UNA VISITA OBLIGADA EN BOGOTÁ

UNA VISITA OBLIGADA EN BOGOTÁ

Es insólito que una institución, cualquier institución, pública o privada, en Colombia desarrolle sus proyectos a largo plazo. Por eso es casi un milagro que el Banco de la República (la única institución largoplacista en el país) se haya gastado cuarenta silenciosos años acumulando con relativa coherencia una muy completa colección de arte colombiano e hispanoamericano que hoy en día reúne alrededor de tres mil obras.

17 de junio 1997 , 12:00 a. m.

Todavía más insólito, es que también silenciosamente durante los tres últimos años, un grupo de trabajo de la biblioteca Luis Angel Arango se haya aplicado a preparar una historia del arte colombiano con algunos paralelos hacia la pintura hispanoamericana, con dicha colección.

El resultado es bueno en términos generales. Es obvio que como en cualquier colección del mundo puedan señalarse vacíos: hay una sala Wiedeman y una sala Luis Caballero, extraordinarias las dos, el Banco nos queda debiendo la sala Fernando Botero. Faltan obras de la imaginería popular de la colonia, de la escuela colonial antioqueña, obras representativas de la influencia de las expediciones botánicas y coreográfica en la plástica nacional, faltan contemporáneos como Alvaro Barrios, Darío Morales, Gustavo Barrera, Saturnino Ramírez, Jim Amaral.

Hay vacíos, es cierto, pero también es cierto que no existe en esta muestra ninguna ausencia de ningún artista esencial y aunque no se diga en voz alta, es evidente que sobran algunas cosas. El invento del Banco de que Darío Jiménez es un gran artista me parece a mí un intento fallido. Omar Rayo. Manuel Hernández, David Manzur, Fanny Sanín, Cecilia Porras aunque hagan parte de nuestra historia plástica, son a su época lo que por docenas se produjo en todos los países de la América hispánica: una moda que envejece mal y que aburre.

De otro lado, hay mucha gente, sin embargo, que no asiste a la casa de exposiciones de la Biblioteca Luis Angel Arango en plan de abordar el relato histórico. Quieren simplemente ver buenos cuadros. Y los hay. Esto es quizás lo más gratificante de la muestra. Están, la serie de la monjas muertas pintada por Victorino García en el S. 18, La muerte de Sucre de Pedro José Figueroa de 1835, los paisajes académicos de Zamora, una Desdémora de Andrés de Santamaría de 1936, Dos mujeres de José Rodríguez Acevedo pintado en 1951, los Débora Arango, En rojo y azul de Fernando Botero, primera obra adquirida por la colección, una de las tumbas del maestro Antonio Roda, un Encaje de Feliza Burstyn, todo Guillermo Wiedeman, La horrible mujer castigadora de Norman Mejía, primer premio en el Salón Nacional de 1965, las esculturas de Bernardo Salcedo, la sala Luis Caballero, el Tapen-tapen de Beatriz González, el Trípico de cabecitas de Lorenzo Jaramillo.

No todos los días se trabaja a lo largo plazo. Ni todos los años se abren nuevos museos. Por eso esta exposición permanente, en su intento por narrar la historia de larte plástico nacional, merece todos los elogios a la forma de trabajo del Banco de la República y toda la recomendación para quienes deseen gozar de buena pintura.

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