El frente de Ruhaní

El frente de Ruhaní

25 de junio 2013 , 12:00 a.m.

Medí Khalaji* Project Syndicate Washington, D. C. El 17 de junio, en su primera conferencia de prensa como presidente electo del Irán, Hasán Ruhaní dijo sobre la política nuclear que la "época de la suspensión había concluido": Irán no aceptará la suspensión del enriquecimiento de uranio en negociaciones futuras, pero procurará mostrar más transparencia sobre sus actividades nucleares para crear confianza internacional. Además, Irán acogería nuevas negociaciones con Estados Unidos, si ese país dejara de intentar inmiscuirse en sus asuntos internos y su "actitud intimidatoria".

¿Quiere decir eso que no se debe esperar un cambio apreciable en la conducta de Irán tras la victoria de Ruhaní? La impresión antes de las elecciones fue la de que el líder supremo, ayatolá Alí Joseini Jamenei, apoyaba a Said Jalili o a Mohamad Baqer Qalibaf. Jalili ha sido el representante iraní en las negociaciones internacionales sobre el programa nuclear del país, lo que lo convirtió en blanco de las críticas de Ruhaní y del otro candidato, Alí Akbar Velayati, asesor en asuntos internacionales de Jamenei.

Según Ruhaní y Velayati, si bien Irán ha aumentado en los últimos años el número de centrifugadoras utilizadas en su programa nuclear, el costo ha sido un despliegue económicamente devastador de sanciones internacionales. Ruhaní prometió mantener los avances en el programa y adoptar medidas diplomáticas más firmes y prudentes para prevenir la imposición de nuevas sanciones y preparar el terreno para el levantamiento de las existentes.

Jalili no había sido una figura destacada en el país. Por primera vez, los iraníes de a pie lo vieron en actos públicos y en los medios de comunicación hablando no solo de la política nuclear, sino de su programa político ultraconservador en relación con las mujeres, los jóvenes y los asuntos culturales. Acabó pareciendo más radical incluso que el saliente, Mahmud Ahmadineyad.

En cuanto a Qalibaf, alcalde de Teherán, se jactó de haber participado en la represión contra los estudiantes en el 2003, montado en el asiento trasero de una moto y con un bastón para ordenar a la Policía que reprimiera las manifestaciones masivas. Ruhaní utilizó el dato contra él eficazmente.

Los conservadores intentaron convencer a sus candidatos de que se unieran tras una sola figura, pero los más débiles no se retiraron a favor de un candidato unitario. En particular, hay pruebas sólidas de que el Cuerpo de la Guardia Revolucionaria Islámica (CGRI) se dividió en dos facciones importantes, una de las cuales apoyó a Jalili y la otra, a Qalibaf. Por ejemplo, Qasem Suleimani, comandante de la Fuerza Quds, sección del CGRI, apoyó a Qalibaf con la esperanza de que recibiera el apoyo de Jamenei.

Las luchas intestinas entre conservadores y dentro del CGRI se intensificaron en vísperas de las elecciones y, con la sorprendente victoria de Ruhaní en la primera vuelta -y la negativa de Jamenei a apoyar a alguno de los dos-, las dos facciones del CGRI perdieron.

Probablemente fuera prudente que Jamenei se hiciera a un lado y dejara que prevaleciese la opinión popular. Si hubiera sido elegido Jalili o Qalibaf, la tensión dentro del CGRI podría haber empeorado y haber resultado difícil para Jamenei controlarla. Y, al permanecer entre bastidores, este puede haber intentado mostrar al CGRI que su poder es limitado.

Es claro que Ruhaní, pese a sus buenas relaciones con la comunidad militar y de seguridad, no había sido una figura política hasta ahora, pues había servido en el ejército en el primer decenio de la República Islámica y había pasado los dos últimos en el Consejo Supremo de Seguridad Nacional. Cuando Ahmadineyad llegó al poder, Ruhaní perdió su cargo de secretario del Consejo, pero pasó a ser el representante personal de Jamenei ante él, cargo que ocupó hasta ahora.

La política nuclear La victoria de Ruhaní dio la impresión de democracia y atenuó la ira popular acumulada en los ocho últimos años, en particular desde las amañadas elecciones presidenciales del 2009. Su triunfo reveló la brecha entre las fuerzas democráticas de Irán, divididas sobre si participaban en elecciones, y volvió irrelevante el joven Movimiento Verde.

Los esfuerzos de Ruhaní para presentar la política extranjera de Irán con una apariencia democrática son menos convincentes. Por ejemplo, su llamamiento para que el presidente sirio, Bashar Al Asad, siga en el poder hasta las elecciones del 2014, es irrisorio, en vista de que es habitual que Asad "gane" las elecciones presidenciales con más del 95 por ciento del voto popular.

Más importante para el régimen es que la victoria de Ruhaní brinde tiempo a Irán para abordar la cuestión nuclear. No solo hay menos posibilidades de nuevas sanciones, sino que, además, la legitimidad electoral de Ruhaní muy bien puede forzar al P5 + 1 (los cinco miembros permanentes del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas, más Alemania) a ofrecer a Irán condiciones mejores en cualquier trato nuclear.

Pero Jamenei afrontará dos problemas relacionados con la política nuclear en los cuatro próximos años. En primer lugar, la victoria de Ruhaní ha deslegitimado la política de resistencia que Jalili abanderó. El gobierno de Irán ya no puede afirmar que el programa nuclear es una causa nacional con un gran apoyo. Los partidarios de Ruhaní quieren una economía mejor y mayor integración en la comunidad internacional.

En segundo lugar, aunque Jamenei entregue la cartera nuclear a Ruhaní (cosa que no es segura, en vista de que la conservó durante el mandato de Ahmadineyad), el nuevo presidente debe llegar a un acuerdo con el CGRI, cuyo apoyo -tácito- es necesario para cualquier trato nuclear.

Hasta ahora, las políticas regionales y el programa nuclear de Irán han estado dirigidas por el CGRI y los intransigentes del país. No han ganado las elecciones, pero no han desaparecido.

* Investigador superior del Instituto Washington para la Política en Oriente Próximo.

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