MICHAEL LUDWIG CON LA SINFÓNICA

MICHAEL LUDWIG CON LA SINFÓNICA

Bemoles Un programa bien escogido permitió a los asistentes a la Sala Beethoven el 12 de junio pasado, escuchar un agradable concierto de la Orquesta Sinfónica del Valle, bajo la dirección del invitado David Mackenzie, a quien se observó mucho más compenetrado con la orquesta después de sus dos presentaciones anteriores.

23 de junio 1997 , 12:00 a. m.

El poema sinfónico del alemán Richard Strauss, Las travesuras de Till Eulenspiegel, es una obra de fines de siglo pasado que representa de manera adecuada el estilo de la primera época de este compositor y director alemán, caracterizado por un manejo orquestal soberbio. El grupo local mostró seguridad en la brillante versión de esta composición, con buena actuación de diversos instrumentistas.

Mucha expectativa existía por la actuación del violinista norteamericano Michael Ludwig a quien casi exactamente un año atrás, (el 13 de junio), se la había escuchado en una obra, que como el concierto de Shostakovich no es muy conocida en nuestro medio musical y probablemente no era la más adecuada para su debut. El concierto en Re Mayor Opus 77 de Johannes Brahms, tiene como otros conciertos famosos para el mismo instrumento muchas anécdotas sobre su gestación. Dedicado a Joachin, quien asesoró a Brahms, sugirió cambios y terminó escribiendo la Cadenza del primer movimiento. La obra pertenece a la época madura del autor y fue calificada como intocable por su complejidad técnica.

Ludwig ratificó su prestigio, demostrando un refinamiento interpretativo en los pasajes cantables del adagio y en algunos fragmentos del Allegro inicial, que no se había podido apreciar suficientemente el año anterior, debido a las características de la pieza elegida en esa oportunidad. Además, deleitó al público con una afinación sin tachas, un sonido lleno especialmente en los registros altos de las cuerdas graves y un manejo del arco elegante con una técnica impecable. No interpretó la cadencia original sino la escrita por Kreisler, con la que demostró su virtuosismo y remató con un buen desempeño en el complicado movimiento final en el cual el autor nos regala música del tipo folclórico húngaro, que había desarrollado en sus conocidas danzas.

Faltaba el tercer alemán para redondear la noche y el escogido fue Felix Mendelssohn, quien había dejado de existir cincuenta años antes de Brahms. La orquesta mostró de nuevo su versatilidad tocando con gusto y soltura la Sinfonía # 3 Opus 56 en La Menor, bautizada como La Escocesa; a este respecto, vale la pena comentar que aunque fue iniciada en Escocia, fue terminada algunos años después de su visita a esa región. Algunos quieren entender que se describen escenas o paisajes de esa región, cuando es probable que el propio compositor lo que deseaba plasmar en el pentagrama era simplemente música. Además música de altísima calidad técnica y de una belleza melódica encantadora. Nadie menos que Robert Schumann, escuchó una interpretación de la sinfonía y creyendo que era la Italiana, numerada como cuarta afirmó que era tan bella como para compensar a un oyente que nunca hubiera estado en Italia... .

En el próximo artículo complementaremos la actuación de Ludwig en el interesantísimo recital ofrecido dos días después, en el cual fue acompañado en el piano por Patricia Pérez.

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