lo es, casi siempre las fiestas resultan en un aburrimiento inmortal y en cháchara vana, encontré en la portería un regalo que me espantó el sueño. La historia de la música en Santafé y Bogotá, desde 1538 hasta 1938. Escrita por Egberto Bermúdez. Con un complemento a cargo de Elli Anne Duque. Publicada con el apoyo de la Alcaldía Mayor de Bogotá.

Mientras leía la tragedia fabulosa de la música de la ciudad patética que cubre y descubre el estudio, y escuchaba los dos discos que acompañan la publicación, salió un sol modesto y tibio y comenzaron a tronar los primeros buses del amanecer con sus resonadores cacofónicos y supe que este país desolado, rodeado de enemigos a la derecha, la izquierda, el centro, abajo y arriba, donde los ciudadanos comunes rompen las pequeñas cosas públicas como un teléfono o un escaño de parque con odio incomprensible y maldicen al Gobierno, y los especiales se entregan a la carnicería y el chanchullo, es hermoso a pesar de todo, y fuerte, si no lo han agostado por completo con sus marrullas los caballeros de industria y los iracundos con sus desmadres.

Mientras los ávidos devoran las arcas nacionales como la vaca sin dueño de la vista gorda, roban electrificadoras, bancos, puertos, acueductos y acumulan como cuervos, y los guerreros de la justicia y la libertad convierten pueblos de pobres en polvo con la torpe ilusión de mejorar el mundo haciéndolo llorar, otra clase de colombianos, en un silencio recatado, reconstruye lo que dejan las perpetuas discordias civiles, la irracionalidad, la mala saña.

Hombres de iglesia y recatón como Enrique Pérez Arbeláez, que hizo el censo de los árboles, arbustos, yerbas y raíces con sus atributos y colores. O como José Ignacio Perdomo Escobar, que clasificó los aires campesinos y preservó de las furias militares y la desidia de los burócratas los villancicos de indios y negros de la colonia, los antiguos virginales, las partituras maltrechas.

Egberto Bermúdez y sus compañeros de la fundación de Música resisten en el incendio actual. Rescatan del atropello lo que sobra de las batallas de sordos y ciegos. En discos y libros impecables.

La historia de la música, de Egberto, hace un recorrido por el arte de Euterpe en la ciudad, como decía Caicedo y Rojas, menos anecdótico y pintoresco que monseñor Perdomo Escobar. Tampoco es un libro de crónicas a la manera de Cordovez Moure. Es una exposición del desarrollo del sonido desde la fundación de Bogotá, hecha sin efusiones, con orden y claridad. Lo completan una exhaustiva bibliografía, un buen índice onomástico, abundante material gráfico, dos discos y las letras de las canciones. La música litúrgica, de baile, la del espectáculo, del consumo doméstico, la de la juerga, las bandas militares. Hasta la aparición de la radio y los sistemas de reproducción...

El libro salva el honor y la memoria de personajes admirables como Rossi Guerra, tenor italiano que envejeció acompañado por dos dromedarios en la quinta Segovia. Y las familias Quevedo y Hortúa y el Manchado Osorio. Obliga a amar, a pesar de las desilusiones que nos da, este país acribillado como un mártir. Entonces, Bogotá no es solamente su pesadilla capital de deslices, fracasos y peculados. Si sabemos que cantaba y tocaba polonesas en pianos Apolo que vendía el poeta Silva y oía zarzuelas y representaba óperas con argumentos de Rafael Pombo.

Los dos discos que acompañan el libro, antología indispensable de la música colombiana, reconfirman la sospecha. Aquí, la única música que se salva del desastre es la del pueblo. Hasta la música se jodió con la revolución de Bolívar. Que echó los españoles y se dio cuenta de que quedaba solo, según un escritor de Antioquia. El caraqueño nos cambió una burocracia de chapetones altivos por otra de lanudos retobados con ínfulas de metropolitanos. Y esas uñas. Estas uñas.

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