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DE LA VENGANZA A LA JUSTICIA

DE LA VENGANZA A LA JUSTICIA

La Corporación Excelencia en la Justicia dice que en 1999 se registraron unos 4 millones 300 mil casos en la justicia ordinaria, de los cuales se evacuó sólo el 26 % de ellos.

Por: REDACCIÓN EL TIEMPO
25 de febrero 2001 , 12:00 a. m.

La Corporación Excelencia en la Justicia dice que en 1999 "se registraron unos 4 millones 300 mil casos en la justicia ordinaria, de los cuales se evacuó sólo el 26 %" de ellos.

Esta afirmación sugiere preguntarse qué hicieron las víctimas y familiares del 74 por ciento restante a los que no llegó la acción de la ley. El año pasado, el economista Mauricio Rubio, resaltaba la importancia del ajuste de cuentas como principal causa de homicidio (38%) en los departamentos más violentos. El ajuste de cuentas, es sólo una expresión de algo que es inherente al hombre mismo: el deseo de venganza.

El ímpetu de vindicta es un fenómeno profundamente psicológico y humano. Se inicia en el agraviado con un resentimiento amargo por la injuria. El recuerdo de la afrenta se le impone como una tortura humillante y rumia fantasías de desquite. Quien lo padece tiene la opción de resignarse, lo cual en la acepción etimológica de la palabra significa conformarse, ponerse en las manos y voluntad de otro, que no es más que castigarse y renunciar a sí mismo como sujeto de derechos. De no existir la opción de la resignación, el resentimiento pasa a una acción visceral -que no racional- cual es la venganza; es decir, a la fundación de la propia legalidad.

La retribución exigida por los agraviados siempre está en función del valor que le den a la ofensa. Para ellos, el victimario no debe padecer una afrenta igual a la infringida, sino que debe ser elevada a la potencia de su humillación. Por lo tanto, en la verdadera venganza no hay nunca simetría o proporcionalidad, ni una relación lógica costo/beneficio. Nicolás Gómez Dávila dice al respecto en uno de sus escolios que la atrocidad de la venganza no es proporcional a la atrocidad de la ofensa, sino a la atrocidad del que se venga .

Entre resignación y derecho.

El piso psicológico primario sobre el cual descansa la venganza es una reacción instintual de defensa de la propia integridad real o simbólica, de la prole, del grupo, o de la especie. Con la construcción paulatina de la cultura, el hombre renuncia a hacer justicia por su propia mano y la delega en alguien revestido de sapiencia, respeto reverencial y legitimidad para que lleve a cabo la sanción que antes le pertenecía en razón de su naturaleza. El primer delegatario fue la institución religiosa.

La delegación de la venganza también implicó la facultad de sancionar a las víctimas que se negaran a renunciar al ejercicio de la ley por mano propia, y se les pronosticó una sanción similar a la de sus agresores. Lo anterior conlleva un avance inmenso en la convivencia pacífica, puesto que los ánimos vengativos y el efecto de la humillación de los ofendidos son contenidos por la creencia de que habrá una retribución trascendente.

Con la secularización progresiva de la sociedad, el poder de la religión se mengua en favor de la institución civil llamada justicia judicial. Se erige así un organismo soberano, exclusivista y excluyente en su función. Y aunque con la complejización del sistema jurídico lo que se sanciona es la infracción de la norma abstracta, y la ofensa es a la sociedad, el hecho psicológico no desaparece. Los injuriados nunca pierden de vista si la institución judicial les retribuye de alguna forma. Es decir, desde la percepción subjetiva de las víctimas la acción de la justicia siempre serávenganza aunque la llamemos retribución; claro está, transferida, simbólica, y no en acto.

El ánimo retaliatorio sólo desaparece si los ultrajados constatan que la institución judicial hace efectivo el castigo a los transgresores, según los códigos penales acordados -en derecho- y a los cuales están adheridos. No es una condición suficiente para borrar los efectos de la humillación, pero sí necesaria para lograrlo. De ocurrir la sanción, se torna ejemplarizante y pedagógica para la sociedad, disuade a victimarios potenciales, y de contera, legitima el sistema judicial que la rige. Si no hay demostración de eficacia, las normas invocadas se transforman en un estímulo adicional de la violencia puesto que generan confusión entre dos sistemas: el de las normas enunciadas y no aplicadas, y el de las que se aplican pero no se enuncian. Se crea así el caldo de cultivo propicio para que quienes son ineptos para la resignación, liberen el espíritu revanchista, sádico, y despiadado, como es su naturaleza. Y la justicia judicial se echa encima una obligación más: investigar y sancionar a los vengadores.

