A ORILLAS DEL RÍO

A ORILLAS DEL RÍO

Hasta de nombre ha cambiado con el paso del tiempo. El que se llamó río Funza y que hoy se conoce como Bogotá, se ha transformado completamente desde que los españoles al mando del Adelantado Gonzalo Jiménez de Quesada lo avistaron por allá en el siglo XVI.

21 de septiembre 1997 , 12:00 a.m.

De los capitanes y cangrejos que hasta hace unos 50 años se pescaban a lo largo de los 375 kilómetros del río, ya no queda nada y las garzas migratorias se marcharon hace tiempo para no volver. Solo las truchas sobreviven a pocos kilómetros del nacimiento del río, en el páramo de Gachaneque.

La transformación del caudal limpio que era el río comenzó en la Colonia pues allí se arrojaban los restos de oro biche (oro falso), según el historiador Guillermo Hernández de Alba. Ya en el siglo XIX, los ríos San Francisco, que hoy corre debajo de la avenida Jiménez, y San Agustín eran los depositarios de toda la basura de la ciudad y que finalmente pasaba al Bogotá.

Ambos ríos forman las alcantarillas mayores que reciben tanto las cantidades de inmundicias traídas por los caños que en ellos desembocan como también aquellas que directamente van botándose , describe el viajero Alfred Hettner en su Viaje por los Andes Colombianos.

Actualmente, el río Bogotá recibe 14,4 metros cúbicos por segundo de aguas residuales. El río Juan Amarillo le descarga 123 toneladas de desechos cada día; el río Fucha, 590 toneladas y el río Tunjuelo, 616 toneladas, según un estudio de la Sociedad Geográfica de Colombia de 1996.

Además, cada día vierte al Magdalena 79 kilos de cromo, 79 kilos de plomo, 20,4 toneladas de hierro, 5,2 toneladas de detergentes y 1.473 toneladas de sólidos en suspensión, según el perfil ambiental de la ciudad realizado el año pasado por la Corporación Misión Siglo XXI.

Este envenenamiento del río ha causado impacto en la fauna, en los cultivos que se riegan con sus aguas, en la salud de los pobladores ribereños, en las infraestructuras de suministro de agua potable y en la destrucción de ecosistemas relacionados con él. Se estima que el valor monetizable de esos impactos es 6,27 millones de dólares anuales (algo más de 6 mil millones de pesos), según el estudio de la corporación.

Cuatro vecinos del río cuentan cómo lo conocieron y cómo han sido testigos de su descomposición.

El hombre agua Cuando navega, Miguel Castillo es agua que se hermana con el río. Y cuando está en tierra es nostalgia y ausencia de agua. Por eso, hace tres años, cuando tenía 27, hizo una canoa estilo canadiense y navegó en el río que tenía más cerca de Suba, donde siempre ha vivido.

Sin importarle la contaminación del río Bogotá, recorrió varias veces el trayecto entre Cota y Chía. Varias veces se cayó y finalmente dejó de navegar porque el río se llenó de buchón y porque había que buscar de qué vivir.

Hace unos meses, cuando supo que un grupo de personas estaba organizando una expedición por el río, sintió muy fuerte el llamado del agua y sin dudarlo, pidió permiso en su trabajo para participar en la aventura de conocer el río Bogotá desde su nacimiento hasta su desembocadura.

Con la experiencia que le da su paso por la Marina y el recuerdo de sus recorridos por los ríos Putumayo y Amazonas, Miguel se embarcó el pasado miércoles en Chocontá. Sabía que había rápidos en el cañón de Suesca y eso era lo que más lo entusiasmaba.

A las 10:15 de ese día zarpó en su canoa, recién pintada para la ocasión, y su espíritu de navegante renació. Nada más salir, Miguel se cayó. Con paciencia achicó la canoa, recuperó los remos y siguió.

Pero la corriente del río lo tumbó una y otra vez, arrastró los remos y, finalmente, se llevó su canoa y la estrelló contra unos troncos. Ayudado por Miguel Gil, compañero de navegación, intentó rescatarla pero la corriente fue más fuerte.

La canoa blanca, partida en dos, quedó allí, en medio del río, arrullada por sauces y eucaliptos y Miguel pasó a otro bote en el que solitario pasó la caída más difícil y peligrosa, unos 2 kilómetros antes de Suesca.

Para Miguel, este viaje no es solo una aventura en el agua. Es volver a su condición de amante del agua. De amante de ese río en movimiento que lo llama una y otra vez y al que ama tanto que está dispuesto a navegarlo aunque pueda intoxicarse por el veneno que contiene.

Una caminata con Vidal Su vida es caminar. Desde que se levanta a las 4 y media de la mañana hasta las 10 u 11 de la noche que se acuesta, Vidal León González recorre lo que ha sido su casa desde que nació, hace 46 años: el páramo de Gachaneque.

El, guardabosques de la CAR, es de los pocos que todos los días ve al río Bogotá limpio pues es en ese páramo donde nace. Además, conoce las historias de encantos de la Laguna del Valle y la Laguna del Mapa cuyos nacimientos de agua van formando el río que luego pasa por el municipio de Villapinzón y empieza a bajar hacia la Sabana.

Estas lagunas son muy encantadas. La gente veía totumos bailar, toros y matrimonios acostados entre el frailejón asoleándose. En esa isla, con su bastón señala hacia un extremo de la Laguna del Valle, está escondido un venado de oro que unos cazadores perseguían .

