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PERMISO: YA NO QUIERO SER NIÑO GUERRILLERO

PERMISO: YA NO QUIERO SER NIÑO GUERRILLERO

Cuentan que una vez había un niño guerrillero, de rostro cicatrizado y facciones rasgadas. Con traje de camuflaje entreabierto, en el pecho, mandaba con su voz ronca y decía a cualquiera lo que pensaba.

Por: REDACCIÓN EL TIEMPO
18 de febrero 2001 , 12:00 a. m.

Cuentan que una vez había un niño guerrillero, de rostro cicatrizado y facciones rasgadas. Con traje de camuflaje entreabierto, en el pecho, mandaba con su voz ronca y decía a cualquiera lo que pensaba.

En Uribe, donde él vivía antes de irse a la guerra, veía a los guerrilleros armados y pensaba que eso de ser guerrero, armado y popular, debía ser divertido. Y se fue.

Llevaba dos de sus 17 años cargando un fusil en los campamentos de entrenamiento de la insurgencia en el Meta. Entre sus compañeros estaban Pedro Tapias, Carlos Romero y Luis Vergara*.

El joven guerrillero sentía que había perdido su libertad en la vida militar y por eso un día cualquiera de octubre pasado, se le acercó a su comandante, que se llamaba Lucas , y le dijo: Quiero que me dé permiso para irme a mi casa, a estudiar, porque ya no me siento bien acá .

Lucas , jefe del frente 40 de las Farc, según cuentan los del pueblo, conocía bien lo que es el valor de la niñez porque era médico y le dijo que iba a consultarlo con los de arriba antes de darle una respuesta.

Algunos de los niños guerrilleros contaban que el jefe guerrillero le había dado permiso a cualquier menor de edad que quisiera irse, pero muchos prefirieron quedarse.

Otros dicen que decidió terminar completamente con el reclutamiento de menores y que habló con las personas de Uribe para exigirles que los jóvenes reintegrados estudiaran.

Inclusive hubo quien dijo que Lucas lo hacía con la orden de otro comandante que llamaban Jorge Briceño, el Mono Jojoy .

Después de esperar dos meses, un primero de diciembre, Lucas le contó al joven guerrillero que le había pedido que lo dejara ir a estudiar. Puede volver a su casa , dijo Lucas .

El niño guerrillero de la cara cicatrizada regresó a Uribe, un poblado caluroso y polvoriento, de casas coloridas, cuya única comunicación con el resto del mundo era un Telecom y una planta de electricidad que solo daba luz tres horas al día.

También tenían varias tiendas, como el Sanandresito, que hospedaban estantes que permanecieron vacíos a raíz de los bloqueos paramilitares. Y una pista aérea a la orilla del pueblo, en su retaguardia custodiada por la sede de la Cruz Roja Colombiana.

El joven desmovilizado se quedó en la iglesia del pueblo. Pronto empezaron a llegar los otros niños guerrilleros, de a tres, de a cinco, y de más, todos con el permiso de Lucas .

Fue entonces cuando el Padre Jairo, de la diócesis de Granada, y el alcalde de Uribe, Ramiro Trujillo, decidieron que tenían que hacer algo para alojar a todos los jóvenes en un mismo lugar, especialmente porque ya sumaban 62 que tenían a sus familias lejos y si se iban no podrían seguir estudiando.

Los recién llegados, todos del frente 40, tenían entre 12 y 17 años y algunos llevaban más de cuatro años en la guerrilla.

Con muchos esfuerzos, el alcalde y el sacerdote alquilaron una finca cerca de la pista aérea para que sirviera como internado para los 38 muchachos. También pensaron en las 24 niñas guerrilleras y para ellas adecuaran otro internado de mujeres manejado por las hermanas Salecianas.

Los extranjeros.

Los 62 menores que llegaron del monte empezaron a estudiar y retornaron a la vida normal.

El de las facciones rasgadas se sentía libre nuevamente, aunque tenía que compartir su cuarto de 14 metros cuadrados con otros 11 compañeros, algunos de los cuales dormían en el suelo.

Necesitaban un nuevo internado y una ampliación de su centro educativo para albergar al menos 150 cupos más, porque los rumores decían que muy pronto llegarían 50 guerreros más.

Entonces, el padre Jairo llamó a la Dirección General de Reinserción para buscar ayuda.

Después de mucha coordinación, Reinserción convenció a Franceso Vincenti, de las Naciones Unidas; Carel de Rooy, de Unicef y Marianne Da Costa, embajadora de Austria, en representación de la Unión Europea, para que viajaran a conocer al muchacho de la cicatriz y sus 61 amigos.

En la misma avioneta de la Cruz Roja Colombiana que llevó al entonces presidente electo, Andrés Pastrana, a entrevistarse con el jefe guerrillero Manuel Marulanda , los extranjeros viajaron entre humaredas y vientos de cordillera, hasta aterrizar en uno de los cinco municipios desmilitarizados.

Cuando vieron las alas de la avioneta de cuatro pasajeros menearse a lo lejos, el altoparlante del pueblo, a través del cual avisan a las personas cuando tienen una llamada en el Telecom, dijo: Los niños de la escuela, a la pista a recibir a los delegados internacionales .

Un enjambre de escolares y muchachos tímidos que preferían no mirar directamente a los ojos, que esperaron en la pista, condujeron a los extranjeros a su internado.

Entre agradecimientos, formalismos, protocolos y alabanzas, empezaron uno a uno, desde el alcalde, hasta un niño de unos ocho años a delinear qué hacía falta para que sus muchachos recién llegados del monte pudieran ser gente de bien .

Los foráneos escucharon, hablaron poco, escribieron en lenguas extrañas e hicieron preguntas a los niños que volvían de la guerra.

Sus madres pidieron no solo el internado y la escuela, sino garantías para que sus hijos no tuvieran que hacer el servicio militar.

Les dijeron a los extraños que tenían miedo que se terminara la zona de distensión. Hasta que el joven recién llegado de la guerrilla, que no tenía miedo a hablar, expresó en nombre de los 62 menores: No tenemos miedo de que lleguen los militares. Lo que necesitamos es estudiar y salir adelante. No queremos aburrirnos y que nos dejen sin recursos porque o sino toca buscar la salida a través de la violencia. Por eso necesitamos su apoyo .

Tras un almuerzo consistente en gallina y jugo de tomate de árbol, y al cabo de una emotiva despedida de foto y esperanza, los europeos se comprometieron con los niños a hacer todo lo posible por ayudarlos a través de ayuda internacional.

Entre un clima fresco, los foráneos volvieron a subirse a la avioneta de la paz y prometieron volver la siguiente semana.

El ex guerrillero de voz ronca que retornó para estudiar los vio partir, se acostó sobre su cama de una sábana y un cuaderno por almohada y decidió esperar a los extraños.

Dicen los de por allá que él se llamaba Joan Triana.

Y yo soy Joan Triana.

* Los nombres de los menores de edad han sido sustituidos para proteger su identidad.

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