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TRAFFIC

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El presidente Pastrana le dijo a un periodista del Washington Post que tiene mucho interés de ver la película Traffic. Ojalá lo haga antes de ver a Bush. Ella, en palabras de un antiguo zar de las drogas, captura la desesperanza y la tragedia de la adicción, y los peligros inherentes a combatir un mal ético y legal de una manera directa y convincente .

Por: REDACCIÓN EL TIEMPO
23 de febrero 2001 , 12:00 a. m.

El presidente Pastrana le dijo a un periodista del Washington Post que tiene mucho interés de ver la película Traffic. Ojalá lo haga antes de ver a Bush. Ella, en palabras de un antiguo zar de las drogas, "captura la desesperanza y la tragedia de la adicción, y los peligros inherentes a combatir un mal ético y legal de una manera directa y convincente".

Cuenta varias historias: la del zar de las drogas mexicano vendido a un cartel en Tijuana, la de un policía mexicano "bueno" que exige en lugar de mordida que la DEA le construya un parque a los niños de la ciudad; la de un ama de casa de San Diego que llega del Country Club para descubrir que ha estado casada con un Pablo Escobar gringo que ha sido aprehendido por la policía. El choque moral no le dura ni le impide ponerse al frente del negocio y mandar a matar al testigo para que el marido pueda salir libre y ella recuperar sus amistades de buena sociedad y su nivel de ingresos.

El personaje central es un juez, interpretado por Michael Douglas, quien es designado zar de las drogas y se pasa varias semanas antes de posesionase entendiendo cómo es de inefectiva la represión del tráfico de drogas, al tiempo que descubre que su hija es una adicta y trata de lidiar con ese problema. Al final, cuando va a dar su discurso de posesión ante la prensa en la Casa Blanca, el nuevo zar se da cuenta de la futilidad del discurso y de todo el esfuerzo, bota la toalla desde el podio mismo y se va a casa a ayudar en el tratamiento y rehabilitación de la hija.

Es una historia de violencia, corrupción y un cierto espíritu de lucha de las organizaciones que combaten el tráfico, que tienen que vérselas con una avalancha incontenible de droga, representada por las interminables colas de vehículos que esperan cruzar la frontera de Estados Unidos con México, y con una tremenda laxitud e indiferencia de la sociedad frente al problema.

El mensaje de la película no es, como dice María Isabel Rueda que lo mejor no es hacer nada, sino que lo que se está haciendo es equivocado, que el énfasis de la política antidroga no debe ser exclusivamente la represión de la oferta, sino que se debe concentrar en desestimular el consumo, y tratar a los adictos. El guionista de la película es un adicto rehabilitado que dice que escribió el guión, entre otras cosas, para salvarle la vida a un amigo dominado por la heroína.

El debate moral que ella ha desatado en Estados Unidos es maniqueo, como lo son la mayoría de estos debates: unos dicen que lo indicado es exclusivamente darles tratamiento a los adictos y abandonar la represión, y otros que lo que hay que hacer es la guerra contra el narcotráfico y meter a los adictos a la cárcel (siempre y cuando no sean famosos o de buena familia).

Ese debate no conduce a una solución porque ella requiere que se combinen las dos estrategias, no que se presenten como alternativas irreconciliables, pero en la medida en que la opinión pública estadounidense principie a pedir otras estrategias para combatir la droga distintas a fumigar los campos de las naciones andinas o a meter negros e hispanos a la cárcel, se crea un espacio político para introducir nuevas políticas de control de la demanda que son las que pueden ponerle fin a la pesadilla.

Si la sociedad estadounidense pusiera en desestimular el consumo de droga el mismo empeño que ha puesto en erradicar exitosamente el cigarrillo, a la vuelta de unos años se tendrían resultados que nunca se van a alcanzar con la estrategia actual. A Colombia le conviene mucho este debate y tiene un papel activo que jugar, que es distinto a lamentarse y alarmarse de que estas nuevas opciones de política se estén abriendo paso. Por defender el Plan Colombia no podemos perder la oportunidad de proponer que el mundo y Estados Unidos, en especial, asuman plenamente su responsabilidad como generadores del problema y se embarquen en estrategias que ayuden a reducir la demanda y a combatir a las mafias gringas.

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