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EL DISCURSO DEL EX PRESIDENTE CÉSAR GAVIRIA

EL DISCURSO DEL EX PRESIDENTE CÉSAR GAVIRIA

Ha sido verdaderamente deplorable que el discurso pronunciado por el ex presidente Gaviria en la reunión de Anif no haya sido publicado en su totalidad. Por el contrario, y con su habitual superficialidad, la prensa se limitó a transcribir un solo párrafo, desafortunado, en mi opinión, en el cual se declaró perplejo ante la actual situación del país, tomando como punto de referencia el balance de su gobierno. Mejor hubiera sido un análisis sin esta última nota personal que, en apariencia, desdice de la objetividad de sus juicios. Salvo esta reserva, sus palabras sí que ponen a pensar al país. Se puede estar o no de acuerdo con sus planteamientos, como es mi propio caso en cuanto a la reforma constitucional de 1991 y a la apertura, pero es indiscutible que su análisis de la situación actual es acreedor a una atención más profunda de la que se le ha prestado hasta este momento.

Por: REDACCIÓN EL TIEMPO
18 de febrero 2001 , 12:00 a. m.

Ha sido verdaderamente deplorable que el discurso pronunciado por el ex presidente Gaviria en la reunión de Anif no haya sido publicado en su totalidad. Por el contrario, y con su habitual superficialidad, la prensa se limitó a transcribir un solo párrafo, desafortunado, en mi opinión, en el cual se declaró perplejo ante la actual situación del país, tomando como punto de referencia el balance de su gobierno. Mejor hubiera sido un análisis sin esta última nota personal que, en apariencia, desdice de la objetividad de sus juicios. Salvo esta reserva, sus palabras sí que ponen a pensar al país. Se puede estar o no de acuerdo con sus planteamientos, como es mi propio caso en cuanto a la reforma constitucional de 1991 y a la apertura, pero es indiscutible que su análisis de la situación actual es acreedor a una atención más profunda de la que se le ha prestado hasta este momento.

Con motivo de mi escrito acerca de la privacidad, un buen amigo me hizo notar el abismo que existía entre los fines de la Constitución del 91 y las realizaciones, a propósito de mi afirmación según la cual en nuestros días el escrutinio de la vida ajena es el más activo de la Historia. Con el Congreso sucede algo semejante. Se le quiso dar independencia y rodearlo de incompatibilidades, pero sigue siendo el mismo de siempre, con la circunstancia de que es ahora más dócil, merced a los nombramientos de parientes y amigos en los ministerios y en las embajadas, casi, diría yo, que se ha fomentado el nepotismo.

En cuanto al Organo Jurisdiccional, como lo anotaba yo recientemente, está más congestionado que nunca. Uno de los factores ha sido la ausencia de limitaciones en lo relativo a la tutela, institución que con el nombre de recurso de amparo propuse dos veces infructuosamente en el curso de los años. Ni hablar de la Fiscalía, a pesar de la increíble diligencia del doctor Gómez Méndez. El número de casos sujetos a su examen es para abrumar al funcionario más activo. En cuanto a las transferencias, dentro del propósito descentralizador, no hay suficiente espacio para calificarlas como fuente de desencuadernamiento del presupuesto nacional en materia de gasto. Por cierto, es interesante la reiteración del ex Presidente en el sentido de que entregó el país en 1994 sin déficit fiscal .

De la apertura, coetánea con la revaluación, es mucho lo que se ha escrito y, aun, lo que se ha exagerado, pero en mi sentir la gran víctima fue y sigue siendo la agricultura nacional. Basta comparar la innegable reactivación de la industria, gracias a la reciente devaluación, con los cultivos que, pese a las estadísticas optimistas sobre las hortalizas, no levantan mayormente la cabeza. El DNP ha explicado, en carta inédita, que los repollos, las lechugas, los tomates, las espinacas, etc., no crecieron en un solo año un 55 por ciento y que fue apenas una proyección de enero del 2000, que no se cumplió, y se vio reducido al 1,7 por ciento el crecimiento. Con todo, y a pesar de esta reducción que jalonaba la agricultura en las proporciones anotadas, la suma siguió siendo la misma, 4,4 por ciento. Póngame ese trompo en la uña , decían en mi colegio, frente a un acertijo semejante. Cómo, prescindiendo de la mitad del total, la suma sigue siendo la misma?.

