LOS CACAOS Y LA PAZ

LOS CACAOS Y LA PAZ

No deja de admirarme la habilidad política del presidente Samper. No en vano está ahí, a pesar de todo lo ocurrido. Y muy probablemente a pesar de todo lo que aún ocurrirá.

22 de junio 1997 , 12:00 a. m.

Su última asombrosa demostración de malabarismo fue la manera como utilizó la entrega de los soldados para sacar del cubilete un proceso de paz con la guerrilla. Era previsible que un gobierno sin brújula ni horizonte, que vive del día a día, iba a aprovechar como fuera el despliegue nacional e internacional que produjo la liberación de los soldados para darse oxígeno y pantalla.

Pero de ahí a que piense seriamente en que de golpe puede embarcar al país en un proceso de negociación con la guerrilla es preocupante. Y que para tal propósito cuente con el apoyo de los cuatro grandes grupos económicos es ya desconcertante.

La carta a Samper, suscrita por quienes el argot popular ya bautizó como los grandes cacaos , en la que le piden que proceda a dar los pasos necesarios para iniciar y llevar adelante el proceso de paz que anhelan los colombianos , revela una inmensa ingenuidad o una soterrada complicidad.

La ingenuidad sería la de creer que un gobierno débil, sin mayor legitimidad interna o externa, distanciado además de la cúpula militar, está en condiciones de liderar una negociación de esta naturaleza. La complicidad consistiría en que, a pesar de saber que esto no es posible ni recomendable, los cacaos expresaran su respaldo a la iniciativa porque el Presidente así se lo solicitó.

Me inclino por esta última tesis, e intuyo que la carta de los doctores López Valencia, Ardila Lulle, Sarmiento Angulo y Arango Montoya fue inducida desde la Casa de Nariño. Unos grupos que han sido consentidos y favorecidos por el Gobierno, que tienen expectativas varias en el campo de concesiones y licitaciones, mal podrían negarse a hacerle el favorcito al Presidente de enviarle una carta pública pidiéndole que inicie un gran proceso de paz.

* * * * * Entiendo el interés de corto plazo que tienen los grandes consorcios en estar congraciados con el Gobierno, pero me sorprende y desconsuela la irresponsabilidad histórica que significa dejar semejante tarea en manos de un Presidente que solo piensa en su supervivencia cotidiana.

Tal vez ni se han dado cuenta de que va en contra de sus propios intereses. Ni hasta dónde un Gobierno tan desvalorizado puede entregar lo que sea. O será que los cacaos piensan delegar en un negociador del samperismo, llámese José Noé Ríos, Daniel García-Peña o Perico Pérez, para que los represente ante las exigencias que harían Farc o Eln en materia de régimen laboral o tributario; de redistribución de la propiedad; de estatización de la banca o, inclusive, de recuperación del monopolio estatal sobre las bebidas alcohólicas, incluyendo la cerveza...? Exagero, claro, pero es que resulta indignante que a estas alturas aún se pretenda manejar un problema tan serio, complejo y prioritario como es la paz para Colombia con actitudes tan populistas, improvisadas y oportunistas. Como si la ensangrentada historia de los últimos 15 años de diálogos fracasados no nos enseñara nada.

Soy partidario irrestricto de la paz. Como tal, creo en una solución política a nuestro conflicto armado. Y cada vez me convenzo más de que implicará una negociación de tú a tú con la guerrilla, en la que el Estado y la mal llamada clase dirigente tendrán que hacer concesiones significativas en el orden institucional, militar, agrario y regional.

Pero un proceso de esta envergadura lo debe liderar un Gobierno en el que los colombianos confíen, por lo que tiene de recto y digno, y porque los representa más allá de su capacidad para repartir puestos, prebendas y contratos.

Increíble sería que el Gobierno Samper se dedicara a identificar los temas cruciales de una agenda realista de paz; a desarrollar con mesura y sin afanes protagónicos, los aspectos positivos de lo ocurrido en el Caguán; a tender los puentes necesarios; a respaldar la paciente labor de la Comisión de Conciliación Nacional... A tantas labores, en fin, que deberían inspirar una coherente y sólida política de paz del Estado colombiano, que no puede estar dictada por los afanes del Gobierno de turno.

Pero no es así. No puede serlo, cuando quien personifica la jefatura del Estado, y la comandancia suprema de las Fuerzas Armadas, prefiere montarse a las volandas sobre una coyuntura caliente como la del Caguán, para presentarse en las postrimerías de su mandato como el Presidente de la Paz. Cuando es capaz de convertir semejante derrota del sistema que se supone representa y defiende, en una victoria personal. Y cuando los dueños del gran capital aplauden en su infinita miopía tamaña maroma.

* * * * * Más coherente y lógica se muestra la guerrilla, que observa complacida las angustiosas piruetas del enemigo. Por eso las Farc, que hasta ayer se negaban a hablar con un Gobierno al que califican de corrupto e ilegítimo, hoy envían un documento firmado por Tirofijo en el que anuncian que si, en lo que le resta de su mandato, Samper desmonta el paramilitarismo, disuelve las Convivir, despenaliza la protesta popular, reforma el Estado, democratiza el régimen político y despeja algunos municipios, entonces sí, nos podríamos reunir para discutir las bases de una política de paz . Habráse visto...

Por su parte, el Eln expidió un comunicado en el que exalta que los líderes empresariales se comprometan en la búsqueda de la paz. Y esto está bien, porque el concurso de los sectores productivos es esencial para ponerle fin a una guerra que los afecta en todo sentido.

Otra cosa es que algunos de sus más connotados exponentes piensen que una negociación seria con la guerrilla la puede iniciar un Presidente como el actual. El no tiene nada qué perder, pero a qué precio para el país? Lo habrán calculado los cacaos ?

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