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EDUCACIÓN: CRISIS EN LOS GARAJES

EDUCACIÓN: CRISIS EN LOS GARAJES

No todo en el maltrecho sector educativo son malas noticias. Víctima del desprestigio por cuenta de un tradicional desinterés estatal y de la sociedad, la educación pública ha sido la cenicienta de los últimos gobiernos. Sobre esta triste realidad y sobre la urgencia de convertirla en un asunto estratégico de la agenda pública del país hemos repicado una y otra vez desde este periódico, conscientes de que una educación con cobertura y calidad es lo único que nos lanzará al desarrollo y nos hará más competitivos en esta globalizada aldea.

Por: REDACCIÓN EL TIEMPO
27 de febrero 2001 , 12:00 a. m.

No todo en el maltrecho sector educativo son malas noticias. Víctima del desprestigio por cuenta de un tradicional desinterés estatal y de la sociedad, la educación pública ha sido la cenicienta de los últimos gobiernos. Sobre esta triste realidad y sobre la urgencia de convertirla en un asunto estratégico de la agenda pública del país hemos repicado una y otra vez desde este periódico, conscientes de que una educación con cobertura y calidad es lo único que nos lanzará al desarrollo y nos hará más competitivos en esta globalizada aldea.

Hay, sin embargo, síntomas alentadores en materia educativa en Bogotá. Producto, por demás, de políticas públicas de largo plazo, que han tenido continuidad, recursos bien administrados y funcionarios con liderazgo, que no son cambiados en la primera tormenta política o nombrados para devolver favores electorales. Nos referimos al fenómeno que ha comenzado a tomar fuerza en los sectores más pobres de la ciudad por obra de un esfuerzo continuado en el mejoramiento de la calidad de las escuelas públicas.

Ya es evidente la crisis de los colegios de garaje . Se han ganado el título por la informalidad de sus instalaciones, la pobre calidad de los programas y la abierta vocación de lucro de sus propietarios. Muchos educadores se aprovecharon de las condiciones en que se encontraba la educación pública en la ciudad hace unos años- una bajísima calidad y una severa limitación de cupos- y palanquearon licencias para abrir improvisados planteles en un rincón de la casa. La proliferación de ese tipo de establecimientos jalonó los promedios de calidad hacia abajo y captó una importante cantidad de alumnos por las dificultades para conseguir cupo en las escuelas públicas.

Gracias al esfuerzo sostenido de las últimas tres administraciones distritales, la ciudad ha logrado ampliar los cupos, mejorar considerablemente la infraestructura escolar y llegar a unos sectores donde antes era prácticamente imposible acceder a la educación. De igual manera, se trabajó con persistencia en elevar las capacidades de los docentes y en actualizar sus conocimientos. Esta política, que antes encontró mucha resistencia de los maestros, comienza a producir resultados: la formación de docentes es hoy bastante más exigente y los requisitos para ascender en el escalafón, más estrictos.

Lo cierto es que ha comenzado a producirse una desbandada de esos muchachos que se educaban en garajes a unas escuelas públicas con mejores niveles de calidad. De los cerca de 48 mil estudiantes que pasaron al sector oficial, 20 mil pertenecen a los estratos más bajos, en donde funcionan más de 900 colegios particulares. Eso quiere decir que a los liceos de garaje les salió competencia: centros educativos algunos de ellos administrados por los mejores colegios privados de la ciudad donde se imparte una educación que, según las evaluaciones de competencias básicas de los estudiantes, muestra una marcada tendencia hacia la calidad.

Y aunque falte todavía mucho trecho para alcanzar unos estándares que estén a la altura de los de países con los que queremos competir, la experiencia de Bogotá en estas materias es aleccionadora. Tres alcaldes pusieron en la mira el tema de calidad y cobertura en la educación como eje de sus respectivas gestiones. Ha habido continuidad en el diseño e implementación de unas políticas educativas que no han sido negociadas, a pesar de las enormes presiones e intereses que hay en juego. Y la secretaría ditrital del ramo ha sido ocupada en los últimos siete años por dos funcionarios enamorados del tema, ejecutivos y sin ataduras políticas.

Todo lo contrario de lo que ha sido la suerte de la educación nacional: politizada, sin recursos y con ministros que apenas duran pocos meses en el cargo.

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