NUEVA LEY DEL TALIÓN

NUEVA LEY DEL TALIÓN

Pese a todo lo que se ha hecho por mejorar la mala índole de muchos de quienes habitamos esta ciudad, es tan profunda la crisis de las conciencias y tan ausente la autoridad preventiva y sancionadora, que cada quien, incluso esa autoridad, hace lo que le viene en gana e impone su arbitraria voluntad sin miramiento alguno con la ciudad o sus malvivientes. Veamos:

20 de junio 1997 , 12:00 a. m.

1. El constructor no proyecta parqueaderos porque por los altos costos de las tarifas, resultan pésimo negocio.

2. La autoridad de planeación aprueba los planos de una construcción sin suficiente disposición de parqueaderos para, en seguida, patrocinar el atropello de alquilar las vías públicas por horas, sin contar para nada con los derechos de los vecinos, quienes no podrán aparcar el vehículo al frente de su propiedad por encontrarlo invadido.

3. El conductor que no halla lugar apropiado, invade el frente ajeno para aparcar su automóvil.

4. Algún propietario enardecido ordena al portero de su edificio destruir los neumáticos del abusivo conductor; como quien dice, tú me pisas un callo y yo te entierro una puñalada . Buena enseñanza para el empleado, convertido por el propietario en vándalo a sueldo.

5. Los ciudadanos que cuidan los automóviles, encuentran el negocio de desvarar el vehículo agredido y por lo tanto contribuyen haciéndose los de la vista gorda con la metida del clavo .

6. Toda la absurda comedia de abusos y de agresiones va envenenando los espíritus de quienes resultan protagonistas principales de los hechos relatados.

En estos días fui protagonista, victimario y víctima por igual, de la aberrante historia anterior. Me consuelo neciamente al creer que a pesar de mi evidente atropello, al estacionar mi vehículo allí, donde sí podía pero no debía, resulta mucho menos peor que la acción de ordenar chuzar los neumáticos del auto, el cual, naturalmente, perdió su condición móvil por más de media jornada de engorrosas y muy desagradables experiencias.

Como no soy afecto al sicariato y no soy hábil para las trompadas, me escapé de la cárcel o del cementerio, pero, en el negro fuero de mis deseos, sentí el impulso primitivo de tomar venganza, yo que me creo tan civilizado.

La absurda historia que acabo de relatar, en la que la ira resulta aplacada por la vergenza, es uno de los miles de ejemplos de las malas costumbres que se van generando en una ciudad en la que la congestión, fruto de la ausencia de planeación, el desgreño administrativo convertido en negocio del Estado, la informalidad, el pésimo comportamiento del conductor y los instintos desencadenados de algún propietario, han podido llevar a una tragedia, de las tantas que ocurren a diario en nuestra ciudad.

Esta columna es expiación y sacada del clavo por igual.

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