LA GLORIA NO TIENE PRECIO

LA GLORIA NO TIENE PRECIO

Las imágenes eran terribles (lo serán por mucho tiempo). Dañaban el alma. En Ruanda y en Zaire, un millón de personas deambulando por caminos de Dios, perseguidos, hambrientos, portando epidemias, millonarios de sed, riquísimos en desesperanza, temiendo aún algo peor. qué calamidad puede ser peor a semejante miseria, a tan macabro cuadro humano en el que los chicos, más que cuerpos parecen tener placas radiográficas, porque no son otra cosa que un esqueletico sobre un fondo negro?

17 de noviembre 1996 , 12:00 a.m.

Bien, pasemos al deporte , dice el conductor del noticiero. O demos vuelta a la página del diario. Entonces no enteramos de que ese mismo día, la Casa Ferrari, en un escueto comunicado de seis líneas (en lo único que economizaron), anunció la renovación del contrato de Michael Schumacher por otros dos años, mediante un pago de 33 millones de dólares anuales. Es decir, 2 750.000 dólares mensuales, ó 90.000 por día, ó 3.750 por hora, ó 62,50 por minuto, ó 1,04 por segundo.

Un acto de impudor insoportable que no favorece al deporte ni tiene nada que ver con él. Un golpe bajo al sentido común la revelación de las cifras que no aporta sino un condimento odioso al tema y que revela la presuntuosidad de Dinastía, de Dallas o de cualquiera de esas operetas despreciables donde reinan la mentira, el poder, la traición, el dinero y otras bellezas.

Hace 17 años que Ferrari no gana un campeonato mundial. Ahora nos damos cuenta por qué. La gloria, estamos seguros, aborrece el dinero; es amiga de la humildad, se alimenta de la mística, premia los sueños, homenajea el esfuerzo y a todos los valores intrínsecos del deporte.

Pretender obtener un campeonato mediante el pago de 90.000 dólares por día manifiesta una pobreza de espíritu tan grande como la triste pobreza de ruandeses y zaireños. Es prostituir el deporte. Es pagar para hacer el amor, ponerle precio a cada beso, a cada caricia, a cada plus. Y si además me decís que me querés, te doy tanto . Patético.

Es un presidente de club que le sugiere a un jugador un contrato con cláusulas adicionales. Si salimos campeones, tanto más; si sos goleador, este premio; si ganamos el clásico, tanto; si les metés un gol y te besás la camiseta, esto más. Entonces ya no es un club, es un burdel.

Ferreri está en todo el derecho de seducir a Schumacher de este modo, de creer que así obtendrá el título mundial, de pensar que eso que hace se llama deporte. Hasta es lícita su ostentación, su prepotencia económica. Quienes amamos el deporte tenemos el derecho de desear que pierda.

Hacia fines de los años 50 y comienzos de los 60, actuó en Rosario Central un zaguero espectacular, elegante y corajudo: Pancita Biagioli. Un fenómeno , recuerda siempre Menotti, que lo disfrutó como hincha y más tarde llegó a ser su compañero. Biagioli era fanático de Central, lo amaba con el alma. Los dirigentes se abusaban de ese cariño y le pagaban monedas. Total, Pancita juega por el amor a la camiseta , se ufanaban.

Hasta llegó a oficiar de utilero en una gira porque no había plata para llevar al encargado de esta tarea. Biagioli enfermó muy joven, le cortaron una pierna y murió en la miseria. Pero nunca perdió la sonrisa ni aún en el lecho final. Lo animaba la gloria. Luchó por ella y la logró. Le pidió a la vida ser ídolo de Central. Y le fue concedido. A su manera, fue millonario.

La hinchada centralista le tributó un adiós sentido, lo despidió como se despide al camarada sincero, en ese silencio de las cosas fuertes.

Cuando pase un tiempo, de Schumacher no me acordaré más, no sabré quién fue. De Biagioli nunca me olvidaré.

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