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LA HORA DE LA VERDAD

LA HORA DE LA VERDAD

Estaba cantado. O es que alguien pensó seriamente que la extradición con retroactividad iba a salir así no más? Que el Senado se liberaría de compromisos y ataduras? Que este Gobierno se jugaría a fondo por sacar adelante el proyecto? La furtiva pero emotiva felicitación que, ya finalizada la plenaria, se dieron bajo los arcos del Capitolio el senador Carlos Espinoza Faciolince y el ministro del Interior, Carlos Holmes Trujillo, lo dice todo. Quienes presenciaron el insólito gesto comentan que parecía una congratulación entre vencedores. Hay detalles que hablan por sí mismos.

Por: REDACCIÓN EL TIEMPO
21 de septiembre 1997 , 12:00 a. m.

Que no nos vengan a decir ahora que el Gobierno hizo lo imposible; que desplegó todos sus recursos y todo su poder de convencimiento para salvar el proyecto de extradición. Querer es poder. Y cuando un Gobierno se propone sacar adelante una ley, lo hace.

Si para otros proyectos el cabildeo del Ejecutivo ha sido tan impresionante como intenso, para este fue tan pasivo como ambiguo. Aquí también los detalles dicen mucho. En las cinco horas que duró la tormentosa sesión del miércoles, el ministro Holmes poco o nada habló con el bloque de senadores samperistas enemigos de la extradición.

También es diciente el hecho de haber dejado la responsabilidad del proyecto en una persona de tan bajo perfil como la ministra de Justicia, sin peso político ni manejo parlamentario de ninguna clase.

La cosa estaba cantada desde que se inició la votación, encabezada por el presidente del Senado, Amilcar Acosta, samperista de la más pura entraña, que comenzó con un rotundo no a la retroactividad, y siguió luego todo lo que sabemos. Incluyendo las decenas de parlamentarios que no dieron la cara a la hora de votar el inverosímil cambio de voto de los senadores Dussán, Arrázola y Durán de Mustafá.

Son la misma farsa y el mismo teatro de siempre. El Gobierno empeñado en sacar adelante sobre todo en lo retórico un proyecto que siempre se dedican a hundir los más caracterizados defensores y voceros del Gobierno en el Congreso. Lo del miércoles en el Senado fue como el quinto acto del mismo sainete.

La verdad es simple. Lo sucedido refleja una realidad tan cruda como elemental: la del poder e influencia que aún mantiene el narcotráfico sobre el Congreso y la Presidencia. Llámese poder de soborno o de coacción; plata o plomo. Lo demás es pantomima.

Adornada, claro, de toda suerte de posturas patrióticas, odas a la soberanía y arengas contra la intromisión imperialista. La dulce canciller María Emma se lamentaba de que presiones externas entorpecieran el debate parlamentario sobre el tema. Me quedé sin saber si se refería a las de los narcos o los gringos.

El cuestionado ex dirigente sindical del magisterio y hoy senador Jaime Dussán, que sí sabe dónde están sus simpatías, declaró con toda desfachatez que prefiere la presión de los narcos, porque ellos son nacionales . Deprime, pero ya no sorprende, que un senador de la República legitime su voto (su cambio de voto, en realidad) con semejante argumento. Manes del narco-nacionalismo .

Hay quienes prefieren la injerencia de los gringos a la de los narcos. Y por decirlo los matan. En estos días se cumplen seis meses del asesinato del columnista de El País de Cali, Gerardo Bedoya, acribillado a los pocos días de haber escrito su ya inmortal columna: Aunque me digan proyanqui . Asesinato que, sobra decirlo, continúa impune.

Pero más allá de las reticencias que la extradición de nacionales a E. U. produce en muchas personas decentes y no contaminadas; más allá de la agobiante y con frecuencia torpe presión gringa, lo que hay que entender es que Colombia no puede carecer en el mundo de hoy de un instrumento que la comunidad internacional considera como un arma esencial para combatir el crimen transnacional.

Un país que tiene una imagen narcotizada; que es sede de algunas de las organizaciones criminales más poderosas del mundo; que padece aterradores niveles de delincuencia, violencia y corrupción, se convertiría en una nación paria si, escudándose en falsos argumentos nacionalistas, no es capaz de entender el compromiso que ha adquirido en este campo. O si sale con una ley que, como lo dijo el candidato Valdivieso, podría interpretarse como una amnistía para los narcos . O tan inocua que, como dijo el general Bonnett, serviría si acaso para extraditar traquetos .

También habría que entender que la extradición es, en esencia, un instrumento y un mecanismo, más que una norma. Sobre todo una norma convertida en un artículo de la Constitución (el 35, que prohibe la extradición) que tiene el estigma de haber sido aprobada por la Constituyente del 91 en medio del chantaje, la intimidación y el soborno del narcotráfico.

Se trata, pues, de un mero instrumento jurídico, que se negocia, y se aplica o no se aplica, de acuerdo con las peticiones de extradición que en cada caso se presenten. Igual con la retroactividad, concepto que no debe ser objeto de inclusión en una Constitución.

Vamos a ver qué pasa de aquí al definitivo debate en la Cámara de Representantes. Es posible que se repita la historia de otros proyectos (el narcomico , la extinción de dominio, etc.); y que se ejerza una gran presión de la opinión, gremios y medios; y que el Gobierno se decida de verdad a dar el empujón definitivo, para que se apruebe una ley que rescate la autoestima de Colombia y responda a la expectativa internacional.

En todo caso, en el trámite que falta, el Gobierno Samper no podrá eludir más el dilema. Tendrá que escoger entre la presión de los narcos o de los gringos. Con quién va a quedar bien y con quién mal. Hasta ahora ha podido repartir contentillo, y a unos y a otros les ha dado de largas.

Pero ya en las postrimerías de su mandato y con el proyecto en su etapa decisiva, le llegó el momento de decisión final. Ya no podrá caramelear más.

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