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EL GENOMA COLOMBIANO

EL GENOMA COLOMBIANO

El genoma nos ha impartido a todos una concluyente lección de humildad. No hay razas, pueblos o sangres superiores y elRey de la creacióni no está, genéticamente hablando, muy distante de una mosca o de una lombriz. Peor aún. En lo cuantitativo, los seres humanos somos menos que un grano de arroz: solo treinta mil genes contra cincuenta mil. Tras este inventario irrecusable, a lo único a que podemos aspirar es a ser el más reciente, aunque no el último, de los eslabones en la larga cadena de la evolución.

Por: REDACCIÓN EL TIEMPO
19 de febrero 2001 , 12:00 a. m.

El genoma nos ha impartido a todos una concluyente lección de humildad. No hay razas, pueblos o sangres superiores y elRey de la creacióni no está, genéticamente hablando, muy distante de una mosca o de una lombriz. Peor aún. En lo cuantitativo, los seres humanos somos menos que un grano de arroz: solo treinta mil genes contra cincuenta mil. Tras este inventario irrecusable, a lo único a que podemos aspirar es a ser el más reciente, aunque no el último, de los eslabones en la larga cadena de la evolución.

En esta revancha de la ciencia sobre la superchería, toda clase de mitos ridículos y destructivos quedaron atrás. El mortífero de Hitler, por supuesto, pero también el de la sangre azul. ElAlmanaque de Gothai fue a parar, merecidamente, a los basureros de la historia junto a Mein Kampf. El genoma recusa al Holocausto y explica a Robespierre.

Si la genética nos hizo iguales, es a la política, a la filosofía, a la economía y a la arrogancia a las que les debemos el gran embuste de la disparidad natural. La biología ha reivindicado finalmente al igualitarismo, que no ha logrado imponer ninguna revolución. No hay primacías determinadas ni heredadas. Todas son impuestas por alguna razón. El hombre, y no la herencia, es el habilidoso artesano de la desigualdad.

Igualdad, claro, es distinta de uniformidad. Los seres humanos somos iguales pero no uniformes, al menos mientras empieza a producir sus efectos inquietantes la clonación. Y al parecer ni siquiera son los genes sino las proteínas, la química en vez de la fatalidad, las que determinan por qué una persona puede resultar diferente y mejor o peor dotada que las demás. Por alguna travesura en el entresijo infinitesimal de los cromosomas, individuos como Mozart o Pelé condensan, de pronto, una aptitud asombrosa que los separa de los demás. Pero eso no se hereda ni da lugar a estirpes con el mandato atávico de jugar bien al fútbol o componer obras maestras desde la niñez. El genio adoctrina pero no da lugar a derechos de sucesión.

En cuanto a nosotros los colombianos, creo que el genoma nos deja una comprobación consoladora y comprometedora a la vez. Somos iguales a los demás, luego no es cierto que la violencia o la corrupción estén inscritas en nuestro mapa genético para toda la eternidad. Tampoco es verdad que el país sea irremediablemente ingobernable, que es la disculpa a la que se acogen los malos gobiernos para no cumplir con su deber. Esa excusa se acabó. La perversidad innata de los colombianos es una teoría tan falaz y perniciosa como la de la supremacía racial.

Si somos violentos o pícaros no es porque nacimos así ni porque a eso nos condene la fatalidad. Lo somos porque quien ataca a otro y lo priva de su vida, de sus bienes o de su libertad, no es castigado sino que se convierte en el beneficiario de los desvelos estatales y en polo de su atención. Si usted trabaja honestamente y se porta bien, lo más seguro es que pierda su empleo, lo arruinen los impuestos y lo despoje la inmoralidad. Si secuestra, mata, hace liga con el narcotráfico y destruye a bombazos la riqueza del país, se vuelve el interlocutor privilegiado del Presidente y le enciman, de ñapa, una porción sustancial del territorio nacional. En Colombia el delito paga, y paga muy bien. En esas condiciones, al remedio no hay que buscarlo en el código genético sino en el Código Penal.

Pero no solo es la ley penal la que se infringe hoy con impunidad. También la ley social. Aquí hemos pasado en pocos años de la pobreza a la miseria y de la miseria al hambre en medio de la más cínica insensibilidad y hasta con el descarado estímulo oficial. Mientras especuladores, avivatos y asesinos se apropian de todo gracias a su rapacidad, son millones los colombianos que no tienen en dónde vivir ni qué comer. La riqueza se concentra y la pobreza se extiende, sin que las reformas que remedien ese desequilibrio se hayan empezado a estudiar. La disculpa del Gobierno parece ser la de que todavía no tiene el visto bueno del Caguán.

No será, pues, una ardua transfiguración genética la que nos pueda salvar. No es en los laboratorios en donde está la cura sino en la autoridad. La que recomponga el orden público pero también el orden social. Una autoridad que no convierta a la macroeconomía en coartada para la indiferencia ni a la paz en pretexto para la debilidad.

En el foro de Anif, Horacio Serpa y Alvaro Uribe hablaron, precisamente, sobre el futuro del país. Leí el discurso de Serpa, excelente, y del de Uribe me han hablado muy bien. El uno planteó una política de paz con énfasis en el orden y el otro una política de orden con énfasis en lo social. Se complementan a la perfección. Y si los dos jefes liberales se mantienen amigos y unidos, nos pueden salvar. Pero si los intrigantes los dividen, como a Turbay y a Gaitán, no llegará ninguno y será otra vez la catástrofe la que sobrevendrá.

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