SÉPTIMO PLAN DE BRASIL CONTRA HIPERINFLACIÓN

SÉPTIMO PLAN DE BRASIL CONTRA HIPERINFLACIÓN

Brasil empieza a vivir hoy bajo el séptimo plan económico emprendido en ocho años, el cual intenta poner fin a su histórica inflación. La medición de febrero marcó un aumento promedio de 40 por ciento en el costo de vida aunque algunos artículos, en especial los alimentos, llegaron a subir hasta el 55 por ciento.

01 de marzo 1994 , 12:00 a. m.

Luego de ganar una importante batalla política en el Congreso, que aprobó un proyecto de ley para equilibrar el presupuesto público en este año, el ministro de Hacienda, Fernando Henrique Cardoso, lanzó ayer la Unidad Real de Valor que servirá como una moneda paralela al cruzeiro y que busca sacar del cuadrilátero la inflación. Pero no se trata de ponerla fuera de combate, por Nokaut, como se intentó en el pasado, sino ganándole por puntos.

La hiperinflación en Brasil ya tiene casi 30 años, durante los cuales las administraciones de turno han diseñado complejos planes económicos con un denominador común: su fracaso a largo plazo.

Más que luchar contra el alza desmedida en el costo de vida, los brasileños se han concentrado en aprender a vivir con estos índices. Los salarios, por ejemplo, son reajustados mensualmente y los precios son decididos en forma arbitraria por los productores, quienes pueden fijar con libertad lo que cobran con el fin de no perder dinero con respecto al costo de fabricación. Esta práctica ha sido señalada por los más eminentes economistas como una de las causas del aceleramiento de la inflación, y el propio ministro Cardoso lo dijo ayer abiertamente: Los oligopolios han abusado de la paciencia de este pueblo .

Pero no sólo los empresarios han tenido culpa en este proceso. A diferencia de los planes anteriores, el proyecto de Cardoso reconoce el papel clave del Estado en la espiral inflacionaria.

Menos crédito oficial Durante años, el gobierno brasileño ha financiado su déficit con préstamos bancarios, lo que ha llevado las tasas de interés a niveles de casi 30 por ciento.

Ahora, tras la aprobación en el Congreso del proyecto que equilibra los ingresos y los gastos oficiales, se espera que la necesidad de crédito del gobierno disminuya y con ella las tasas de interés.

Frente al empobrecimiento progresivo de la gran mayoría del pueblo brasileño más de 30 millones de personas viven por debajo de la línea de pobreza, el sistema financiero ha sido el gran beneficiado con la hiperinflacion. Por un lado, porque tiene en el gobierno al mejor de sus clientes, y, por el otro, porque se convirtió en la alternativa preferida por la población para tratar de conservar de alguna manera el valor adquisitivo de su dinero. Resulta sorprendente el crecimiento de este sector y su prosperidad es visible en los altos y sofisticados edificios que conforman los centros financieros de Sao Paulo y Río de Janeiro.

Ese enriquecimiento injusto y dañino es el que se busca controlar en parte con el nuevo plan económico que, a diferencia de los anteriores, en particular el de Collor de Mello, no produce un choque en la economía ni ordena el congelamiento de precios y ahorros, medidas evocadas con miedo y rencor por la población brasileña.

Dolarización? El plan en su conjunto y sus tres etapas por separado han sido el blanco de varias críticas. La segunda que se inicia hoy, es señalada como una dolarización indirecta de la economía bajo un esquema parecido al que ha tenido éxitos significativos en Argentina.

Las peores críticas, sin embargo, han provenido de los sindicatos, convencidos de que la conversión del cruzeiro Real a Unidades Reales de Valor va a causar una inevitable pérdida salarial. Cardoso sostuvo ayer nuevamente que eso no va a pasar y aseguró que por primera vez en la historia, los salarios van a ir más rápido que los precios .

El proceso de conversión de una divisa a otra debe durar entre 30 y 60 días, según prevé el gobierno, al cabo de los cuales el país estará listo para pasar a una tercera moneda, el Real, que deberá reinar en la era de la estabilidad.

Mientras tanto, el país comienza a manejar ese galimatías económico y la población se somete resignada al bombardeo de explicaciones oficiales, que incluye cartillas y hasta comerciales de televisión.

Ese es un esfuerzo solo comparable con el maratón de entrevistas que tendrá que dar el ministro de Hacienda, Fernando Henrique Cardoso, sin duda el más interesado en que el plan funcione, pues de su éxito o su fracaso depende también cómo le va a ir en su campaña para convertirse en el próximo presidente de Brasil.

Los salarios se deteriorarían 30% El plan económico puesto en funcionamiento por el gobierno brasileño presidido por Itamar Franco, como los ocho anteriores, impondrá pérdidas a los asalariados, aunque su autor, el ministro Fernando Henrique Cardoso, asegure lo contrario.

Las pérdidas salariales se elevarán a 30 por ciento, de acuerdo con el economista Antonio Orado, del DIEESE (Departamento Intersindical de Estudios Económicos y Sociales), al hacer una comparación entre en salario real de febrero y el promedio salarial de los últimos cuatro meses, como prevé la fórmula elegida por el actual ministro de Hacienda.

El plan económico de Fernando Henrique Cardoso creó la URV (Unidad Real de Valor) que, a lo largo de 1994 será transformada en una nueva moneda, el Real.

Con el establecimiento del Real, los asesores de Cardoso aseguran que habrá una caída de la galopante tasa inflacionaria, que alcanzó 95,46 por ciento en los dos primeros meses de 1994 (40,78 por ciento en febrero), según la privada Fundación Getulio Vargas.

Entre el 28 de febrero de 1986 y el 28 de febrero de 1994, Brasil conoció ocho planes de estabilización económica, cinco congelamientos de precios y salarios, una confiscación de activos financieros, 54 alteraciones del sistema de control de precios, 16 políticas salariales, y para rematar cuatro unidades monetarias (cruzado, cruzado nuevo, cruzeiro y cruzeiro real).

Además, en ese período, la tasa inflacionaria conjunta se elevó a la colosal cima de 689.363.100 por ciento, suficiente tal vez para demostrar que tanta confianza pedida y/o exigida por los planificadores no fue satisfecha.

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