Mientras camina, susurra canciones y nombra cada planta que ve. Este es el guayabo o charne que es rojo como yo. El coral de monte lo toman para aliviar el corazón y el giche (quiche) siempre calma la sed .

Del páramo le gustan la soledad, el silencio y los animales que todavía existen: tinajos, guaguas, armadillos y torcazas. Hace 15 años, un señor Barrero mató al último oso de anteojos y las nutrias se acabaron hace mucho. Todavía quedan unas pocas truchas que se esconden cuando lo sienten a uno .

Ya con más confianza, la que da caminar dos horas con la misma persona al lado, Vidal cuenta que la naturaleza le habla. Recoge una botella que alguien tiró sobre la colcha de musgo que es el piso y se entristece al pensar que eso es frecuente en esos parajes.

Hay mucha gente descuidada, a la que no le importa que el páramo se acabe y se deforeste. Ahora no es ni la sombra de lo que yo lo conocí. Hace unos años estaba todo quemado y talado y se acabaron los bosques. Quedan pocos frailejones viejos .

Al encontrar un musgo rojo del que escurre agua, Vidal habla muy pasito, como si hablara solo para él y se le escucha como un lamento o una esperanza: Esta es mi alma, el alma de la Sabana que corre desde aquí .

Un viejo amigo del cauce Caminando a tientas porque es un poco ciego, guiado por un viejo palo que le sirve de bastón y seguido por un perro, aparece de pronto en la ribera del río Claudino Castillo.

Su ruana sucia se confunde con los troncos oscuros de los eucaliptos y sus pasos son tan quedos que no se siente a qué horas se acerca. Solo cuando habla y se le mira con detenimiento se le notan sus 83 años, vividos siempre cerca al río Bogotá en el municipio de Chocontá.

Hace una pausa para hablar y contar su historia. Apoya el bastón en el fango verdoso de la orilla del río y Bonito se echa junto a sus pies, guardados en unos zapatos que hace mucho fueron nuevos.

Pues a mí lo que me gusta es caminar por entre los sauces y cuidar animales. Claro que de joven trabajé en las minas de carbón y trayendo los animales a beber en el río. Era limpiecito y uno comía un pescado pequeño que llamaban capitán .

Se queda en silencio un rato y retoma la charla para hablar de su esposa. Llamaba Marcelina Ramos y hubo nueve hijos. Claro que dos murieron pequeños. Ahora solo me acompaña Bonito y quiero llevarlo a Chiquinquirá a pasear .

Se vuelve a perder en sus recuerdos como si siguiera los meandros que antes formaba el río y el canto de un pájaro lo vuelve a traer.

Antes este río era más ancho y formaba brazos por varias partes. Pero desde que echaron la carretera lo taparon con tierra y quedó más angosto y más bajito. Las crecientes de antes tapaban todo esto y señala el lugar de la vereda Santa Rosita en el que estamos conversando.

La algarabía de los niños de la escuela de la vereda lo pone alegre y le hace olvidar de qué está hablando. Dice adiós con la mano derecha mientras con el bastón en la izquierda va buscando camino. Bonito se para enseguida para seguir a su amo y los dos se alejan despacio por la orilla del río.

No sabemos hacer más Nunca ha visto el río limpio. Sabe que con su trabajo ayuda a ensuciarlo y siente algo de lástima pues siempre han sido vecinos.

Es Pablo López, que tiene un pequeño negocio de curtiembres entre dos orillas: la del río Bogotá y la de la carretera que va desde la capital hasta Villapinzón.

Es que no sabemos hacer nada más. Yo aprendí a curtir desde pequeño porque mi papá y el papá de él trabajaron siempre en lo mismo. Desde que yo conozco, el proceso no ha cambiado. Siempre se le echa sulfuro y cal al cuero para quitarle el pelo. Dura como ocho días en el sulfuro. Después eso va a parar al río .

Eso a lo que se refiere Pablo es un líquido verdoso y espeso cuyo fuerte olor se queda impregnado en la nariz y que parece pasar a la garganta.

En su curtiembre, este hombre de 22 años, tiene un tanque para el sulfuro y un tambor. Por aquí en todas las casas hay por lo menos un tambor. Todos vivimos de esto y con esto nos criaron. Al tambor le echamos un químico (cromo) y después el resto va al río.

Cuando los cueros ya están sin pelo y blanqueados los colgamos al sol unos ocho o quince días para que se sequen .

Claro que no en todas las 138 curtiembres que hay en Villapinzón el procedimiento es el mismo que usa Pablo. Algunas están muy tecnificadas y tienen máquinas dividoras y secadoras. Las primeras sacan cueros de diferentes calibres y las otras secan varios cueros al mismo tiempo y en pocas horas, según cuenta Arturo Torres.

De los 50 años de Arturo, la mayoría los ha dedicado a las curtiembres. Todavía recuerda que todo se curtía a mano y para quitarle el pelo al cuero se echaba a un pozo con sal y se sacudía cada tres días.

Después de dejarlo limpio de pelo, se cosía como un zurrón, se llenaba de agua y se le echaba la cáscara molida del encenillo. A los tres días se le cambiaba el agua, se le sacaba el agua roja del encenillo y el cuero se ponía amarillo.

No se usaba cromo ni mercurio. Ahora las máquinas sí lo usan. Pero hace como 15 años que se dejó de hacer así porque se demoraba mucho , recuerda Arturo mientras se acomoda la ruana pues el frío le está pegando duro.

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