EL TIEMPO PARA PROUST

EL TIEMPO PARA PROUST

Seguramente usted ha querido leer a Proust en algún momento de su vida y ha desistido ante la magnitud de la empresa. Sin embargo, si logra vencer las dificultades de un primer acceso a ella y dedica parte de su tiempo a hacerlo, obtendrá la recompensa después. Esta es una buena época para intentarlo. La obra de Marcel Proust que se va escalonando en el tiempo y que contiene en sus comienzos una serie de búsquedas y tentativas irregulares, va a quedar definitivamente estructurada en esa gigantesca catedral de la literatura que es En Busca del Tiempo Perdido.

07 de enero 1991 , 12:00 a. m.

El caso de Proust se podría describir como el de un niño tímido, introverso, ensimismado, profundamente sensible como su madre e igualmente sobreprotegido por ella, quien se va formando una personalidad enfermiza, delicada y casi femenina, que desembocará en el homosexualismo. Convertido en un joven de sociedad disipado, snob y vanidoso, ninguno de sus contemporáneos pudo imaginar jamás la intensidad con que aquel estaba viviendo ese mundo y captándolo en la forma en que lo hacía.

En la segunda mitad de su vida, ya un adulto, la crisis de asma y una enfermedad del corazón lo recluyen para siempre en su alcoba. Encerrado allí, recuerda, medita, reflexiona y se dedica a reconstruir minuciosamente todo lo vivido. Lo primero que sorprende en este autor es el tremendo contraste entre esa personalidad egoísta, vanidosa y fatua y la densidad, penetración y riqueza intelectual de su obra; e incluso entre su diletantismo y sus maneras equívocas, con su fuerza de escritor y su desnudez humana.

La respuesta a esta inquietud la da el saber que es solo cuando Proust realiza que la esencia misma del ser es el tiempo pasado en el cual la vida se ha desarrollado y de que solo a través de la memoria puede la existencia recobrar su unidad, que nace el gran tema central de su obra, y emprende la enorme y ambiciosa tarea de ir en busca del tiempo perdido.

Es entonces cuando se aísla del mundo, y buscando otra realidad se dedica por completo a su creación, pues comprende que únicamente a través del arte puede salvar la perennidad de su yo de la acción destructora del tiempo. En esta tarea él se propone hacer el análisis y la descripción de la sociedad francesa de fines del siglo XIX y comienzos del XX. Partiendo de la aristocracia rica y snob describe su mundo decadente, analiza la burguesía agonizante y llega hasta las muchachas de vida licenciosa sin olvidar a la gente de teatro y de la vida bohemia y artística, destacando amores, obsesiones y sutiles reacciones síquicas y emotivas. Es así como gran parte de la vida de Francia va quedando reflejada en ese espejo.

Pero Marcel Proust no solo añora y recuerda en función de la composición de su obra, sino que también denuncia y critica en forma acerba, vicios y costumbres de esa sociedad que él había vivido desde adentro, convirtiéndose en uno de sus más implacables testigos.

El relato en cámara lenta nos va dando la visión de las transformaciones que el paso del tiempo va operando en ese mundo y en sus personajes y en un tono confidencial nos va introduciendo en ese universo cerrado. Se acerca a personas y cosas con un detallismo inacabable en una prosa cuidadosa y metódica para mirarlas desde todos los ángulos, para estudiarlas en profundidad, al mismo tiempo que va convirtiendo cada página en una obra de arte.

Pero lo que más le interesa en ese análisis son los secretos movimientos del alma, de la memoria, los móviles ocultos del comportamiento, los auto-engaños, los sutiles hilos que constituyen el pensar, el sentir, el actuar. Descubre así un mundo enterrado, las varias capas superpuestas de la personalidad, los estratos sucesivos y móviles de la vida síquica, y es que para Proust la siquis no es algo dado, sino más bien un pasar, como el río de Heráclito o el devenir de Bergson.

Con una técnica muy personal que va inventando al crear parte de mínimas sensaciones: una frase musical, un encuentro, una alusión, un sabor, un perfume, y de allí en clara asociación libre se remonta a los sentimientos que todo ello despierta y ejerce entonces lúcidamente su examen, su disección.

En un evidente paralelismo con Henry Bergson y con Sigmund Freud en cuanto a su concepción del tiempo y los problemas de la memoria y en la búsqueda de esa otra realidad, de ese submundo sicológico tan rico y profundo que hasta entonces había permanecido prácticamente ignorado, Marcel Proust supera la mayor parte de la novela del siglo XIX y sienta las bases para la nueva narrativa del siglo XX.

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