AHUNTCHAÍN NO TIENE CARA DE VERDUGO

AHUNTCHAÍN NO TIENE CARA DE VERDUGO

Juan Antonio Ahuntchaín es un hombre de mirada buena. Sus ojos azules no tienen otra forma de pensar y de ver. Es demasiado bueno, le critican no pocos uruguayos de línea dura. Un hombre tan generoso y tan sonriente en las circunstancias en que se encuentra Uruguay tiene un pie afuera del Mundial de Francia levanta resquemores en aquellos que han creído, creen y creerán en la antiquísima fórmula de la garra charrúa.

08 de junio 1997 , 12:00 a.m.

Les incomoda que Ahuntchaín no muestre los dientes. Pero él sí los muestra, solo que de una manera distinta. Es que Ahuntchaín no tiene cara de verdugo.

El hombre se la pasa sonriendo. Está por ahí rumiando su estrategia y de pronto se le atraviesa un grupo de chiquillos. No tienen al frente a un ogro o a un padre autoritario. El técnico de Uruguay les sonríe y, si es posible, termina jugando con ellos.

Pero no lo dejan. Cámaras y micrófonos le hacen marca a presión. Y siempre de la misma forma. En la mañana, a las 11:35, le preguntan si va a jugar el Chino Alvaro Recoba o el que comenzará será Sergio Manteca Martínez. El responde que no sabe, que le asaltan dudas.

Pero a las 11:36 se aparece un tipo de la televisión y le pregunta si Manteca irá en vez del Chino Recoba. Ahuntchaín no se incomoda. Muestra los dientes, sonríe, no modifica su mirada y contesta que no sabe, que le asaltan dudas.

Sobre las 12 o algo más termina la rueda de prensa. Y, bueno, siempre pasa que alguien ha llegado tarde. De nuevo el rito. Se prende la cámara de televisión, un saludo cordial al entrenador de Uruguay y la pregunta del día: Martínez o Recoba. Y Ahuntchaín no pierde la cabeza. Sonríe, y contesta que aún no sabe y que le asaltan dudas. Es una cosa de locos, pero no hay poder humano que lo saque de quicio.

Algo raro debe tener. Desde su apellido, difícil de aprender, se ve que no es como los demás. Su abuelo era un vasco francés que partió de Europa con la idea de asentarse en Buenos Aires, pero se bajó en un puerto equivocado, en Colonia.

Colonia es del Departamento de Rosario y allí, un 15 de enero del ano 52, nació el que hoy dirige los destinos de Uruguay, en fútbol.

La lesión El niño siempre anduvo detrás de una pelota, y solo hasta los 22 ó 23 anos comenzó su carrera profesional. Era zaguero. Bastante técnico, pero el propio Ahuntchaín admite que en su juego había una mezcla de rudeza.

Difícil de creer, teniendo en cuenta que sus grandes ídolos fueron dos gigantes del área: Figueroa, el chileno, y el holandés Kroll. Y es difícil de creer por su mirada buena.

Llegó al profesionalismo por casualidad. El presidente de un equipo, el Fénix, de Montevideo, tenía una empresa fúnebre. Y allí se enroló. Más tarde ocurriría su peregrinaje por varios equipos.

Estuvo en el Monterrey de México, en Vasco da Gama, regresó a Uruguay y pasó por Miramar, volvió al Fénix, fue a Liverpool y terminó en Defensor Sporting.

En Brasil las cosas marchaban. Hizo dos temporadas, pero en la última sufrió una grave lesión. Sucedió en un partido contra Palmeiras. La pelota quedó picando, él intentó golpearla, pero una pierna rival más fuerte y decidida lo detuvo en el aire. El destrozo en meniscos y ligamentos fue severo. Un año por fuera de las canchas y la decisión de regresar a Uruguay.

El técnico Una vez terminó su carrera en Defensor Sporting, le habló el presidente del equipo y le sugirió manejar la tercera división. Los de esta categoría son profesionales en potencia. Los resultados se fueron dando y hoy día su récord no es despreciable.

En el 91 tomó las riendas de su Sporting y lo llevó al título uruguayo y al primer lugar de la liguilla prelibertadores. En el 94 hizo suyo el torneo apertura, y de nuevo la liguilla en el 95.

