EL CLAN DE LOS RAMÍREZ

EL CLAN DE LOS RAMÍREZ

De qué Tunjo quiere que le hable? , contestan en Soacha cuando alguien pregunta por los tres hermanos Ramírez Vásquez. Los llaman así, como los caciques indígenas que antaño dominaron el altiplano cundiboyacense, porque ellos han sido dueños y señores de esta población al sur de Bogotá, en los últimos 15 años.

25 de febrero 2001 , 12:00 a.m.

De qué Tunjo quiere que le hable? , contestan en Soacha cuando alguien pregunta por los tres hermanos Ramírez Vásquez. Los llaman así, como los caciques indígenas que antaño dominaron el altiplano cundiboyacense, porque ellos han sido dueños y señores de esta población al sur de Bogotá, en los últimos 15 años.

La historia de los Tunjos se remonta a la década de los 70 cuando otra familia dominaba el escenario político: los Bogotá Chía. Alfredo, el mayor, fue alcalde Soacha entre el 76 y el 78, bajo el padrinazgo de los jefes liberales Julio César Turbay y Julio César Sánchez, mientras que Fulgencio ocupó por varios años una curul en la Cámara de Representantes.

Durante la década larga en que ellos tuvieron las riendas del municipio, se fueron formando a su amparo quienes después se las arrebataron: sus parientes lejanos Fernando, Jaime Alberto y Jorge Ramírez Vásquez, soachunos de nacimiento y los mayores entre los ocho hijos de Eulogio Ramírez, transportador por más de 40 años, y Nohora Vásquez.

Los tres pegaron afiches para los Bogotá hasta cuando Jaime Alberto, el segundo de la familia, decidió lanzarse al ruedo político a finales de los 80. Duró poco, pero sus banderas las recogió Fernando, el mayor. A partir de allí, los Ramírez armaron una empresa electoral, a punta de cuotas burocráticas y conquista de votos con mercados y lechonas. Así lo admiten tanto sus amigos como sus enemigos políticos.

Tunjo 1 y Tunjo 3.

Fernando, de 49 años, economista de la Universidad Externado entró en la política a los 20 años y desde entonces, para su disgusto, lo llaman El Cacique o el Tunjo 1.

Todos recuerdan al hijo mayor de Don Eulogio en un Simca 1.000 anaranjado que debía empujar para que prendiera, recorriendo los barrios en busca de votos, primero bajo la sombrilla de Julio César Sánchez y después bajo la propia: el movimiento Ideas Liberales en Acción.

Fue inicialmente concejal suplente de Alfredo Bogotá y después titular en tres periodos, antes de ser nombrado alcalde de la población en 1987. En el 88, Fernando ganó la alcaldía en las urnas venciendo a otro líder liberal tradicional, Ernesto Martínez, quien lo acusó de fraude. En el reconteo hubo irregularidades, pero nunca las pudimos probar , cuenta Martínez.

Este fue el primero de la lista de escándalos de los Ramírez, pero no tan grave como el que surgió después, cuando Fernando fue acusado de crear fundaciones ficticias, con nombres de figuras políticas, para favorecer a amigos cercanos con auxilios de la Alcaldía. Más de 13 mil millones de pesos fue a parar a esas fundaciones educativas.

Según el expediente y sus opositores. detrás de dos de ellas, la José María Córdova y la Jorge Eliécer Gaitán, estaba su hermano Jaime Alberto, el Tunjo 2 , concejal en esa época.

Tras una avalancha de denuncias por prevaricato y enriquecimiento ilícito, la Procuraduría sancionó a Fernando prohibiéndole ejercer cargos públicos durante un año.

No obstante, él buscó ese mismo año una curul en la Cámara. Ganó, pero cuando llevaba cuatro meses en ella, el Consejo de Estado declaró nula su elección. "Esto ha sido peor que una cadena perpetúa. Cada vez que tengo un cargo, me sacan a relucir este caso que la justicia ya falló a mi favor", dice al mostrar los documentos en los que la Procuraduría precluye la investigación en su contra, por vencimiento de términos.

Mientras buscaba nuevas fronteras políticas y enfrentaba las investigaciones en su contra, Fernando alargó su poder en la alcaldía, apadrinando a los dos alcaldes que le sucedieron: Fabio Arango (1990-1992) y Gonzalo Rodríguez Chía (1992-1994). En 1995, Fernando le dejó el campo a su hermano Jorge, quien ganó la Alcaldía para el período 95-97.

Jorge, hoy con 45 años, contador de la Universidad Externado, como su hermano, es el Tunjo 3 . Pero antes de hacerse a este mote, se hizo popular como El Noro . Tras 15 años de carrera con poca fortuna, abandonó las faenas en los redondeles por las burocráticas.

Con su hermano como apoderado , Jorge fue tesorero del Instituto de Crédito Territorial de Cundinamarca; luego, director financiero de Ferrovías y, ya en 1992, tesorero de Soacha.

Su triunfo como candidato a la alcaldía en el 95 tuvo también el sino del escándalo. Como había ocurrido con su hermano, Ernesto Martínez, segundo en la votación, lo demandó por fraude. La diferencia entre ambos había sido de sólo 682 votos. Martínez alegó de nuevo irregularidades en los escrutinios. La comunidad protestó, bloqueando incluso la Autopista Sur. Sin embargo, las acusaciones quedaron en nada y el nuevo cacique Ramírez cortó las orejas.

