Los primeros amores del vino

Los primeros amores del vino

Escribo esto en mi vuelo de vuelta a Santiago, luego de haber pasado unos días en Bogotá, disfrutando de Expovinos. Fue mi cuarto año en la feria y también mi cuarta experiencia viendo cómo el mercado colombiano de vinos va creciendo, se desarrolla poco a poco en esa lenta línea de tiempo que es la cultura del vino.

30 de junio 2013 , 12:00 a.m.

Y, claro, vuelo feliz, porque para un periodista tener la oportunidad de ver esa evolución es una oportunidad única: eso de descubrir el vino, de darse cuenta de que es algo más que una simple bebida. Ese clic que hace el vino en tu cabeza y que los iniciados tan bien conocemos y, además, guardamos con cariño.

Puede ser 'amor a primera vista', un vino que te cambia todo. O puede ser mucho más pausado. Pero, de cualquier forma, es un momento especial. Creo que el mío ya se lo he contado. Anduve dando tumbos por algún tiempo, entre que me gustaba y no me gustaba el vino, hasta que di con un clásico. Me dieron una copa, caí rendido y empece a entender.

Entre todas las personas que conozco en cada Expovinos, este año conocí a una que se encontraba en ese proceso de enamoramiento. Llevaba tres años desde que había decidido dejar de ejercer la sicología para meterse de lleno al vino, un paso importante, arriesgado, valiente.

Conversando con ella, recordé esos tiempos. Todo lo que había que descubrir, todo lo que había que aprender. Lo cuesta arriba que a veces parecía memorizarse todos esos nombres, todos esos lugares, todas esas marcas; lo imposible que parecía poder llegar a probar alguna vez todas esa botellas que aparecían en los libros, en las revistas. Pero tal como ella, yo tampoco sentí impotencia ni, menos, angustia. Lo que sentía eran ganas de aprender, ganas de probar más, esa curiosidad de descubrir en este nuevo amor todo lo que fuera posible. Y mientras más cosas, mejor.

El vino es para beberlo y ya. Pero a veces se convierte en una pasión o, para no exagerar, en un hobby de los más entretenidos que se pueden tener. Comprar vinos, probar vinos, compartirlos con los amigos, convertirse -de la noche a la mañana- en el experto al que los familiares llaman cuando no saben qué botella comprar. Un miniespecialista del círculo íntimo. Este es un camino largo en el que todos apenas hemos comenzado, pero un camino fascinante y, sobre todo, entretenido

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