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OPERETA DE PUEBLO

OPERETA DE PUEBLO

Muerto El Turco aún le quedan muchas batallas por ganar, pues ha ido a ocupar desde ultratumba una posición que significa una nueva alianza: sus deudores ya no le deben sumas en metálico, ahora la deuda se ha hecho infinita porque está fundada en una sola economía: la de la culpa y el terror del más allá. Al dejarlo morir sin compasión aquella tarde en que, envenenado, trastabillando bajo el sol a plomo, pedía ayuda antes de caer de bruces en la plaza del pueblo, sus habitantes contraen con él esa deuda que se ha hecho metafísica.

Por: REDACCIÓN EL TIEMPO
07 de septiembre 1997 , 12:00 a. m.

Muerto El Turco, los deudores intentan recuperar sus objetos dejados en manos del acreedor como garantía del pago de sus préstamos. Y en este robo ellos solo verían la restitución legítima de algo que les fue arrebatado en los inciertos vaivenes de la estrechez a manos de un turco usurero y advenedizo, si no fuera porque aquella culpa se desdobla en la dimensión del fantasma. A lo largo de la cadena de préstamos, Ali Ibrahim fue despojando a personas e instituciones familia, alcalde, Iglesia de aquellos objetos que eran también símbolos de su autoridad. Así el alcalde llegó a verse reducido a una figura limitada y precaria que solo la muerte de El Turco restituye a la altura de sus poderes despóticos en la evidente extralimitación de sus funciones. Sobre los atributos del alcalde y del usurero, en la simetría de los intersticios de la historia y en su juego de espejos, se construyó la fábula en el guión de La deuda como sobre dos columnas sumergidas bajo un relato de venganza; y en su desarrollo elíptico el fantasma viene a articular todas las piezas de la historia. Otra historia, no obstante, es la película.

Aunque es innegable el hecho de que una vez terminada una película ésta hace desaparecer al guión, el ejercicio de restitución de la historia de La deuda contada en el papel en relación con la puesta en escena, sirve para determinar en dónde se pierde esta oportunidad para haber llegado a realizar una película en donde se hubiese podido reconocer los elementos decisivos de la presencia de un director.

Situando la historia en un marco realista y psicológicamente verosímil, sus posibilidades muy pronto se reducen a un costumbrismo banal. Se revela enseguida que allí la estructuración de la trama se mantiene más por las convenciones y situaciones tópicas, en una ingenua acumulación de secuencias sostenidas artificiosamente, que por una dinámica que resulte del desarrollo de los personajes y de la acción planteada. Y si la verosimilitud de la historia queda muy pronto comprometida es porque en términos de dirección nunca se encontró el tono justo, el que mejor le conviene a la historia. Basta que en La deuda dos o tres personajes no sean creíbles para que contaminen de irrealidad (como diría Borges) a todo el relato. Así los pasos de comedia se convierten en un sainete pintoresco que echa mano de todos los estereotipos del pueblo, para configurar un mosaico pero que tampoco tiene ni la fuerza, ni la identidad ni la validez de un verdadero relato colectivo.

Nada importante El tema de la culpa ya no gravita con su elemento trágico o conmovedor sobre los destinos individuales; la historia, o la falta de historia, pasa a través de los personajes, pero sin que jamás los modifique. La dinámica misma de los acontecimientos se resuelve en anécdotas. Y es que la película está construida desde afuera; falta a su propia interioridad, apenas vislumbrada en personajes marginales como el de Alejandra Borrero.

Otros personajes, como el sepulturero, son títeres que llegan de no se sabe qué opereta. Entre escritura, visualización y continuidad dramática se crea un enorme desequilibrio que el fallido tratamiento del tiempo termina por agudizar. Se olvidaron los directores de que en esa construcción compleja que es una película, ha de imperar una lógica implacable en su progresión; no basta una sucesión de escenas, con la elaboración de situaciones momentáneas para crear un relato cinematográfico. Por otra parte, nada de lo realmente importante, de lo que sucede en un pueblo se le ha dado desarrollo en La deuda, carece del mas mínimo aguijón social o de la creación de un ambiente específico o histórico que capture las contradicciones, los conflictos de la vida colombiana.

Sin desarrollo, con situaciones confusas y solo de efecto inmediato, las deudas a García Márquez nada dicen ( O solo se quiere llenar un vacío haciendo nuevos homenajes a Macondo?). Ni siquiera a nivel formal La deuda es una película moderna, para no decir contemporánea, en cuanto las sugerencias de lo estético y lo político puedan convertir su historia en algo que tenga algún significado más allá de su anécdota; a pesar de un guión que luchó por sobrevivir.

Borrero y Dorado, en elenco de La deuda .

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