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VIAJE A LO IMPOSIBLE

VIAJE A LO IMPOSIBLE

Siempre ha querido pintar el mismo cuadro. Y siempre ha dicho lo mismo sobre los que hace: que no son todavía lo que quiere. Que el cuadro que tiene en la cabeza está por pintar. Que... Esta vez no escapó a ese círculo vicioso. Ni siquiera por haberse impuesto un gran reto: pintar su cuadro más grande en un sitio que le auguraba emociones fuertes por haber sido sede de una antigua iglesia. Falsa alarma. El sitio es muy profano y Caballero no puede decir, hay que entenderlo, que es el cuadro ideal: tendría que parar de pintar.

Por: REDACCIÓN EL TIEMPO
22 de septiembre 1990 , 12:00 a. m.

No me quedó tan bueno como lo deseé. En buena parte porque tuve problemas técnicos. La tela quedó mal preparada y el carboncillo no agarraba. Cada vez que lo echaba tocaba fijarlo antes de seguir. Claro que son problemas con los que hay que contar.

Me di cuenta además de que tengo tendencia a perderme en los detalles y de que así le voy quitando fuerza a la obra. Un cuadro tan grande hay que verlo precisamente de manera global. La idea primera era diferente pero tampoco me avergenzo del resultado final. Para que quedara como quería hubiera tocado trabajarlo más. No, lo mejor hubiera sido volverlo a empezar .

El reto era calculado porque Luis Caballero no es de un lanzado apabullante. El reconoce que, en esos casos, camina por el sendero de la prudencia. Por ello hizo un ensayo el año pasado sobre tela y en carboncillo que presentó en el Salón Nacional. Y coleccionó un buen número de bocetos. Caballero sabía lo que iba a hacer. Pero pasar de dibujos diminutos a una obra de seis metros por seis metros...

Aprendí mucho, sobre todo de espacios y composición. Cosas de las que no me doy cuenta al estar trabajando en formatos más pequeños. No era simplemente agrandar. Matisse decía que no es lo mismo un centímetro cuadrado de azul que un metro de azul. Como el espacio que quedaba en el medio era demasiado grande, le adjunté la figura que está en la izquierda y que no estaba programada. Ahora creo que si hubiera improvisado ese cuadro, me hubiera quedado mucho mejor .

No es la única contradicción en la que vive Caballero. Este cuadro le servía igualmente para verse actuar. Durante 15 días vivió en un enorme grado de exaltación y de disyuntiva: alcanzaría? Fracasaría? Una a una fue sumando sus ventajas: una técnica que domina. Y una experiencia que nutre cada día: dibuja sin cese. Pero tiene un enemigo: su excesivo celo, su incapacidad de ponerle fin rápidamente a una obra.

Siempre me ha gustado trabajar de prisa y obligado, porque así creo que lo hago mejor. La cabeza y la mano van mucho más rápido. Cuando tengo un tiempo indefinido, mis obras no tienen ese carácter suelto y espontáneo. Esta vez me he dado cuenta de que mis mejores cosas son las más espontáneas y que el puritanismo me impulsa a terminar más las cosas aunque sepa que así las estoy dañando.

Creo que la relación con la obra va a ser más espontánea. No voy a cambiar de un solo golpe. Necesito convencerme de que soy mejor siendo más directo, más espontáneo .

Eso tiene sus implicaciones en las imágenes que Caballero quiere crear. Para ser menos literario? Sobre todo para ser más ambiguo. En el fondo, trabaja como si buscara que el espectador no comprendiera, de un golpe de ojo, qué hacen ni cómo son.

Quisiera que el cuadro funcionara como manchas abstractas y como imagen figurativa. Que a veces sea una y a veces la otra. Que la primera visión fuera de manchas y formas vagas que, poco a poco, fueran apareciendo .

Es un deseo que Caballero plasmó sobre todo en sus bocetos; algunos admirablemente bellos. En ese sentido, el pintor bogotano también innovó: está exponiendo algunos de los que hizo en función del cuadro. Las masas las trabajó en aguadas; los detalles en lápiz, carboncillo o plumilla.

En los bocetos siempre he sido muy espontáneo, muy suelto. Pero no los muestro porque siempre los destruyo. Esta vez los dejé colgar no porque estén bien sino porque quiero mostrar el proceso. De esos algunos se pueden salvar como obras; muy pocos. De lo que estoy seguro es que voy a seguir haciendo dibujos grandes en carboncillo. Mientras trabajé vi muchos cuadros que quiero hacer en la misma técnica.

Por qué un cuadro tan negro? Lo quería inclusive más negro. Cuando se trabaja con carboncillo lo normal es insistir y buscar esos negros bellos y profundos .

A la gente hay que creerle, dicen por ahí. Y Caballero jura que en esta experiencia, que está dispuesto a repetir, tuvo una cuota desagradable: el lado público, pues la gente pudo seguir día a día la evolución del cuadro.

Que quede claro que pinté solo, sin público. Esa parte espectacular me molestó porque la gente va a tener la impresión de que soy un payaso o un pintor de vanguardia que hace experiencias. No soy ni lo uno ni lo otro. Lo pinté de esa manera porque no tenía otro espacio tan inmenso y porque la galería no la podían cerrar durante 15 días .

Realmente le disgustó? A Luis Caballero, por todas esas complicidades que esconde, hay que creerle siempre. Pero con beneficio de inventario.

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