CEMENTERIO: BOGOTÁ CHIQUITA

CEMENTERIO: BOGOTÁ CHIQUITA

Hernando Gómez, un hombre alto de 44 años, habitante del barrio Bello Horizonte, se acercó a la tumba del asesinado político conservador Alvaro Gómez, en el cementerio Central, le puso un clavel rojo en un pequeño orificio que tiene la lápida, recostó su frente sobre la losa y rezó un Padrenuestro en voz baja.

23 de junio 1997 , 12:00 a. m.

Simultáneamente, su esposa, Balbina Urbina, pronunciaba una oración frente a la tumba de Carlos Pizarro Leongómez, el líder del M-19 muerto cuando buscaba la paz.

Así lo hacen los lunes, cada semana, no solo ante la tumba de Gómez (quien estuvo secuestrado por el M-19) y de Pizarro, sino también de la del dictador Gustavo Rojas Pinilla (por cuya pérdida de las elecciones en 1970 nació el M-19), la de José Raquel Mercado (secuestrado y muerto por el M-19 en 1976) y la de Luis Carlos Galán (acribillado por la mafia en 1989).

Es una especie de macabro resumen de la historia reciente de Colombia, desde el Frente Nacional hasta hoy, que la imaginación popular ha elevado a una categoría de santoral bipartidista.

Al preguntarle a Hernando Gómez por qué les rinde tributo religioso a los políticos muertos responde que no sabe, pero una cosa es clara para él: Nunca me han fallado el trabajo y la salud para mi familia .

Son las formas que toma el catolicismo en la mentalidad popular. Es un fervor por quienes han tenido poder y dinero y por quienes han muerto violentamente, una religión informal de la que también hace parte el culto a Leo Sigifredo Kopp, fundador de la cervecería que dio origen a Bavaria, a cuya estatua se le piden favores laborales al oído.

Pero el culto a los muertos poderosos es apenas una de las cosas curiosas que ocurren en el cementerio Central de Bogotá, un lugar donde, como dice uno de sus guardianes, está reflejada la ciudad externa.

Esto es una Bogotá pequeña. Hay la gente que viene todas las semanas a visitar a sus deudos, pero también vienen ladrones, brujas, indigentes, fumadores de marihuana y de basuco. Es un reflejo del mundo de afuera , dice el vigilante, que solicitó la reserva de su nombre.

Se roban las flores y...

De todos estos, el robo es el problema más dramático en el cementerio Central. Solo fue necesario acercarse un minuto a las oficinas de la administración para escuchar a uno de los afectados: Vengo a denunciar que me robaron los floreros de la lápida .

Hay gente que simula estar rezando ante una tumba y al primer descuido se roba las flores de la lápida vecina.

Pero no son solo las flores y los floreros; hace algunos meses (según uno de los vigilantes en la anterior administración ) se robaron un campero que alguien dejó parqueado en una de las calles internas del camposanto.

Por eso, la administración puso avisos para la gente que deja sus autos por ahí, confiada en que se encuentra en un recinto sagrado.

El letrero es elocuente: Señor usuario: cuide su vehículo. Por su daño o pérdida la administración no se responsabiliza .

Y la vigilancia, a pesar de que hay un promedio de 20 hombres comprometidos en ello, no da abasto.

Para que no ocurra nada se necesitaría un vigilante que cuidara a cada persona , dice uno de los guardias.

La cosa no sería grave si en un lunes de difuntos normal no entrara al lugar medio millón de personas. Carlos Julio Báez, gerente del cementerio, dice que la Policía hace constantes inspecciones y los lunes cuentan con el apoyo de los policías bachilleres.

Según Báez, quien trabaja para el consorcio Cotransfun, que administra el camposanto, la dificultad reside en que el cementerio es un sitio público a donde no se le puede prohibir la entrada a nadie.

Hasta un brujo encontraron la semana pasada escarbando entre las tumbas. Ellos entierran figuras de brujería; luego les dicen a los clientes que alguien les está haciendo un hechizo y vienen con la persona a desenterrar el paquetico , explica Báez.

El hombre y su cliente fueron a parar a manos de la Policía y, de acuerdo con Báez, una de las consecuencias del episodio es que ya se está preparando un convenio para autorizar el ingreso, las 24 horas, de los miembros de la Dijín, con el fin de atacar a fondo el problema de la seguridad.

Máxime porque, según el vigilante entrevistado, hace algún tiempo atraparon incluso a un violador en el intento de forzar a una mujer y a un atracador que chuzaba a sus víctimas con un puñal y luego chupaba la sangre del arma.

Pese a estos problemas, que la administración actual dice que está procurando corregir, el cementerio Central sigue siendo uno de los más tradicionales lugares de culto de los bogotanos.

En la puerta que da a la calle 24, mientras un aroma de fritanga se esparce entre las tumbas y los mausoleos, algunos representantes de confesiones religiosas distintas de la católica romana se disputan la clientela de los deudos, que buscan quién les diga unos responsos o les celebre una misa.

Un sacerdote ortodoxo, Armando Torralbo, se levanta para advertir que a él no lo incluyan en esos artículos de prensa que hablan de curas falsos .

Entre tanto, por el altoparlante de la iglesia católica del camposanto, se oye la voz un sacerdote con acento español: ... perdónanos nuestras ofensas, como nosotros perdonamos a los que nos ofenden... .

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