Leandro Díaz, juglar maestro

Leandro Díaz, juglar maestro

24 de junio 2013 , 12:00 a.m.

En su paseo Dios no me deja, el maestro Leandro Díaz cuenta su vida desde aquel 20 de febrero de 1928: Yo nací una mañana cualquiera / allá por mi tierra, día de carnaval, / pero yo ya venía con la estrella / de componer y cantarle a mi mal.

Ese mal era una ceguera de cuna que marcó su infancia, inspiró sus canciones, enriqueció su imaginación y aguzó su proverbial inteligencia. Por eso agrega en el mismo paseo: "Dios la vista me negó / para que yo no mirara / y en recompensa me dio / los ojos bellos del alma".

Siendo niño, oyó cantar a Chico Bolaños, autor de Santa Marta tiene tren, y fue para él una epifanía. Supo entonces que quería dedicarse a la música. A los 17 años compuso su primer vallenato y aprendió a tocar la armónica y la guacharaca con reconocida destreza. Como Homero, Leandro Díaz fue juglar recorrido, en su caso por los pueblos del Cesar y el sur de la Guajira, hasta que el niño ciego se convirtió en uno de los grandes maestros de la música vallenata.

Leandro supo mezclar melodías de enorme riqueza con letras originales, que unas veces encierran tristezas grandes, otras, humor picante y otras más pintan mundos mágicos, como el de La diosa coronada, que sirvió de epígrafe a García Márquez para El amor en los tiempos del cólera. Sorprendía la precisión con que recreaba la naturaleza que nunca vio y la describía a través de lo que otros sentidos le informaban.

Pese a haber nacido en la pobreza, Leandro Díaz tuvo la fortuna de haber conocido la fama, la tranquilidad económica -si bien no la que en justicia deberían haber proporcionado los derechos de sus cantos- y la admiración de los colombianos. Tronco de una familia de músicos, entre ellos se destaca su hijo Ivo, connotado intérprete del género.

Con la muerte de Leandro, ocurrida el sábado, se va otro grande de la generación de Escalona, Durán, Zuleta, Pumarejo, Luis Enrique Martínez, Moralitos, Pacho Rada y Adriano Salas. Continúan su herencia, entre otros, Calixto Ochoa, Campo Miranda, Julio Erazo, Adolfo Pacheco y Tavo Gutiérrez. El fallecido maestro advirtió en un paseo: "Yo dejaré de cantar y suspirar el día que muera". Pero su música seguirá cantando eternamente por él.

editorial@eltiempo.com.co

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