LA AGONÍA COMUNISTA CHECA

LA AGONÍA COMUNISTA CHECA

Nombres fuertes y sonoros Franta Louka, Kolya un lenguaje áspero pero con sus musicalidades secretas y sus momentos dulces, una vecindad con la muerte que pasa por el territorio de lo simbólico, la presencia soviética como la del amo opresor que domina a un país como a su esclavo estatal: son algunas de las variaciones sobre un tema que la película Kolya arrastra en los días previos al torbellino de la liberación checa en la que concluyó la Revolución de terciopelo de 1989.

15 de junio 1997 , 12:00 a. m.

Temas tan generales como la libertad, el poder, la identidad de un pueblo vista a través de sus continuidades históricas y la restauración política de una nación están urdidos en Kolya con los hilos de una historia simple y cotidiana: la de un músico que, como casi todos sus compatriotas, detesta el régimen, lo padece en sus absurdos y limitaciones, lo soporta mal con sus castigos y advertencias y sobrevive con los oficios a veces denigrantes a que los que lo condena un sistema autoritario. Con sus temas ideológicos de fondo, el análisis político sugerido y la narración de los hechos y episodios que se sostienen y se recortan sobre ellos, en Kolya se despliega todo un arte de la narrativa cinematográfica al estilo de lo que en la novela ha cultivado Milan Kundera: la suprema síntesis intelectual, el lugar en donde aún es posible cuestionar el mundo en general .

Los directores de cine de la Europa oriental han comprendido que el cine, más que pertenecer a una industria cultural, está fuertemente integrado y comprometido con el devenir de la historia de los pueblos; más por la fuerza de sus acontecimientos que por los mecanismos que lo mueven como simple mercancía en una economía de mercado. Tienen las cualidades que se le exigen al arte en la medida que corresponden a puntos de vista donde se cuestionan las ideologías, el aparato estatal, sus aberraciones y la marcha de la sociedad misma, sin dejar desde luego de lado el arte encantador de contar historias.

Hombre silencioso Aunque las pretensiones ideológicas de Kolya son alusivas y sutiles, su poética participa del poder de estos principios estéticos pues allí se une a la experiencia de la vida de los personajes, las condiciones sociales y políticas bajo las cuales les ha correspondido vivir. Tras un arreglo matrimonial por pura conveniencia con una mujer rusa, y encontrándose pronto engañado y comprometido, Franta Louka comienza una pequeña aventura en su vida: debe asumir el cuidado del pequeño Kolya, hijo de la mujer que lo ha dejado plantado en Praga mientras busca el amor de su novio en Alemania oriental. Aquí las diferencias de las nacionalidades en el cuadro histórico juegan sus cartas respectivas, el engaño también, los arreglos por debajo de la mesa son parte de una economía especulativa no oficial .

Así, se va construyendo esa tensión dramática entre lo interior y lo exterior, entre lo público y lo privado, entre verdad y mentira, formándose un espacio de hábitos, de valores y de un estilo de vida que el comunismo impuso como una forma de organización social inconfundible. Franta es un hombre silencioso, de pocos amigos, un artista aislado por el poder y un ser solitario y desengañado. Una época histórica en su país está por concluir cuando el pequeño Kolya irrumpe en su vida. Entonces, tras ese encuentro, Louka emergerá a la superficie. Y el país entero también. El cine actual que posee algún grado de interés se funda en un arte de lo paradójico. La película toda ella será el tránsito de ese ascenso de Louka, desde las negras profundidades del ostracismo y la muerte, a las alturas de la libertad y la transformación. Pero, entonces, por qué precisamente un niño ruso es quien conduce esa aventura? Quizá porque la empresa de Kolya se realiza de un modo inconsciente, en un lento proceso. No es acaso en las profundidades inconscientes del delirio y la fiebre en donde el pequeño vence las torturadas imágenes de la muerte de donde emergerá ya libre de su carga emocional destructiva que antes expresaba en sus obsesivos dibujos? Entonces puede reconocerse como virtud central de la película de Sverak el buen humor de sus buenas y confiadas correspondencias, así como la liberación optimista de sus metáforas opresivas lejos de una épica de trayectos heroicos que nunca existió.

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