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LLUVIA DE FLORES DESPIDIÓ A OROMACIO

LLUVIA DE FLORES DESPIDIÓ A OROMACIO

Una mañana Oromacio Ibáñez Suárez despertó feliz porque la noche anterior había tenido un sueño tan hermoso que tuvo de contárselo a su esposa Leida Teresa Vuelvas. Le dijo que de un instante a otro se había encontrado allí, solo, en la mitad de un gran lago de aguas cristalinas y peces dorados muy pequeños que se escapaban a través de sus dedos, cuando intentaba cogerlos.

Por: REDACCIÓN EL TIEMPO
22 de septiembre 1990 , 12:00 a. m.

También le contó que cuando lograba tener algunos en sus manos, esos peces, con ojitos muy pequeños, saltaban y regresaban nuevamente al fondo del lago. De pronto, súbitamente despertó.

Ese hermoso sueño era como una de esas ilusiones que se atravesaban siempre en su mente y permanecían allí, varios días. Como el de terminar la construcción de su casa en el barrio Delicias, en las goteras de Bogotá para dejar de ser un inquilino.

No lo logró, porque el miércoles a las 7:30 de la noche en la esquina de la calle 79 con carrera 64, tres disparos segaron sus 38 años y acabaron con sus ilusiones.

Esa día Oromacio estaba triste. Su esposa Leida Teresa cuenta que su rostro reflejaba una extraña nostalgia que ella aún hoy no puede explicar. Antes de partir a su trabajo permaneció con su mirada fija en la pantalla del televisor.

Leida dice que otras veces se detenía a recordar cosas, historias o anécdotas que enseguida le contaba. Entonces relataba, por ejemplo, su vida detrás de ese camión 600 que le permitió conocer los rincones del país.

Cuando rememoraba aquellas épocas de viajero narraba a su esposa las historias de las 12, 24 y 36 horas que permanecía atento al volante de un viejo Ford en el que viajaba de Bogotá a cualquier ciudad de Colombia.

Le relataba que una vez, vencido por el cansancio y el sueño, se durmió con el volante en sus manos y despertó cinco segundos después cuando el automotor había disminuido la marcha y trató de apagarse.

Es que Oromacio, muerto por un asesino desconocido la noche del miércoles pasado, había nacido para estar detrás de un volante.

A veces soñaba con volver a encontrar a ese grupo de 15 hombres con los que una vez se vino, uno tras otro, desde la Costa Atlántica en un viaje que tardó más de una semana.

Tal vez eso era lo que recordaba ese miércoles a las 5:30 de la tarde poco antes de salir a cumplir con su deber. Entonces despertó de sus recuerdos y fue hasta el lugar donde se hallaba su pequeña Angélica y su hijo Jaime y les dio un beso.

También lo hizo con Leida Teresa, la mujer de Ovejas (Sucre) que conoció hace once años cuando una prima lo relacionó con ella y él decidió compartirle todas sus ilusiones.

El miércoles fatal eran las 6:30 de la tarde. Entonces Oromacio Ibáñez le dijo a Leida Teresa: Chao, nos vemos , y se perdió por una calle solitaria del barrio Delicias. Su esposa le siguió los pasos y salió cinco minutos después a cumplir una cita médica en un centro asistencial del barrio.

Una hora después, exactamente a las 7:30, cuando Leida regresó y atravesó la puerta de su casa el teléfono repicó. Oromacio había caído muerto en el interior de un blindado rojo por las balas disparadas por un desconocido que acabó con sus sueños...

Ayer, después de una pertinaz lluvia, Oromacio fue llevado por sus compañeros hasta una fosa situada muy cerca al Monumento al Libro del cementerio El Apogeo.

Cerca de quinientas personas entre amigos, familiares y compañeros condujeron su cuerpo hasta el camposanto. Entonces alguien sacó una trompeta y entonó una triste melodía al compañero que se fue.

Después, a las 4:45 de la tarde, Oromacio fue sepultado en medio del llanto de Leida Teresa y sus dos pequeños hijos bajo una lluvia de claveles rojos y blancos...

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