DESPUÉS DE LA ENTREGA

DESPUÉS DE LA ENTREGA

Como lo dijo el General Bonett Locarno, no es bueno mover el limón sobre la herida. Y no creemos oportuno entrar a analizar las causas de la cruenta toma a la base de Las Delicias, en el Caquetá, acción en la que murieron 30 soldados, y sesenta fueron cautivos.

17 de junio 1997 , 12:00 a. m.

Comentamos, sí, sobre la exitosa entrega de los 70 militares anteayer en Cartagena del Chairá, acto que en verdad tuvo un extraordinario y quizá exagerado despliegue periodístico, y frente al cual los sentimientos se confundían entre la euforia por los que retornaron y la tristeza por los que no llegaron; entre los abrazos de las madres que volvían a recibir a sus hijos, como si volvieran a nacer, y las que resignadas y profundamente tristes dejaban desgranar las lágrimas por aquellos que entregaron su vida al servicio de la patria. Y, claro, a la distancia, Colombia entera vivió y seguirá viviendo otro motivo de contradicción entre quienes piensan que el Gobierno obró correctamente para salvar a los militares y los que argumentan por encima de esas 70 vidas que el Estado se sometió.

Pero el hecho real es que esos 70 hombres han retornado a sus hogares. Vuelven, después de una larga espera, a ser esperanza de sus humildes familias, desde cuando sus padres los recibieron siendo niños y han luchado para que los muchachos crezcan sanos y ojalá en el futuro sean su sostén en la ancianidad.

Varios reconocimientos se deben hacer, con sinceridad y patriotismo. En primer término no se puede ignorar la disciplina y la obediencia de las Fuerzas Armadas de nuestra patria. De ellas, de sus altos mandos, deben sentirse orgullosos los colombianos. Porque tenemos a unos militares que respetan y acatan las directrices del Comandante en Jefe, que es el Presidente de la República. Y cuando ello ocurre, la democracia es firme y perdurable.

Las Fuerzas Armadas saben que cuentan con el respaldo de la nación. Y, desde luego, estamos en desacuerdo con esas críticas veladas que se hacen a los altos mandos y a la tropa en sí. Porque nuestro Ejército es y será una prenda de garantía de la Constitución y del Estado de Derecho que vive Colombia. Eso es lo más importante en esta hora difícil.

También se tiene que reconocer la eficiente labor de la comisión negociadora, la valiosa colaboración de los observadores internacionales y de la Cruz Roja especialmente, organismo que a lo largo de su historia ha sido el escudo salvador en medio de las balas.

Todo salió bien. Pero será mucho lo que se escriba y se diga. Vendrán sesudos análisis en torno de este episodio, frente al cual es inevitable pensar en lo difícil que es lograr un consenso. Sea por ideologías, por la renuencia a aceptar lo positivo, por convicciones, por pasiones, por simpatías o antipatías con las Fuerzas Armadas y con el Gobierno de turno, en fin, por diversas razones, vendrán las contradicciones.

Y es que en estos hechos es imposible aunar opiniones. Recordamos el espectacular golpe dado por el presidente Alberto Fujimori a los asaltantes del Movimiento Revolucionario Túpac Amaru (Mrta) en la embajada del Japón en Lima. Hubo diversidad de criterios. Y se le endilgaron al Presidente peruano calificativos de traidor a la palabra, y sobre todo, de violación a los Derechos Humanos.

Quizá al mandatario colombiano ahora se le tilde de débil. Pero si no se hubiera despejado el área exigida por los bandoleros, quizá se le habría calificado de irracional. Y sin duda, esos mismos defensores de los derechos individuales, además de muchas otras personas, lo habrían calificado de inhumano. Y habría venido un gran juicio por abandonar a su suerte a los soldados secuestrados. Era una decisión difícil.

Cumplido el rescate, lo que corresponde ahora al Estado es hacer presencia en la zona, en todo sentido. Y al Ejército sacar conclusiones de tan amarga experiencia, fortalecerse en todos los campos, especialmente en muchas zonas en las que la guerrilla es la que impone la ley, el orden y el desorden. Pues la subversión ha avanzado, ha aumentado y fortalecido sus frentes y su presencia. Nada se gana con negarlo, aunque de ahí a que esperen vencer a nuestro Ejército hay un trecho grande. La prueba es que cumplido el período pactado, los militares volverán a la zona que despejaron por voluntad, no por retirada en combate.

Lo que sigue será muy difícil. Nos esperan tiempos complicados, en los que se impone la serenidad. No incendiar los ánimos. Y conscientes de que la paz no está detrás del primer montículo, sí hay pequeños caminos, sí se abre una brecha, si se muestra algo de voluntad. Debemos poner la esperanza delante del pesimismo. Esa es una tarea de todos los que pensamos en el bien de Colombia.

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