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TRES NOCHES DE FUEGO

TRES NOCHES DE FUEGO

Nace en el monte como una simple y lejana colomna de humo. Se alcanza a ver desde la plaza central de Villa de Leiva, donde hierve el mercado semanal al mediodía del sábado. No ha llovido en cinco meses. El viento golpea ruanas y arrastra los sombreros de los campesinos dedicados a regatear cebollas, papas, gallinas y frutas. Salvo un puñado de personas, nadie advierte el peligro. En la base de la ladera oriental, el fuego, como una entidad, cumple velozmente su ciclo vital: nace, crece, se reproduce, se alimenta voraz de viento y bosque seco e, inclusive, desarrolla un cierto instinto de conservación. Para defenderse de la extinción, se multiplica en poder y violencia.

Por: REDACCIÓN EL TIEMPO
22 de septiembre 1990 , 12:00 a. m.

Cae la noche y las llamas han trepado los cerros nororientales, han calcinado el bosque. Han despertado el pánico de los habitantes del municipio boyacense y sus veredas. Han puesto en alerta a Chíqueza, Arcabuco, fincas ganaderas, casas de recreo y turistas.

Los animales perciben instintivamente el peligro y corren despavoridos. Huyen en desbandada venados, comadrejas, zorros, armadillos, ardillas, culebras cascabel, chuchas, ratones silvestres....

Nidos de una nutrida avifauna se calcinan en las llamas mientras en el cielo teñido de humo revolotean águilas reales, torcazas, perdices, pavas de monte, chilongos o chirlobiros, colibríes, mirlas, azulejos, tominejos y buhos...

Pasarán generaciones antes de que el pueblo olvide la noche del 15 de septiembre y vuelva a ver repobladas, al menos parcialmente, cerca de mil hectáreas de bosque nativo que ardieron durante cuatro días. Machete contra fuego El bosque seco montano bajo, que conforma un microclima especial en Villa de Leiva con un bajísimo nivel de precipitación de lluvias (cerca de 900 milímetros por hectárea), arde entre la noche del sábado y la del martes. Miles de años de evolución se consumen junto con valiosas especies nativas de lento crecimiento: bosques de robles, encenillos, gaques, tunos, pegamoscas, esmeraldos, hayuelos, tobos, cardones y frailejones...

Más de 400 hombres y muchachos, encabezados por el alcalde José Soares, combaten con métodos manuales la gigantesca conflagración. Se arman de machetes y motosierras para abrir brechas de dos o tres metros de ancho con la intención de bloquear el paso del fuego. Sus esfuerzos cada vez son más infructuosos.

Tiznados de pies a cabeza y protegidos tan sólo por pañuelos, se enfrentan al fuego con machetes como quijotes contra molinos de viento. Y el viento, justamente, es su enemigo principal al aliarse con las llamas que en su punto máximo adquieren una altura superior a los veinte metros.

Ciento cincuenta mil pinos, sembrados por particulares en la ladera, se consumen como gasolina en menos de un cuarto de hora. Tres casas de ladrillo vecinas del sector por fortuna no sufren daño, como tampoco dos conejitos aterrorizados que habitaban en una de ellas.

El viento levantaba llamaradas y hacía remolinos que avivaban el incendio. Los quiches o bromelias (plantas epífitas que se alojan en los árboles y almacenan agua) explotaban como bombas molotov. Aún no sabemos por qué, pero estallaban y salían disparadas como veinte o treinta kilómetros más adelante, donde se creaba un nuevo incendio. Los cardones se prendían y rodaban la pendiente como bolas de fuego. El helecho seco se derretía en segundos y la ventisca subía la llamarada y nos encerraba en anillos de candela. .

Extenuados y aterrados, narran así su experiencia nativos de la zona e inspectores del Inderena, Alvaro Hernández, Obdulio Renía y Pedro José Reyna. Con ellos, luchó hombro a hombro un ejército de voluntarios, 230 soldados, 150 policías, miembros de la Defensa Civil, Cruz Roja, la Oficina Nacional de Prevención de Desastres de la Presidencia, bomberos de Bogotá, Tunja y Duitama, y muchahos de Villa de Leiva. La solidaridad local y nacional fue apabullante , dice el alcalde.

El incendio paró porque quiso. O porque Dios se lo impidió , comenta con ojos húmedos Héctor Julio Pesca, gerente de la Empresa de Servicios Públicos. Después de calcinar la loma donde anidan las águilas reales, especie amenazada de extinción, llegó a una cañada por donde pasa el río Cane y allí se apagó. Racionamiento de agua Fácilmente, la tragedia pudo multiplicarse al alcanzar a Villa de Leiva, que por sus construcciones en madera, es una verdadera bomba de tiempo. También pudo haber pasado la cañada y consumir para siempre el Santuario Nacional de Fauna y Flora de Iguaque. Este fue afectado en un 15 por ciento, según Jorge Leiva, director de la reserva y funcionario del Inderena.

Según el alcalde, la operación costó al municipio casi 15 millones de pesos, y aunque no hubo víctimas humanas, las pérdidas son incalculables en el Santuario de Fauna y Flora de Iguaque y alterarán todos los ecosistemas de la región. Y en breve, habrá racionamiento de agua, ya que seis microcuencas que abastecen parte del acueducto hoy son cenizas.

El acueducto, según Pesca, se surte del canal de los españoles que se alimenta de las aguas que nacían en las microcuencas destruídas, y del río Cane, que nace en el Santuario. El incendio afectó ocho kilómetros de los 12 que conducen el agua entre el río y los tanques.

No sabemos si es peor que llueva y se calmen los focos de incendio, o que continúe el verano. En la primera lluvia, las cenizas de las montañas caerán a las tomas del acueducto y contaminarán el agua , advierten Pesca y Díaz.

Los funcionarios urgieron la intervención del Instituto de Aguas de Boyacá para que colabore en la ampliación, construcción de canales cerrados y adecuación del acueducto. Recomiendan a los usuarios filtrar y hervir el agua de consumo.

Para repoblar los bosques se requiere, según el director del Santuario, un esfuerzo inter-institucional que evalue detalladamente el daño ecológico. Elabore un plan de manejo para rehabilitar la zona afectada. Construya una especie de terrazas o escalonamientos en las montañas para evitar la erosión y contener la caída de cenizas al agua. Reforeste con especies nativas las lomas destruidas.

Ni nosotros ni nuestros hijos veremos nuevamente repobladas estas montañas que tardarán más de setenta años en contar con retoños verdes , dice Díaz. Ni Villa de Leiva ni Colombia está preparada para estas tragedias, que empiezan como casi todas: como una simple y lejana columna de humo .

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