NO FUIMOS UNOS COBARDES

NO FUIMOS UNOS COBARDES

Un tableteo constante y proveniente de todos los flancos se empezó a registrar a las siete de la noche del 30 de agosto de 1996.

16 de junio 1997 , 12:00 a. m.

La mayoría de los soldados de la base militar de Las Delicias se encontraban a esa hora en formación y otros estaban organizando la remesa de alimentos que había llegado en la mañana.

Una granada de mortero rompió en menos de un segundo la formación.

El capitán les ordenó de inmediato que alistaran sus armas y tomaran posiciones. La arremetida guerrillera era de grandes proporciones.

Sin embargo, unos cuantos no tuvieron oportunidad ni siquiera de buscar sus fusiles.

Los guerrilleros salían por todos lados , recuerda el soldado Gonzalo Orozco.

Empezamos a disparar pero a pesar del ruido de las balas, se escuchaban las groserías de los tipos que nos querían fregar sicológicamente , afirma Orozco.

Por la acción de las explosiones, el cielo se iluminaba por instantes y durante esos momentos los soldados veían caer a sus compañeros mutilados por la acción de las granadas o de las ráfagas.

Yo vi a varios de mis amigos destrozados , aseguró el soldado Campo Elías Capela Benítez.

Durante la mayor parte del combate llovió copiosamente.

El encargado de la radio llamaba una y otra vez pidiendo refuerzos y aunque la comunicación era mala se alcanzaba a escuchar la respuesta: estamos a dos rayas (dos minutos).

Pero esos dos minutos se convirtieron en dos días sin que los refuerzos prometidos llegaran al lugar. Para cuando aparecieron, el capitán había caído y con él gran parte de sus hombres.

Las instalaciones de la base habían sido quemadas y los soldados eran cogidos en posición de combate, sumidos entre el barro y con el fusil vacío.

Los guerrilleros les ponían un arma en la cabeza y luego de algunos golpes les daban a escoger: la muerte o el cautiverio.

A las 11:30 de la mañana del 31 ya todo había terminado.

Los sobrevivientes fueron formados al lado derecho de lo que quedaba de la base y conducidos de inmediato hacia el monte.

Estaban derrotados, pero según el teniente Torres no fue por cobardía. No fuimos cobardes, simplemente se terminó la munición .

Tuvieron que esperar durante un par de horas a que los guerrilleros recogieran las armas de los soldados muertos y las suyas. También se llevaron lo que quedó sirviendo después del combate (ollas, comida, cuchillos, etc).

Luego de reunirse con la gran mayoría de los guerrilleros que perpetraron el ataque, caminaron cerca de media hora y encontraron durante el recorrido a más miembros del bloque sur de las Farc.

Ese mismo día los dividieron en 12 grupos de 5 soldados cada uno, custodiados por 20 o 30 guerrilleros.

El 2 de septiembre los dejaron bañarse por primera vez y los dispersaron por la selva virgen.

Luego de varios días de camino el grupo en el que quedó el soldado Orozco llegó hasta San Miguel, municipio localizado en el Ecuador.

Permanecieron algunos días en esa región y volvieron a movilizarse hacia Colombia.

Todos sintieron la zozobra de ser rescatados por la fuerza y sintieron la muerte cerca cuando tuvieron noticias del desenlace de la liberación de rehenes en la embajada del Japón en el Perú.

Según Orozco, ninguno de sus compañeros intentó escapar por temor a ser fusilados.

En varias oportunidades estuvieron muy cerca de las tropas del Ejército colombiano. Cuando esto sucedía, los jefes guerrilleros que los custodiaban recibían la orden de regresar al punto anterior.

En otras ocasiones este grupo pasó por poblaciones y ciudades en donde aprovechaban para adquirir alimentos y todo tipo de provisiones.

Las recorridos siempre se efectuaron bajo la sombra de la selva, por eso ninguno presenta su rostro quemado.

Algunos grupos contaban con un televisor portátil a color y los comandantes de la guerrilla los obligaban a ver los noticieros. Allí veían a sus madres suplicando su liberación.

Casi nunca tenían libros diferentes a los de corte marxista que les entregaban los guerrilleros.

Comían mucha carne y maduro, y en ocasiones, recibían galletas, las cuales se convertían, junto a las gaseosas, en los mejores trofeos de quienes ganaban los eternos juegos de cartas y dominó.

Y a pesar de la situación, ninguno pensó nunca en quitarse la vida, aunque a algunos los deprimía y desesperaban las insistentes clases de filosofía que los comandantes de grupo les dictaban.

Soldados de otros grupos aseguraron que nunca recibieron este tipo de aleccionamiento. No obstante, cuando se le preguntó al teniente Torres al respecto se negó a contestar.

La dotación Gran parte de los 289 días de cautiverio tuvieron que dormirlos en el piso, aunque algunos contaban con improvisados toldillos.

Debían madrugar siempre y, durante los primeros días, usar la misma ropa con la que fueron retenidos.

No obstante, la cuarta o quinta semanas recibieron igual dotación a la entregada a sus guardianes: unas botas de caucho, un uniforme camuflado, cepillo de dientes, crema y jabón.

Los soldados que sabían artesanías les enseñaron a los otros a tejer manillas con su nombre y la compañía a la que pertenecen.

Para algunos fue duro cambiar las botas de cuero por las calurosas de caucho.

Todos, voluntariamente, se sometieron en varias oportunidades a las tijeras de una guerrillera encargada de peluquiar a sus camaradas .

Cuando algunos sufrieron de anemia palúdica y de la picadura del pito, recibieron asistencia médica de inmediato.

Los grupos en los que estaban divididos nunca se encontraron entre sí, aunque en ocasiones sabían que sus compañeros estaban muy cerca.

Se volvieron a encontrar en el denominado punto x , muy cerca a la libertad.

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