El diagnóstico sobre la problemática nacional sigue siendo sustancialmente idéntico al de mi tiempo. La convocatoria a la Constituyente de 1977 tenía por objeto la descentralización y la reforma de la Justicia, amén de la cobertura de la educación. Es una de las coincidencias con el estudio de Alesina.

Es curioso que, en un foro sobre el futuro de Colombia, el ex Presidente aprovechara para lanzar una mirada retrospectiva sobre el pasado, una apología de su administración y de sus políticas, tentación que no es ajena a quienes hemos encabezado al Estado colombiano.

En lo que sí estoy plenamente de acuerdo con el doctor Gaviria es en su enfoque sobre el proceso de paz, si no lo interpreto mal. Una cosa es la paz y otra el proceso de paz. Con la paz nadie está en desacuerdo. Inclusive, elmono Jojoyi señalaba que la meta de la guerrilla es la paz. De ahí que poner a la ciudadanía a controvertir la paz no viene al caso. La razón de ser del Estado es la paz. Todas las doctrinas políticas, desde el comunismo hasta el fascismo, versan todas sobre la paz, ya sea garantizando la propiedad privada como un derecho absoluto o privando de la propiedad a los particulares; creando un Estado democrático o corporativo, con un gobierno fuerte, o reduciendo el tamaño del Estado. Hasta la propia doctrina anarquista funda la paz en la ausencia de autoridad.

El proceso es otra cosa. En el caso colombiano, es el camino para alcanzarla dentro de una clásica situación de guerra civil, ya existente. Imposible llegar a una conclusión satisfactoria sin definiciones nítidas previas, aun corriendo el riesgo del desacuerdo. Es el caso, por vía de ejemplo, del desarme de la insurrección, tras el armisticio. Una paz armada, que no admite el monopolio de la fuerza pública por parte del Estado, sino la coexistencia de dos fuerzas paralelas, hacen inconducente proseguir en la vía de soslayar el problema, seguir negociando sobre otros temas. Tan alentadoras como fueron las palabras del comandante Jojoy sobre los cilindros y el reclutamiento de los niños, no hay que olvidar la cuña en la que incluyó la paz sin desarme de la guerrilla.

Por cierto, en muchos círculos hay una confusión entre Derechos Humanos y Derecho Internacional Humanitario. Los primeros tuvieron su origen en la Carta de las Naciones Unidas y se refieren, principalmente, a las libertades públicas. El Derecho Internacional Humanitario, en cambio, establece las leyes de la guerra entre naciones y en el conflicto doméstico, al tenor del Protocolo II de los Acuerdos de Ginebra. Dentro de este contexto, es claro que el DIH es obligatorio para el Gobierno y para la insurrección y mal puede ser materia de pacto entre las partes. La ley es imperativa y no viene al caso fundarla sobre el consentimiento entre los beligerantes.

Sustraer a la población civil de los efectos de la contienda armada es el objetivo esencial del DIH y regularizar con ciertas restricciones el enfrentamiento militar. De ahí que resulte extraño iniciar el acatamiento al DIH con el intercambio de beligerantes de uno y otro bando, con gestos de generosidad unilaterales o por compromiso, sin haber liberado previamente a los civiles, víctimas de las pescas milagrosas y otras variedades del secuestro. Llamar secuestrados a los prisioneros de guerra, cuyo intercambio sí es susceptible de ser pactado, pese a las complejidades legales y estratégicas, es una práctica común de las leyes de la guerra. Se impone encontrar una fórmula del llamado canje , que se ha venido postergando en forma explicable por las razones anotadas.

Lo cierto es, para este profano en tales lides, que ya se ha iniciado la campaña por la sucesión presidencial y, como en la ruleta, hay que poner las fichas en los cuadros. Los unos se acogen a la paz en abstracto, mientras otros contemplan variantes distintas al proceso de paz en vigencia. El discurso del ex Presidente Gaviria, más que sus reminiscencias, pone el dedo en la llaga sobre el porvenir, cuando trata la cuestión de la paz. No es cualquier paz lo que reclama la opinión pública, sino una paz sólida, duradera, fundada sobre la satisfacción de las aspiraciones generales que están en el origen de la insurrección y que no se pueden pasar por alto, cualquiera que sea la solución del conflicto.

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