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LA PROVOCADORA DE MUSEO

LA PROVOCADORA DE MUSEO

No hay derecho: ella, joven porque tiene 27 años, hija de una época donde la ecología es reina, y exponiendo sapos atravesados por varrillas y moscas... Y eso en el Museo de Arte Moderno de Bogotá. Definitivamente hay almas conmovidas con tanta destrucción. María Fernanda Cardoso, sola, sería casi sinónimo de Chernobyl. Es respetable esa opinión. Pero es atribuirle mucho poder a esta bogotana incapaz de disecar un pobre sapo. Y eso que hay hartos.

Por: REDACCIÓN EL TIEMPO
23 de septiembre 1990 , 12:00 a. m.

Lo que sí es seguro es que su obra, por la cual ganó la bienal de Bogotá, no deja impávido. Esta vez su mensaje, como dicen los que juegan a comunicarse, ha sido recibido cinco sobre cinco. Eso piensan los más escandalizados. Pero qué mensaje? Para ingresar a ese mundo lo mejor es coger el atajo que dice: dirección infancia. Por allá se pierde, o se inicia, cualquiera sabe, su diferencia. En un comienzo, así es a menudo, no escogió. Sus padres pensaron por ella. Se dijeron que era bueno que estudiara música, leyera, viera cuadros, dibujara y mirara el campo con goce y extraordinario detenimiento.

Ella lo hizo. No jugaba mucho pero tocaba violín. Le coqueteó sistemáticamente diez años, desde los 7, hasta que se dijo que, como sus padres eran arquitectos, de pronto las formas... En la Universidad de Los Andes estuvo en la facultad de arquitectura. Año y medio anduvo en esas salas hasta que, sin darse cuenta, se instaló en la zona de bellas artes.

Por ahí enterró su gran sueño de ser científica. Es una idea que nadie le sopló. Se le ocurrió pensando en su abuelo. Era un hombre querido y un médico con una imaginación contagiosa. Se la pasaba investigando con moscas, que él criaba, y gallinas a las que sometía a pruebas nutritivas. Lo requerían y lo respetaban por sus hitos: poner a ver a un ciego, patentar instrumentos de medicina, de ingeniería... la marcó, no hay duda.

En la universidad le estimularon una función que poco se ve en las carátulas de las revistas: la pensadera. Los responsables fueron sus profesores: Carlos Rojas, Eduardo Ramírez Villamizar, Beatriz González, Miguel Angel Rojas, Santiago Cárdenas, Manuel Hernández... No hubo disyuntivas. Solo percibió la necesidad de ponerlo todo en un contexto y de nombrarlo en sus procesos.

Es una costumbre que le sirvió en los tres años que pasó en Estados Unidos. Allá, en la Universidad de Yale donde hizo su master, ningún artista, o pretendido tal, trabaja a partir de las tripas. Eso aún se oye por aquí. Lo filtran todo por la pensadera. Y hay que sustentarlo, ponerle referencias, atarlo a la historia.

A esos profesores, lo suyo les parecía muy trascendental. En realidad, ella es minuciosa y terriblemente obsesiva en el arte de recrear su infancia. Porque en esas anda. En cada obra hay parcelas, anécdotas, alegorías e imágenes de esa época; la más definitiva de su vida.

Hacer crecer pasto y semillas para sus obras y luego parar ese crecimiento es como querer detener el tiempo. Es su visión ambivalente. Es utilizar la muerte para mostrar la vida. Christo, el que envolvió el Pont Neuf en París con inmensas lonas, tapa para revelar mejor.

Con los animales hace lo mismo. Las ranas no las cría. Las compra en formol. En eso Estados Unidos tiene catálogos inmensos de colección. Esa sociedad es así.

Las moscas sí las cultivó . Pero esperó que cesaran su vuelo, de muerte natural, para utilizarlas.

Servirse de ellas puede ser un acto de provocación. Su mensaje es, sinembargo, justamente lo contrario del que creen los que la están denunciando, en la radio o en el correo de lectores de los periódicos, como antiecológica.

María Fernanda Cardoso dice abruptamente que la vida, toda, hasta aquella de una lombriz y de una rana, tiene un enorme valor.

Eso suena utópico. Hay que ensayar otra fórmula. Digamos mejor que, con todo su talento, pone en escena el carácter paradójico de la existencia. Nadie, cuenta en definitiva, es inocente de tener que acabar con cosas qué es la comida? para vivir. Otros prefieren ser gentiles: Tienes ojos de ternero degollado . Hablando de esos contrarios que nos recorren, ella dice que no hay civilización que viva sin sacrificios. De eso no solo saben las culturas precolombinas...

Es demasiado figurativa? Ella lo es, lo ha sido. Ninguna de sus obras, por sutiles que hayan parecido, es enteramente abstracta. Sus temas los investiga hasta agotarlos. De esa dinámica quedan huellas en sus escritos. Stendhal decía que un día sin escribir era un día inútil. Ella escribe porque es su única manera de pensar.

Se ensimisma y es egocéntrica? De pronto. Parece que es su manera de aislarse para decir mejor. Es capaz de trabajar intensamente durante semanas si toca: cuando tiene el hilo no lo suelta.

Ese mismo proceso lo sigue cuando mira las obras ajenas. Lo diferente la atrae. De los artistas, de los grandes, no solo la mueven sus obras. Tritura, con algún esfuerzo, sus teorías y, con un gran placer, sus biografías. La historia, la de su generación, la apasiona. Tal vez por eso está pegando moscas y colgando sapos. Por tan poco no hay que mal-tratarla.

Algunos de sus compatriotas son más osados: están multiplicando, sin ningún recato, el número de tumbas en los cementerios.

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