Secciones
Síguenos en:
LA IZQUIERDA VEGETARIANA

LA IZQUIERDA VEGETARIANA

La izquierda latinoamericana se dedica por estas fechas a lo que los norteamericanos llaman soul searching. Anda a la búsqueda de una nueva identidad, totalmente alejada de los delirios revolucionarios de antaño. No toda la izquierda, claro, sino la más sensata, la más culta e instruida, esa izquierda vegetariana que ya no cree en la violencia, ni en la labor redentora de las vanguardias iluminadas por la lectura marxista de los problemas sociales, ni en los encontronazos con las grandes potencias. Una izquierda que en Chile tendría el rostro moderado del socialista Ricardo Lago, en Argentina el del radical Federico Storani, y en México el de algún líder desencantado con el PRI, pero sin estómago para militar en el guirigay ideológico de Cuauhtémoc Cárdenas, como pudiera ser, digamos, Manuel Camacho.

Por: REDACCIÓN EL TIEMPO
12 de febrero 1997 , 12:00 a. m.

Tres veces se han reunido algunos representantes de esa tendencia convocados por Jorge Castañeda, un politólogo mexicano, profesor de la Unam y gestor de esta corriente, y, a juzgar por lo que publica la prensa, no han perdido el tiempo en denunciar los horrores de la economía de mercado estéril deporte en el que se entretiene cuanto idiota sin ideas se acerca a una tribuna en este agitado fin de milenio, sino han intentado proponer soluciones aparentemente novedosas para los problemas de nuestras sociedades latinoamericanas.

Pero lo curioso es que el examen honrado de los problemas del continente ha llevado al grupo a conclusiones bastante cercanas al pensamiento liberal, como cuando Castañeda afirma que en un contexto social caracterizado por desigualdades extremas y un medio económico marcado por oligopolios, carteles y nepotismo, un Estado actuante es una condición de un funcionamiento adecuado del mercado . Frase que pudiera haber escrito Hayek o cualquier representante de la Escuela Austriaca, pues si hay una convicción mil veces reiterada por los liberales es que una de las funciones ineludibles del Estado es la de proteger a la sociedad de los atropellos de los poderes económicos privados coludidos con los gobernantes deshonestos para beneficio de unos pocos. Ese mal el mercantilismo, tan presente en Latinoamérica, ha sido una de las bestias negras del liberalismo desde el siglo XVIII hasta nuestros días.

Tampoco esta nueva izquierda descrita por Castañeda se aleja excesivamente del pensamiento liberal cuando propone que esos Estados fuertes descarten ser financiados mediante la nacionalización de ciertos recursos naturales o actividades, el endeudamiento externo o el recurso a (sic) déficit presupuestarios abultados . De dónde, entonces, saldría el dinero para costear las labores del Estado? De los impuestos, pero sin cargar la mano sobre las rentas, porque lo sensato dicen Castañeda y sus amigos parece ser gravar mucho más fuertemente el consumo, sobre todo a través del IVA o impuesto sobre el valor añadido , razonamiento que parece sacado de la campaña de los republicanos Forbes y Jack Kemp, porque si en algo creen los liberales en materia fiscal es en que lo razonable y lo verdaderamente productivo no es penalizar la creación de riquezas, sino su consumo, preferentemente mediante un flat rate que afecte a toda la ciudadanía por igual. O sea, el IVA.

Naturalmente, la izquierda vegetariana y el liberalismo tienen zonas de claras discrepancias. Como cuando Castañeda da por sentado que existen derechos sociales y tras mencionar la educación, la salud, la vivienda, la ayuda a la niñez, una pensión digna y algún tipo de ingreso mínimo , propone que se les concedan a todos los ciudadanos, desvinculados del empleo, financiados con los recursos procedentes de la mayor carga tributaria. Tendrían coberturas universales, pero enfatizando (sic) a los sectores donde su impacto sería mayor: la niñez, las mujeres, las familias dirigidas por mujeres solteras. Dichos derechos sociales combinarían lo mejor del sistema norteamericano de entitlements, es decir, no estar sujetos al empleo, con el Estado asistencial europeo, es decir, la universalidad de los derechos... Serían también exigibles y permanentes, es decir, no sujetos a recortes presupuestales .

En realidad, hablar de derechos sociales es una licencia poética que se conceden los políticos cuando padecen arrebatos líricos. La educación, la salud, la vivienda o las pensiones no son derechos, sino son bienes y servicios a los que legítimamente se puede y se debe aspirar, pero con la conciencia muy clara de que alguien tiene que pagar por ellos. Una sociedad puede decidir democráticamente que va a hacer su mejor esfuerzo en dotar a la totalidad de los ciudadanos de equis o zeta bienes o servicios, pero si sus líderes tienen un mínimo de seriedad, a esa sociedad no le es dable conceder el derecho a estas expresiones de la riqueza, porque en el momento en que no pueda cumplir su compromiso entramos en el terreno de la ilegalidad. Un derecho es algo que siempre se tiene potencialmente y que está a nuestra disposición en el momento en que lo demandamos, de manera que es absurdo intentar convertir en derecho determinados bienes y servicios a los que sólo podemos acceder si previamente se ha creado el modo de costearlos.

En los benditos países en los que existe el derecho a la libertad de expresión, si un ciudadano intenta publicar un periódico y se lo prohíben, recurre al tribunal de amparo constitucional, y el funcionario que le conculcó su derecho es sancionado. Si el derecho a una vivienda digna o el cacareado derecho al trabajo consignados en tantas constituciones pueriles y parlanchinas no fueran más que tonterías demagógicas sin ningún contenido real, los pobres que viven bajo los puentes o los desempleados crónicos podrían acusar a los gobernantes todos los días por violar sus derechos, o podrían recurrir a los tribunales para obligar al gobierno a entregarles aquello que legalmente les pertenece.

Pero más grave aún que esta observación relacionada con los supuestos derechos sociales es la que tiene que ver con el fondo de la cuestión: si de lo que se trata es de acabar con la miseria latinoamericana, el acento donde hay que ponerlo es en la creación de capital humano, en el fortalecimiento y la multiplicación de las empresas, y en la expansión de la ética de la responsabilidad y el trabajo, porque sólo así se fomenta la riqueza. Los pueblos que en los últimos treinta años han conseguido abandonar el subdesarrollo no han comenzado por el reparto minucioso de una tarta inexistente, sino han comenzado por crearla. Y eso, exactamente, es lo que prescriben los liberales. Repartir la piel del oso antes de haberlo cazado suele conducir a la melancolía y a la frustración. (Firmas Press)

Llegaste al límite de contenidos del mes

Disfruta al máximo el contenido de EL TIEMPO DIGITAL de forma ilimitada. ¡Suscríbete ya!

Si ya eres suscriptor del impreso

actívate

* COP $900 / mes durante los dos primeros meses

Sabemos que te gusta estar siempre informado.

Crea una cuenta y podrás disfrutar de:

  • Acceso a boletines con las mejores noticias de actualidad.
  • Comentar las noticias que te interesan.
  • Guardar tus artículos favoritos.

Crea una cuenta y podrás disfrutar nuestro contenido desde cualquier dispositivo.