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LITERALUDICA

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Luna llena Observar atentamente las portadas de los libros que por primera vez llegan a nuestros ojos, es uno de los grandes deleites que nos proporciona el placer de leer. Adivinar qué tanto tiene que ver esa puerta principal del texto con sus zaguanes, portones, trasportones, moradas, recovecos y patios interiores. A veces, la carátula es el espejo del alma del libro; otras, un maquillaje, casi siempre un muro. Y pocas veces hallamos armonía entre el rostro y las entrañas de los textos.

Por: REDACCIÓN EL TIEMPO
21 de septiembre 1997 , 12:00 a. m.

En el caso de Plenilunio, la última novela del español Antonio Muñoz Molina, se cumple poéticamente tal simbiosis: El coloso, de Goya, triste, solo, iluminado por la luna llena, busca en alguna parte del infinito una respuesta. La pregunta está en los ojos. Allí también el miedo y la desesperanza, las claves y los símbolos que empujan y cercan toda búsqueda y nutren toda espera. Y ese mismo es, por dentro, el hálito que se aviva en cada una de las 485 páginas que el oficio, la imaginación y el talento de Muñoz Molina, el mejor escritor joven y vivo ( apenas cuarentón!) de España, acaba de entregarnos a sus devotos lectores, agradecidos y admirados por su Jinete polaco y por sus ya numerosas otras obras, que no sólo le han merecido premios y honores de papel sino aplausos y afectos tan disímiles como sinceros de ese universo que ningún escritor conocerá jamás: los lectores anónimos.

Plenilunio es una novela de inolvidables personajes donde el gran personaje son los ojos, la mirada, el manido pero innegable espejo del alma ( Cristo supo que Judas era el traidor nada más que mirándolo ) y la solución al misterio de las almas que no se reflejan en los espejos ( Pero él actuaba con ventaja. Ustedes dicen que era Dios ). Una novela que en la lúdica de la lectura tuve que relacionar todo el tiempo con el infortunado Alas Biddlebaum de Winesburgo, Ohio, aquel cuento de Sherwood Anderson donde las manos protagonizan la historia como aquí la abstracción del Coloso y las miradas de todo el mundo: el inspector y el asesino innominados, las mujeres que cierran los ojos ante la apabullante realidad, las que cuentan cuentos de indios canadienses que después de mucho correr por la tierra se detienen a descansar para que sus almas, mucho más lentas que sus cuerpos, los alcancen; las víctimas que miran entre la vigilia y el sueño; nosotros, los lectores, que entramos en la ficción y también corremos a pararnos frente al espejo para cerciorarnos de si la muerte está más allá o más acá. Si no se cansa de habitarnos. ( Unos ojos que en este mismo instante miran en algún lugar de la ciudad, normales, serenos, como los ojos de cualquiera ).

En esta novela se trata de buscar un rostro, unos ojos que descifren el enigma de un infanticidio tan espantoso que parece inspirado en la realidad colombiana. Pero no: es una novela, y yo aconsejo no compararla con la vida real. Además, no es usual que el trajinar de cada día nos deje espacios tan inmensos para reconocer la ternura, la solidaridad, el lenguaje de los ojos y de las manos, aún en medio del miedo y la desesperanza. Aconsejo leerla en noches de luna llena. Y mirar muchas veces la portada. El coloso de Goya en Plenilunio.

------- -Antonio Muñoz

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