MENOS CONSTITUYENTE Y MÁS GOBIERNO

MENOS CONSTITUYENTE Y MÁS GOBIERNO

Es fácil detectar, en cualquier círculo de opinión, por encima de las filiaciones políticas, el deseo de ver al gobierno en estos difíciles momentos mandando más. El asunto puede plantearse de la siguiente manera menos Constituyente y más gobierno. El levantamiento, si así puede llamarse de las Farc y sus compañeros de tropelía, con el ELN a la cabeza, necesita una actividad mayor y desde luego superior coordinación. No son suficientes las intervenciones y opiniones de los consejeros, sean de la paz, o de la guerra. Se requiere la voz del mandatario para que asuma el puesto de comando correspondiente. Es él, según norma de la Constitución, comandante supremo de las Fuerzas Armadas y al mismo tiempo jefe del pueblo colombiano. En estas dos condiciones es indispensable el mandato único para enfrentar a la subversión.

07 de enero 1991 , 12:00 a.m.

El gobierno puede estar seguro de que el país lo respalda. No es que el presidente Gaviria y su equipo no trabajen. Por el contrario. Sabemos de su intensa laboriosidad, de su permanente preocupación por las cuestiones del Estado. Pero lo que la opinión ve es su excesivo celo por la Asamblea Constituyente, y se cree que ello le impide encarar el grave problema de la subversión con su secuela de sangre y destrucción.

La Constituyente se está volviendo antipática al creerse que, como en una familia, es la niña preferida y los demás hijos están siendo descuidados por los padres. Los colombianos no podemos seguir despertando asustados de ver las noticias de prensa, la destrucción, el saqueo y toda clase de tropelías que cometen los alzados en armas. Con su actividad se comprueba que la paz sirvió para acrecentar los frentes de guerra. Bajo el gobierno de Turbay, que los redujo al mínimo, y antes del gobierno de Betancur, eran apenas 15. En estos años de conversaciones, concesiones, concilios, se han aumentado a más de 50. No era tan mentirosa la afirmación de quienes decían, especialmente el sector militar, que la paz era apenas una disculpa para fortalecer los comandos bélicos.

Cuidemos a la Constituyente pero no descuidemos al niño enfermo. A ese infante consumido por la fiebre bélica de unos insensatos que tienen en mente destruir el país. A la guerrilla le está pasando que, al perder su piso ideológico, se deja contagiar por lo peor de lo que ella encierra o sea la maldad del ELN al intentar arruinar la riqueza ecológica colombiana. Nadie respeta ya a las Farc, de las cuales hasta hace algún tiempo existía la creencia de ser una agrupación con cierto aire sentimental. De eso no queda nada. El violento termina, en los movimientos extremistas, imponiéndose. Es el caso del ELN. Arrasó con los moderados de las Farc y otra vez ese pajarito, que simbolizó la destrucción de una parte de la ecología colombiana, se convierte en figura tétrica.

El país le pide al señor Presidente tomar las riendas y enfilar las baterías para acabar con la subversión. Si quieren la paz, que la acepten. Pero que no sigan intimidando a un pueblo hastiado de violencia y sangre. La poca simpatía que podía existir entre algunos sectores de la opinión pública con la acción guerrillera, es hoy mínima. Caído el comunismo en todo el mundo, los sentimientos de izquierda revolucionarios se frustran y los pocos insensatos partidarios de ver quemada la riqueza colombiana, podrían contarse con los dedos. Dejemos un poco de lado el tema constitucional. Colombia padece hoy grave cáncer y, ante esa dolencia, no tratemos al país como si estuviera sufriendo un simple catarro. El mal es serio y la ocasión para erradicarlo oportuna. El Presidente tiene la palabra.

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