EL MAGO

Por allá en los días del centenario llegaron a Bogotá, primero Onofrof y después Jiménez, el cubano. Onofrof fue a visitar a Julio Vengoechea, que había venido a la Constituyente del año 10. Era un ilusionista de fama internacional. Abrí la puerta al visitante y sentí miedo. Tenía unos ojos redondos y grandes de un verde fosforescente que espantaban, lo mismo que el apellido. No sé que hubiera ofrecido ninguna demostración en Bogotá. Lo hice seguir y por mucho tiempo me persiguió su mirada que no hubiera querido afrontar dos veces. No me habría atrevido a que me llevaran a ver sus demostraciones.

19 de junio 1997 , 12:00 a. m.

Jiménez, el cubano, parecía más accesible. Se presentó en el Salón de Industrias, que había sido uno de los pabellones de la exposición de 1910. El Pabellón de Industrias, convertido en salón de cine, estaba lleno a las ocho y treinta de la noche. Pero el ilusionista no llegó puntual. No era raro, entonces, un retardo de cinco o diez minutos, pero los espectadores empezaron a toser y a zapatear. Para calmarlos se ofrecieron al piano algunos números musicales.

Al principio, el público toleró, pero avanzaba el tiempo y fue creciendo la impaciencia, y si demora más, se arma el desentable. Solo acercándose a las nueve apareció Jiménez. Colocó dos o tres objetos sobre dos mesitas que tenía el escenario y, dirigiéndose al público, que estaba ya exasperado, dijo: No me explico la impaciencia de ustedes. He anunciado que esta presentación que voy hacer en Bogotá será a las ocho y treinta de la noche y son exactamente esas horas . Alguno de la concurrencia gritó: Son las nueve . Entonces, Jiménez, con toda clama, dijo: No está bien su reloj. Les ruego vean todos sus relojes, porque son las ocho treinta de la noche . Todavía uno que no había sacado el reloj dijo: Son las nueve . Jiménez, tranquilo, le replicó: Creo que está equivocado el señor que me contradice. Saque su reloj y véalo más cuidadosamente . Efectivamente, los punteros estaban retorcidos y mostraban las ocho y treinta. Jiménez tomó entonces su sombrero de copa, el cubilete, y lo enseñó al público para que se cercioraran de que no tenía nada adentro.

Inclusive, hizo que algunas personas de primera fila metieran la mano. Colocó el sombrero boca abajo en una de las dos mesitas y, después de hacer unas pequeñas indicaciones, dijo: Ahora van a ver ustedes todo lo que yo puedo sacar del sombrero que ustedes han visto . Lo levantó, y del sombrero salió una paloma. La paloma echó a volar por dentro del teatro y volvió a pasar por el escenario hasta salir de la sala.

Volvió de nuevo Jiménez la cara al público y dijo: Yo mismo me sorprendo porque no contaba con que la paloma se hubiera metido dentro del sombrero. Pero vean ustedes que es un sombrero que tiene poca capacidad . Volvió a mostrarlo en una y otra forma y dijo: Es posible que tal vez la paloma estuviera entre algún nido de cintas de papel. Voy a ver . Y empezó a sacar de la copa del sombrero una serie de cintas como de media palma de anchas y sacaba cintas y cintas y cintas que casi llenan una cuarta parte del escenario.

Era impresionante ver cómo dentro de la capacidad tan reducida de la copa del cubilete podía salir tanta cinta. Entonces, retirándolas y colocando el sombrero otra vez sobre la mesa, propuso a una de las damas que estaban en la concurrencia que subiera al escenario. Hubo unos momentos de suspenso hasta que una más atrevida se levantó. Jiménez la recibió con mucha cortesía, la hizo pasar adelante, hizo que tomara el sombrero, que lo viera varias veces por el derecho y por el revés. Metió un pañuelo de seda rojo entre la copa, movió varias veces el sombrero, luego sacó el pañuelo rojo, que salió amarillo, pero, amarrado a la punta, otro igualmente grande, azul, y amarrado a la punta del azul, otro rojo, y así siguieron saliendo pañuelos a la vista atónita del público.

Luego echó los pañuelos entre la copa del cubilete, pidió a la dama que había subido al escenario que se sentara sobre una de las dos mesitas y suavemente la hizo acostar. La dama, dominada por el ilusionista, quedó ahí mismo profundamente dormida. Tomó entonces Jiménez un serrucho que hizo ver cuidadosamente al público. Era nuevo. Podía cortar una tabla sin dificultad. La dama, acostada entre las dos mesas, estaba rígida como un tronco. Tomó el serrucho y, saz-saz-saz-saz-saz, la fue serruchando hasta dejarla dividida en dos. Separó las dos mesitas y pasó por entre los dos pedazos de mujer como puedo pasar yo por una puerta abierta de par en par.

Jiménez hizo algunas demostraciones más y después resolvió juntar de nuevo los dos pedazos de mujer. Se cercioró de que quedaran bien unidos. Dirigiéndose al público, dijo: Como yo tengo que permitirle a esta dama que vuelva a su casa esta noche, voy a restaurarla y a devolverla a su puesto . La fue despertando, la bajó de las mesas, le arregló bien el traje y, tomándola de la mano, la condujo del escenario a su puesto en la platea.

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