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INFLACIÓN TENAZ

INFLACIÓN TENAZ

No era de esperar que el ritmo de la inflación se redujera significativamente el pasado mes de febrero. Al comienzo del año todo contribuía a hinchar sus velas. Los medios de pago se habían desbordado. Los reajustes de precios cobijaban una variada gama de artículos y servicios. En todos los sectores, oficiales y particulares, se echaba de ver el afán de compensar la pérdida de la cuarta parte del poder adquisitivo. Los salarios no iban a quedarse atrás. En esta columna se ha observado que los gobiernos no suelen formular pronósticos sino trazarse metas. La de bajar la inflación al nivel del veintidós por ciento ha sido obstinada y plausible. Pero ha resultado muy difícil cumplirla, dado el peculiar funcionamiento de la economía colombiana y pese a expedientes tan poderosos como el de la revaluación, coincidente con la apertura de importaciones. Lo sucedido el año inmediatamente anterior rige todas las acciones. Aun las del Gobierno, para quien la rentabilidad de los servicios públi

Por: REDACCIÓN EL TIEMPO
04 de marzo 1993 , 12:00 a. m.

Anteriormente la inflación solía provenir de las emisiones destinadas a enjugar déficit fiscal o a financiar la compra de la cosecha de café. Esa puerta se cerró, pero otras se abrieron. En primer lugar la de la retroalimentación a través de los reajustes automáticos de precios y valores, llamada inflación inercial, sin que hubiera desaparecido la figura de una acrecida masa monetaria tratando de dar caza a una limitada cantidad de bienes y servicios. La dolencia, aunque moderada en términos internacionales, se ha vuelto así crónica y rebelde.

La Constitución Política impuso al Estado la obligación de velar por el mantenimiento de la capacidad adquisitiva de la moneda. Mucho puede hacerse en la órbita del Banco de la República, por intermedio del cual se cumplirá esta función, pero tantos cabos sueltos quedan que siempre se correrá el riesgo de melancólicas frustraciones. La verdad es que Colombia decidió convivir con la inflación y que mientras esta mentalidad no se modifique será muy arduo parar la velocidad del mecanismo de los precios.

La teoría, importada del Brasil, parte de la base de que mientras todo se mueva al unísono, en el fondo se mantendrá igual. Es, sin embargo, un espejismo, porque según enseña la experiencia propia y ajena el fenómeno constituye oneroso gravamen para las clases débiles, no montadas en el carro triunfador sino sometidas a ingresos menos flexibles. Cómo desmontar ese tinglado es lo que ahora se discute. Si seguir indizando los precios de acuerdo con la inflación pasada o ir refiriéndolos a la esperada. Sería el modo de combatir la inercial que ahí tiene su origen, pero subsistiría la ocasionada en excesos monetarios o en desabastecimiento del mercado. Lo que ha fallado Valdría la pena repasar lo que se ha hecho y lo que no se ha hecho para poner en cintura la inflación. Las medidas van desde el severo racionamiento del crédito y la drástica astringencia monetaria; desde el lanzamiento de papeles públicos con exorbitantes tasas de interés hasta el esfuerzo por disminuir éstas y proveer de recursos la producción y el consumo. Desde las restricciones impiadosas hasta cierta benevolencia con el crecimiento de los medios de pago, y, en la última época, el predominio de la confianza en la capacidad del comercio exterior y el tipo de cambio para regular el dinamismo de los precios.

Qué ha fallado? Se aduciría que la meteorología o la energía eléctrica. Hay desde luego factores concurrentes, pero quizá no ha sido posible reunir la totalidad de los elementos indispensables para estructurar y poner en práctica una estrategia uniforme y coherente. Unas veces se contrae la moneda y otras se le permite expandirse. Alternativamente se suben y se bajan las tasas de interés. En cuanto a los mercados, en su caso sí con mucha continuidad, prevalece la idea de tenerlos surtidos con toda clase de bienes de procedencia extranjera.

No obstante tanto empeño, la carestía prosigue su marcha, la inflación inercial se consolida cada año y la monetaria se encarga de validarla, cuando no de anticiparla. Por qué? No será por señales y hechos contradictorios? No será porque en unos ángulos se templan las riendas y en otros se sueltan? No será porque se obra sobre algunas de las causas pero no sobre todas, ni tampoco sobre el factor decisivo de la inflación inercial? Frecuentemente se trae al recuerdo la batalla que culminó quebrándole el espinazo a la inflación de 1977. Por entonces había una causa específica localizada en la bonanza cafetera y la abundancia de recursos de cambio exterior. Había que obrar prioritariamente sobre ella, sin descuidar sus efectos e implicaciones colaterales y sin menospreciar el agravante de una larga e intensa sequía.

Porque no se dejaron cabos sueltos; porque se estimuló la producción y se corrigió en sus orígenes la hipertrofia monetaria; porque se impidió el desequilibrio fiscal y se combatió la especulación, los resultados correspondieron a las esperanzas. Estaba menos indizada la economía colombiana? Probablemente. Pero también se hizo el enérgico experimento de crear expectativas distintas de la fatalidad del desbordamiento inflacionario. Desindización? Actualmente, al comentar la tesis de que la desindización contribuiría a lograr la desinflación, el doctor Lauchlin Currie defiende el sistema de las unidades de valor constante en tanto se limite a registrar la inflación pasada y se abstenga de anticipar una más alta. A nadie se le oculta lo que ha significado como estímulo a la construcción y el ahorro. Pero la indización se volvió general, cubrió todos los campos y cada año se encarga de perpetuar el ritmo inflacionario.

El doctor Currie, si bien no pretende soslayar el problema, lo atribuye a la circunstancia de que los costos se elevan por un período anual e inducen el alza de los precios. Repetidamente ha propuesto él escalonar en el curso del año los reajustes de salarios. Ocurre que hechos por una sola vez, desatan un proceso de carestía, capaz de vaciar el alza de contenido real, en cortísimo lapso. En la práctica, se la anula y expropia, de manera que ningún beneficio efectivo resta. Más todavía. Por la cascada del encarecimiento de servicios y artículos indispensables, llega a aparecer como una comedia, como una farsa de la que son víctimas los presuntos favorecidos.

En conclusión, es menester procurar el desmonte de la inflación inercial, pero también de la otra, la que contamina la atmósfera con sus aires viciados. La meta del veintidós por ciento es más bien modesta. A lograrla debieran orientarse congruentemente las fuerzas. No sin reconocer hasta dónde los impulsos disparados al comienzo del año configuraron una situación adversa que la apertura de importaciones no tiene la virtud de enmendar.

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