Una importante práctica El médico rural

Una importante práctica El médico rural

27 de febrero 2013 , 12:00 a. m.

Quien leyó en este periódico (edición del 14 de enero) la escueta noticia sobre la muerte violenta del joven médico Jairo Alonso Villamil Castellanos tuvo que haberse conmovido. Sí, las circunstancias que rodearon el hecho inducían a ello y a rendirle un homenaje, dado que fue la inmolación de un misionero, sacrificado en cumplimiento del deber.

Jairo Alonso, aún en olor de universidad, en vez de hacerle el esguince al servicio social obligatorio -como suele ocurrir-, decidió marchar a un perdido corregimiento de la selva amazónica, donde apenas había un improvisado puesto de salud. Poniendo de presente su vocación de servicio, comenzó su lucha para que las autoridades sanitarias de Leticia le prestaran apoyo. Todo hace presumir que su esfuerzo fue vano, sin que por ello se arredrara. Apenas transcurridos seis meses de estar ejerciendo en Marití, como producto de una gresca entre indígenas, uno de estos resultó gravemente herido. El médico rural, carente de los recursos para proporcionarle adecuada atención, decidió trasladarlo a La Pedrera, a 18 horas río Paraná arriba. En ese trayecto encontró la muerte en circunstancias extrañas y que ahora, siete años después, la Fiscalía se propone investigar.

Me he servido de este pesaroso ejemplo para llamar la atención sobre el tema de los médicos rurales en Colombia. La obligación de prestar tal servicio se originó en 1949 con el Decreto 3842. Sin duda, fue una idea plausible, pues implicaba llevar atención sanitaria a los municipios del área rural, muchos de ellos olvidados por el Estado. Donde no hubiera hospital, con un puesto de salud por lo menos se aseguraba la presencia del médico, de la enfermera y del inspector de higiene, vale decir de un equipo cuya misión era poner en práctica la atención primaria, base de un buen sistema sanitario.

Dentro de ese marco presté mi servicio rural en 1955. Por eso puedo dar fe de la importancia que tiene, no solo por los beneficios que recibe la comunidad, sino también por la enriquecedora experiencia para el médico bisoño: conocer una modalidad de ejercicio profesional (la realidad nacional), ausente en los programas de formación académica. Más tarde, la "medicatura rural" se extendió a otras carreras del campo de la salud y en 1981 se trocó en servicio social obligatorio (SSO), lo que permitió su prestación en áreas distintas a la rural, como en instituciones de investigación, de bienestar social o del sector educativo, con una reducción a seis meses en casos especiales.

La producción desbordada de médicos ha llevado a que el número de plazas disponibles sea lógicamente insuficiente. Hoy se otorgan por sorteo y a los no favorecidos -que son la inmensa mayoría- se los autoriza a ejercer sin cumplir el requisito, con lo que desaparece el carácter de obligatoriedad que tuvo.

Debe reconocerse que no ha existido indiferencia de las autoridades sanitarias respecto a la suerte del SSO. En el 2006, el entonces Ministerio de la Protección Social y la Universidad de Antioquia realizaron un estudio muy completo sobre la situación. No obstante los muchos decretos y resoluciones emitidos para mejorarla, persisten factores que entorpecen su adecuado funcionamiento: escasez de plazas y pobre e incumplida remuneración, falta de equipamiento adecuado, carencia de supervisión, deficiente preparación profesional...

A pesar de escucharse voces a favor de la eliminación del SSO, creo que se trata de una valiosa estrategia sanitaria que debe mantenerse, corrigiendo las fallas advertidas y acomodándola a las nuevas circunstancias. De seguro, entre las promociones médicas por venir no faltarán quienes posean el mismo espíritu de servicio que tuvo el malogrado médico rural Jairo Alonso Villamil.

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Fernando Sánchez Torres

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