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CIENCIAS DEL MALENTENDIDO

CIENCIAS DEL MALENTENDIDO

Estas columnas arrevesadas muchas veces, que pongo aquí como huevos de martes y que escribo con tanto entusiasmo y negras dificultades, con la ilusión de ser un poco útil o parecerlo si no es otro espejismo que desgastó el siglo veinte el del poder transformador del verbo y el deber hipotético de labrarse un destino aunque sea en el desprestigiado arte de la literatura y testimoniar contra la historia me han valido los últimos días pequeños asedios inesperados y confusiones.

Por: REDACCIÓN EL TIEMPO
27 de febrero 2001 , 12:00 a. m.

Estas columnas arrevesadas muchas veces, que pongo aquí como huevos de martes y que escribo con tanto entusiasmo y negras dificultades, con la ilusión de ser un poco útil o parecerlo si no es otro espejismo que desgastó el siglo veinte el del poder transformador del verbo y el deber hipotético de labrarse un destino aunque sea en el desprestigiado arte de la literatura y testimoniar contra la historia me han valido los últimos días pequeños asedios inesperados y confusiones.

Dije que torturar un toro es un acto de crueldad por elegante, hermoso y festivo que sea. Me llovieron banderillas. Por teléfono y por carta. (También halagos. Nunca sé qué hacer con los halagos. Dónde ponerlos).

Un tiránico, querido y punzante columnista de Medellín sin más elogios, para no meterme en más disturbios , me llamó poeta de floripondios. (La misma semana él usó la destemplada voz "albor"). Y otro caballero, Antonio Caballero, con igual injusticia y mayor generosidad, poeta a secas por un lapsus narcisista tal vez, confundiéndome, tal vez, con un personaje de novela que también lleva mi apellido por desgracia ( será Ignacio Escobar como yo descendiente de Daniel el Hachero, el que cometió una modesta matanza de siete un diciembre de 1873, perdonó compasivo dos niños, en La Aguacatala, una finca de Envigado, por robarse unos aretes y un pañolón que le regaló a la moza aún ensangrentado con la sangre de sus tíos y fallecido en Urrao en olor de santidad en medio de los lamentos de la banda municipal?).

Una ilustrada, indignada señora, profesora de literatura en Nueva York y sobrada de argumentos, me deja como San Sebastián, por el e-mail de un amigo. Porque para señalar la obra de un misionero de buen corazón ocurrió decir, esas cosas ocurren, la lengua nos habla, que era injusto destacar las taras que trajo a América el catolicismo sobre los dones que trasplantó. Hasta Pablo Neruda que tan bien lloraba desgracias de indio como un mapuche con Oldsmobile y gorra de marca tiene un poema para cantar la lengua de los caballos. Yo, ya que Neruda no podía porque lo echaban del partido, agregué el Evangelio por lo que significa como cimiento de nuestra construcción cultural , a Juan de la Cruz, a Santa Teresa.

No valía la pena, dice mi oblicua corresponsal, matar millones de indígenas por unos libros. No es lo que quise decir. Claro que no valía la pena.

Por desgracia así estamos hechos, contrahechos desde que nos hicieron. Las lenguas corren el mundo en un medio de sangre humana y se afirman por el fuego y el hierro. Tampoco glorifico el dolor. El sufrimiento estaba aquí cuando llegué. He oído que todas las canciones hablan de desgarramientos. Ya sé, existen otras formas de entendernos: la amistad, el diálogo y el amor. Pero son las menos usadas.

Lo que llegó a América no fue una comisión de antropólogos de la U, de mochila y tenis, sino una montonera de malparidos sin entrañas, resueltos a todo contra el diablo y por la guaca, educados en las atrocidades de César y entrenados con turcos y moros. Quién los escogió?.

Europa no necesita, para justificar su existencia, dilemas y miserias, el recuerdo triste de los hunos del enano Atila. Sabe en su sabiduría de zorra vieja que latín, griego y castellano, las síntesis de las lenguas, las miradas, desacuerdos y coherencias, siguen a los ejércitos como los buitres y las rameras.

El hombre es un animal singular e inexplicable porque tiene una sola sombra y muchas palabras. Y es tan desdichado, porque las mismas palabras que le sirven para relacionarse con el mundo, se lo ocultan. Y mientras más trata de explicarse peor se enrarece. Alguien dijo que en palabra habita el hombre. Sin embargo, la palabra también nos desaloja. Quizás el habla es el aéreo instrumento del malentendido. Por eso, algunos hombres superiores alabaron las virtudes del silencio. Pero tal vez no tenían que ganarse la vida.

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