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TROPEL POR VER A SARAMAGO

TROPEL POR VER A SARAMAGO

En el escenario, el Nobel de Literatura 1998, el portugués José Saramago, hablaba de democracia mientras, a la entrada del teatro, centenares de personas que habían llegado tarde, desesperadas bajo la llovizna vespertina, les daban golpes a las puertas y gritaban: Déjennos entrar! La presentación de Saramago, el jueves a las 8 de la noche en el teatro Jorge Eliécer Gaitán de Bogotá, fue un hecho sin precedentes en Colombia.

Por: REDACCIÓN EL TIEMPO
24 de febrero 2001 , 12:00 a. m.

En el escenario, el Nobel de Literatura 1998, el portugués José Saramago, hablaba de democracia mientras, a la entrada del teatro, centenares de personas que habían llegado tarde, desesperadas bajo la llovizna vespertina, les daban golpes a las puertas y gritaban: Déjennos entrar!.

La presentación de Saramago, el jueves a las 8 de la noche en el teatro Jorge Eliécer Gaitán de Bogotá, fue un hecho sin precedentes en Colombia.

La editorial Alfaguara, que trajo al escritor para el lanzamiento de su nueva novela, La caverna, había distribuido por correo y en facultades de literatura de universidad 2.000 tarjetas de invitación, previendo que el teatro tiene un cupo de 1.750 sillas y casi siempre hay un margen de personas que no asisten. Todos los cálculos fueron rebasados. Un funcionario del teatro calcula que se quedaron por lo menos 700 personas por fuera.

Políticos, miembros del cuerpo diplomático, encopetados funcionarios, y hasta la ex canciller María Emma Mejía no pudieron entrar. Los funcionarios del teatro trataron de explicarles que el teatro estaba a reventar, pero nadie quiso entender.

Dentro del teatro, el público estudiantes, empleados, profesores de literatura, lectores de las novelas de José Saramago, intelectuales y encopetados funcionarios , estaba literalmente encantado por la labia magistral del narrador.

El periodista Germán Castro Caycedo, luego de un sesudo análisis de la nueva novela de Saramago, La caverna, había hecho una única pregunta que Saramago respondió en su tono apacible, con su acento salpicado de la fonética portuguesa, y que prontamente dejó de lado para lanzarse a hora y media de consideraciones acerca de los extremos de inhumanidad e insolidaridad a que nos tiene abocados el proceso de globalización.

El escritor no desaprovechó la oportunidad de difundir sus convicciones de marxista veterano ante semejante auditorio. Con gran sentido del humor, Saramago se explayó en anécdotas de gran ironía acerca de la alienación que producen el capitalismo, las multinacionales, el mundo virtual, los centros comerciales y todo lo que caracteriza la contemporaneidad.

Contó ejemplos extremos de esta situación. Dijo que hace poco leyó en un diario es pañol la noticia de una mujer que pidió, ante la llegada de la muerte, que sus cenizas fueran esparcidas en un centro comercial, puesto que era allí donde había pasado los mejores momentos de su vida. La fanaticada marxista no ocultó su presencia. Afortunadamente Saramago no estornudó, porque también habrían aplaudido sus estornudos.

Alguien del público interrumpió a Saramago con un grito solidario: Dejen entrar a los que se quedaron por fuera! El escritor no entendió y le explicaron qué pasaba. Pues que entren! , dijo, con la mayor naturalidad.

La inquietud era del público, pues desde afuera, hacía rato, se había comenzado a oír de manera confusa una especie alboroto y golpes a las puertas de bronce. Solo quienes se encontraban en la parte posterior del teatro no había podido oír a cabalidad la intervención del escritor.

A estas alturas, Castro Caycedo, a quien habían invitado para que dialogara con el Nobel, ponía caras de infinita desesperación o tedio o impotencia porque Saramago nunca dio lugar al esquema de entrevista.

Lo desechable del mundo.

Nacido en 1922, Saramago es hoy un viejo sabio que teje en su discurso sobre la política y la economía, de manera reposada y sin dubitaciones, las más dispares historias.

Dijo que desde los años 50 la juventud se volvió un valor, y que ser joven no es un sustantivo sino un adjetivo. Que los niños de hoy ya solo ven la realidad virtual; y que realidad virtual es una contradicción. Dijo que hay tantas cosas desechables como personas desechables para el poder.

Contó cómo, cuando era niño, entraba a ver la ópera en gallinero, sin pagar, al teatro San Carlos de Lisboa, y aprendió la lección de su vida. En la parte más alta estaba una corona que desde la platea se veía como algo imponente, brillante y acabado, mientras él, y el público de gallinero, podían conocerla desde atrás: era vacía, tenía telarañas y una que otra colilla de cigarrillo.

Me enseñó que la verdad depende del lugar desde donde se miren las cosas. Cada ser humano tiene una sola parte de la verdad, según su punto de vista . Dijo que eso debería hacernos más humildes y también más recelosos de ciertas verdades ajenas.

La policía llegó a las afueras del teatro y calmó los ánimos. Un tremendo aguacero se desgajó sobre quienes hacían fila en espera de algún prodigio que les permitiera el ingreso. Ni el mismo Saramago sabía que normas oficiales prohíben que, por seguridad, el teatro sea llenado hasta las escalinatas y pasillos.

El público bebía, como hechizado, las palabras del Nobel. Para terminar, vino el episodio de las firmas. La editorial tenía la sana intención de que los ejemplares de la nueva novela que traía el público fueran autografiados por su autor. Saramago apeló, imploró casi, al sentido común de la gente. Con buena suerte y apuro, según sus cuentas, al cabo de tres horas habría firmado algunos 500. Y yo no sé cuántos libros hay aquí .

Comenzó a corear: Que no firme! y Saramago dio las gracias. Pero los encargados no oyeron bien, acomodaron la mesa e invitaron a hacer fila a un lado del escenario. Y hubo más gritos: Que no firme ! Un hombre llegó hasta el escritor y le rogó: Por favor, mi esposa se muere si no le llevo este libro firmado . Saramago dijo, salomónicamente, si firmo uno, firmo todos . Y no firmó.

Al salir, las paredes de la galería El Callejón, contigua al teatro, estaba llena de grafitis: Saramago, te amamos , Que irrespeto, déjennos entrar! , como haciendo eco al título de la novela de Saramago.

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