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UN ENORME OSO INTERNACIONAL

UN ENORME OSO INTERNACIONAL

La decisión de la Corte Constitucional sobre el Concordato puede traer algunas dificultades para la Iglesia y los católicos. Pero se superarán con fe, buena voluntad y la ayuda de Dios. No sobrevendrá ninguna catástrofe en lo espiritual, ni un caos religioso. Si los primeros cristianos sobrevivieron a las persecuciones de Nerón y Calígula, no hay que angustiarse ahora ante una Corte despistada y un gobierno displicente. Los problemas graves se plantean en el campo internacional, pues la sentencia golpea la respetabilidad de Colombia ante la comunidad mundial, mostrándola como un Estado que incumple sus compromisos. Los tratados internacionales no pueden romperse unilateralmente, alegando pretextos de derecho doméstico.

Por: REDACCIÓN EL TIEMPO
03 de marzo 1993 , 12:00 a. m.

Qué tal que los demás países le apliquen la misma receta a Colombia, y desconozcan en forma unilateral los tratados que tienen con nosotros? Qué sucedería con los de límites, por ejemplo? Hay que cumplir la palabra. Sin temores. Sin vacilaciones y cumplirla siempre, sin dejarse arrastrar por el susto ante las consecuencias inmediatas, ni por los prejuicios filosóficos o religiosos.

Desafortunadamente, al enorme oso internacional que hace el país por culpa de la sentencia de la Corte, se añaden los titubeos en el manejo de la situación. Un elemental principio de derecho enseña que donde existe la misma razón debe haber la misma disposición, y el antecedente está muy cercano como para olvidarlo.

En octubre de 1992, ante un fallo del Consejo de Estado, que anuló la totalidad de la nota donde la Cancillería colombiana reconoció la soberanía venezolana sobre Los Monjes, el Gobierno declaró que no produciría ningunos efectos prácticos, porque había que respetar los compromisos internacionales, por encima de lo expresado por los tribunales domésticos.

Ahora el fallo de la Corte Constitucional declara inexequibles partes de un tratado público en vigencia. El Gobierno tiene que declarar exactamente lo mismo, si no quiere exhibir al país ante la comunidad internacional como un Estado irresponsable, que rompe tratados pretextando motivos de derecho interno.

Al conocerse la sentencia del Consejo de Estado sobre Los Monjes, el Gobierno reunió la Comisión Asesora de Relaciones Exteriores en menos de 24 horas. Y ésta expidió, al instante, un documento en el cual afirmó que la competencia de un tribunal interno no invade la atribución del Presidente de la República para dirigir las relaciones exteriores del país, contemplada en el artículo 189 de la Constitución Nacional . A renglón seguido ratificó que la providencia tiene alcances estrictamente internos, y no modifica los efectos jurídicos internacionales, generados por dicha nota sobre el status territorial de los islotes de Los Monjes .

Y por si fuera poco, remachó: Colombia, de conformidad con los principios y normas del derecho internacional, ha sido, es y seguirá siendo plenamente respetuosa de sus obligaciones. En ese contexto, en materia de soberanía territorial, Colombia siempre ha defendido la supremacía de los compromisos internacionales sobre actos posteriores de naturaleza jurídica interna .

El Gobierno manifestó su completo acuerdo con la Comisión Asesora de Relaciones Exteriores, y rápidamente dio toda clase de seguridades sobre el respeto a las normas del derecho internacional. Ese día el Presidente habló varias veces con Carlos Andrés Pérez, para expresarle su preocupación y tranquilizarlo.

Es hora de repetir exactamente lo mismo ante el fallo sobre el Concordato. Las razones son aún más fuertes en este caso.

Respecto de Los Monjes había una simple nota del ministerio de Relaciones Exteriores. El Concordato es un tratado público internacional, aprobado por ley, y con las ratificaciones debidamente canjeadas. Está sujeto a las normas de derecho internacional y a la Convención de Viena. Ninguna autoridad colombiana puede negarle su carácter de tratado, porque las mismas partes contratantes así lo dicen explícitamente en el canje de ratificaciones.

El texto es inequívoco: Queda evidentemente entendido que el Concordato, como tratado internacional, continúa regido para todos sus efectos por las normas del derecho internacional y por la Convención de Viena sobre el derecho de los tratados . Esta manifestación fue incluida por fuertes insistencias del Gobierno colombiano.

Si el fallo que desconoce la validez de la nota de un ministro produjo la declaración oficial, que reafirma la vigencia de los compromisos internacionales, el fallo sobre el Concordato obliga, por lo menos, a repetir igual declaración. Así. Clara. Sin malabarismos verbales para sugerir que, como quedaron en pie algunos artículos, el Concordato está vigente en esos sí pero en los otros artículos no, porque unos compromisos sí se cumplen y otros se diluyen.

Los tratados se respetan o se rompen. Para qué alegar que, como se desconoce solo una parte del tratado, se puede decir que no es tan grave? Colombia tiene que definirse frente a la primacía del derecho internacional sobre el interno. Sí o no, como Cristo nos enseñó.

A menos que la posición del Gobierno haya cambiado en estos cuatro meses, y considere que las cartas de un ministro colombiano y su colega venezolano sí deben respetarse y, en cambio, los tratados internacionales, como el Concordato con la Santa Sede, no merecen igual respeto.

La solución es muy sencilla: repetir lo que el mismo Gobierno colombiano, con el mismo Presidente y la misma Canciller, dijeron hace cuatro meses.

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