En abril de 1997, siendo alcalde, le dictaron medida de aseguramiento por incurrir en el delito de falsedad en documento público, porque supuestamente alteró la fecha en que renunció al cargo de tesorero de Soacha, para no inhabilitarse como candidato a la Alcaldía. Pero esta investigación tampoco arrojó resultados en su contra finalmente.

Secuestro doble.

Durante la alcaldía de Jorge, en octubre 1996, su hermano Fernando fue secuestrado por las Farc y luego Jaime Alberto.

El segundo estuvo dos años en cautiverio y el primero, tres. Yo le dije en una carta a Tirofijo que investigara mi patrimonio y que si encontraba algo mal me matara. Esos años secuestrado fueron el único pago porque nunca comprobaron nada , cuenta el mismo Fernando.

Mientras tanto, Jorge tomó las banderas de la política y se convirtió en el hombre fuerte de Soacha al punto que puso como su sucesor en la Alcaldía a su amigo Wilson Darío Cabra, quien ejerció en el periodo1998-2000.

Al volver a la libertad y a la arena política, Fernando buscó rescatar su poder, a través de su amigo Arthur Bernal, enfrentándolo a su hermano Jorge, quien le había quitado a sus colaboradores.

Fernando y Jaime Alberto entraron en una guerra declarada contra Jorge. Respeto a mis hermanos, pero estamos en orillas opuestas , dice Jorge. Sin embargo, para mucha gente en el municipio todo ha sido una estrategia para mantener el dominio familiar.

A pesar de la división, las acusaciones de trampa contra los Ramírez no faltaron en la última elección local. El tercer candidato en contienda, el cura Jesús Ochoa, quien sacó tres mil votos menos que el ganador, Jorge Ramírez con 20 mil , demandó la elección por un presunto fraude en el conteo de sufragios.

Fernando, aparentemente derrotado, recibió la mano del nuevo gobernador Alvaro Cruz, al que le puso 40 mil votos en octubre pasado, y a quien conocía desde cuando hicieron política juntos con Julio César Sánchez y compartieron gabinete en la administración de Manuel Guillermo Infante.

Cruz le entregó la Secretaría de Hacienda y, en reuniones privadas, decía que sería su sucesor en el 2003. Pero la dicha le duró a Fernando Ramírez sólo 45 días. De nuevo su antecedentes disciplinarios salieron a relucir en los medios y su amigo el Gobernador tuvo que pedirle la renuncia.

Así se cayó lo que, a comienzos de este año, parecía un triángulo perfecto para mantener el poder en Soacha, que tiene un presupuesto de 33 mil millones y 1.500 puestos, y afianzar su caudal electoral en futuras contiendas: Fernando, secretario de Hacienda; su compañera, Betty Esperanza Moreno, diputada, y Jorge, en la alcaldía. Betty aprobaba los recursos, Fernando los entregaba y el último los gastaba , dice un concejal opositor.

Ahora la mesa parece estar coja. Pero los Ramírez llevan más de 15 años sin soltar la alcaldía más importante de Cundinamarca y siempre han superado las dificultades. Por algo los llaman Los Tunjos .

El ingeniero de la política.

Jaime Alberto, el segundo de los ocho hermanos Ramírez Vásquez, fue el primero en entrar en la política. Ocupó una curul en el Concejo de su pueblo sacando a codazos a quien encabezaba la lista en la que figuraba de tercero, Rosa Bello. Cuentan sus rivales políticos que Jaime Alberto borró el segundo nombre, con su propia mano, para colocarse allí, a sabiendas de que Bello estaba inhabilitada para ocupar el cargo.

Pero este primer triunfo político se le convirtió cinco años después en una derrota. En 1985, cuando era alcalde de Anolaima, tuvo que dejar el cargo luego de que una multitudinaria manifestación en las puertas de la alcaldía pidió su cabeza.

No tuvo otra alternativa que abandonar el pueblo, pero vuelve a Soacha y consigue una curul en el Concejo, donde escampa dos años antes de que el alcalde Gonzalo Rodríguez, cuota de su hermano Fernando, lo nombra Inspector de Tránsito de Soacha, uno de los cargos más codiciados de la burocracia, a pesar de su fama de corrupción.

Jaime Alberto fue denunciado ante la Procuraduría por prestarse supuestamente a matricular carros de contrabando robados en Venezuela y legalizar rutas piratas de transporte urbano que prestaban el servicio entre Bogotá y Soacha. La denuncia nunca prosperó.

En 1995, se ve obligado a abandonar el cargo para no inhabilitar a su hermano Jorge quien aspiraba por primera vez a la alcaldía del municipio, pero reaparece en escena, en 1997, cuando se ofrece como mediador para la liberación de su hermano Fernando, por un frente de las Farc. La guerrilla decidió someterlo también a un juicio.

En mayo de 1999, fue liberado, y tras superar este mal momento, vuelve a la burocracia como subgerente de la Lotería de Cundinamarca, la empresa que más produce dinero para el departamento, durante la administración de Andrés González.

Renuncia al cargo, para no inhabilitar a su hermano Fernando, designado Secretario de Hacienda y miembro de la junta directiva de la Lotería de Cundinamarca. Pero es recompensado con la dirección de la Unidad Regional de Tránsito de Mosquera.

Allí, solo permanece unos días, porque renunció tras el escándalo en el que se ve involucrado su hermano Fernando, a raíz de las denuncias de EL TIEMPO sobre los cuestionamientos éticos, disciplinarios y penales a varios secretarios de Cruz.

EL TIEMPO intentó comunicarse con él, para obtener su versión de lo escrito aquí, pero se negó a hablar.

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