A esa necesidad institucional hizo referencia el psicoanalista Otto Kemberg uando afirmó en su visita a Bogotá que "El alto grado de violencia de una sociedad no sólo depende de que haya muchos individuos sometidos a agresión excesiva en su infancia, sino también a que se carezca de estructuras sociales estables que protejan la convivencia y la ética y aseguren la vida de los ciudadanos", así como los derechos individuales y la igualdad ante la ley.

El ánimo del desquite no nace con la misma intensidad en todas las personas.

En Colombia, un país enraizado en la ética católica, existe todavía una gran porción de personas que tiene aún el recurso psicológico de la resignación frente al agravio. Hacerlo así es parte del ejercicio de la libertad que tiene, de creer en materia religiosa lo que les dicte su conciencia. Pero esto no es materia de la justicia judicial.

"Todo muerto, por malo que sea, tiene sus dolientes", dice un sicario en "No nacimos pa semilla". Con esta frase advierte que los ineptos para cargar la ofensa con humildad y paciencia, optan por transformarse en vengadores, y a la primera oportunidad, saldan la deuda de manera violenta o son asesinados en el intento. Otros, compran la "justicia privada" al precio que les dicte su resentimiento. Los que ofrecen el servicio forman los escuadrones de sicarios responsables de esa violencia que parece diseminada; y cuyo parentesco es con la impunidad y no con la pobreza.

Justicia y cordura.

De la Ilustración heredamos la idea de que la educación es el principio impostergable de la convivencia pacífica, lo cual como utopía siempre tendrá plena vigencia. Nunca seremos demasiado educados, transgresores de la ley van a existir siempre, no por falta de educación sino a pesar de ella. El comportamiento en sociedad exige de mecanismos de regulación y control externos, porque la convivencia en su esencia conlleva el conflicto, y este necesita tanto de límites entre legalidad e ilegalidad como de una autoridad que los imponga.

Por lo tanto, y como una consecuencia de la acción de los transgresores, siempre habrá "airados y ofendidos" que reclamarán una justa retribución al daño causado. Sólo una justicia judicial legítima y eficaz los apacigua. La afrenta retribuida se acepta como experiencia que enseña, disuade y previene; sin retribuir, es un lastre. Las violencias del país se explican por la catástrofe del sistema judicial y no por un fementido virus que llevamos todos los colombianos. Ante la impunidad, el colombiano responde como todos los humanos resentidos y humillados que no tienen acceso a la resignación, buscando la revancha.

Afirmar que la justicia colombiana tiene fallas protuberantes, es un lugar común, y por ser cierto tiene un gran afán de transmitir confianza a los ciudadanos. Para lograrlo ha echado mano de escenificarse en los medios destacando casos resueltos que sirven para perfilar una eficacia que no tiene. La fórmula es efectiva si se apoya en hechos, de lo contrario se agota por su propia virtud. Olvida que los delitos que resuelve son pocos en comparación con el volumen total de casos denunciados. Con esa estrategia de justicia virtual logra unos efectos perversos: que las víctimas de los casos impunes interpreten dejadez de las autoridades por sus casos particulares; y además, que se puede delinquir impunemente, al fin y al cabo, en sus casos particulares no hubo consecuencias penales. Además, olvida que los vengadores son impetuosos -"no se ejecutan bien las venganzas a sangre helada", dice Cervantes-, y no permitirán que el tiempo de paso al olvido.

Las víctimas, más que penas drásticas, demandan la seguridad de que las sanciones estipuladas se apliquen a los victimarios. Las penas drásticas no disuaden a un auténtico vengador, puesto que la humillación por la afrenta amerita jugarse hasta su propia vida; lo que en verdad lo disuade es verse retribuido en el daño por la acción de la justicia, ya que así se hace injustificada la revancha. Si los afectados se ven retribuidos, se genera en ellos confianza, que la irradian hacia todas las relaciones sociales. A la justicia judicial sólo le confieren legitimidad cuando es diligente, transparente y neutral, ajustada a la preceptiva constitucional y penal, que les implique protección y retribución. Sólo cuando ella funcione de esta manera, se podrá convencer a los vengadores de que el que gana no es el que tiene la fuerza sino el que carga con la razón en el marco de las reglas aceptadas por todos.

El autor trabaja en Psicología, Universidad Naciona

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