Clasificó en tres oportunidades a la Copa Libertadores y siempre pasó a la segunda fase. En el 93 lo eliminó de la Copa, esa máquina que era Vélez. La salida se produjo en Buenos Aires y fue por penaltis. Vélez sería el campeón.

Más tarde se convertiría en el técnico de Uruguay. Ahuntchaín reflexiona y llega a la conclusión de que ser entrenador era lo único que sabía hacer en la vida. La sociedad, dice, no le hubiera dada cabida en otra actividad.

El hombre no miente. Dice que no es de miedos, que quizás su temor nace de lo que les pueda ocurrir a sus hijos. Y se necesita ser temerario para ser técnico.

Su profesión le obliga a soportar los desvelos de una derrota. Ahuntchaín, como casi todos los de su raza, no puede dormir cuando aparecen las adversidades. Pasa horas y horas acostado tratando de modificar, a su favor, un resultado.

Y allí es cuando se siente más solo. No puede involucrar a su familia en los líos tácticos y en las críticas de la prensa. Cómo decirle a su familia que le molesta la opinión de la gente sin conocimiento o cómo decirle a su esposa Graciela González que los periodistas no hacen sino preguntarle por Manteca Martínez y por el Chino Recoba. No, lo tiene que callar y llevarse para adentro esos pensamientos.

Al fin y al cabo, el fútbol le dio mucho a su familia. Han vivido de la pelota, pero hay un precio, que trata de pagar de la mejor manera.

La cabeza Hoy, Ahuntchaín se juega la cabeza. A Uruguay no le queda otra salida que ganar. No he pensado en la derrota , dijo el miércoles y parecía confiado. Dos días más tarde ya no estaba tan seguro. Si Uruguay no gana sostuvo, habría que pensar en la posibilidad de renunciar.

Entonces, la vida quizás lo lleve por ese camino sosegado que busca. El fútbol presente, pero otro fútbol. Ese que consiste en tomar un puñado de jovencitos para enseñarles algunos de los secretos y ese mundo en donde no se construyen críticas destructivas.

Hoy puede haber alguna claridad para él. El triunfo es de nuevo la esperanza, aunque al ciudadano charrúa se le ve escéptico. Y no por ello deja de hablar y de vivir para el fútbol. Ahuntchaín cree que esta es la razón de que en un país tan pequeño haya tanto futbolista.

Una derrota es también un espacio para pensar en esos intangibles que la vida suele mostrar. Por ejemplo, un Dios que pasa cuenta de cobro sobre todo lo que el ser humano haga en la vida.

O tal vez se quede ensimismado con la literatura de Gabriel García Márquez, o relea la biografía de Napoleón, o se quede pensando en que el mundo produce hoy más que nunca biografías mal hechas. O que a la única muerte que le teme es a la de sus hijos.

O que Jorge Valdano como escritor es un excelente jugador y que es más útil leer Montevideanas porque allí Mario Benedetti le quitó el velo a buena parte de los uruguayos.

Tendrá tiempo de pensar también en el día en que los uruguayos dejen de ser tan impuntuales y dejen de inventarse excusas antes que asumir sus culpas y responsabilidades.

Y podrá pensar en Colombia, su posible verdugo, como un país que hace unos años era conocido por sus gentes y su música y hoy lo miran por sus dificultades internas y externas.

Tantas cosas al margen del mundo del fútbol se pueden suscitar, y en ellas cae Ahuntchaín. Pase lo que pase hoy, el técnico seguirá aferrado a los cigarrillos, al asado criollo y más que nadie a Montevideo, el lugar ideal para ir por la vida con los hijos.

Por ahí le inquietarán Claudia Schiffer o Xuxa, pero llegará a lo mismo que ha pensado en años. Que el día que conviva con ellas será distinto a lo imaginado.

Y nadie le sacará de la cabeza que se cree en la fidelidad de la mujer y en la infidelidad del hombre porque esta es una sociedad machista. Y que espera terminar sus días en una cabaña al frente de un lago, escuchando historias de la gloria de su hijo, el mejor de los delanteros.

Sueños y deseos apenas. Suenos que no están en sus manos. Como hoy, a la 1:30 de la tarde hora colombiana, cuando deje en sus jugadores la respuesta a sus interpretaciones.

Y por encima del resultado, vendrá la tortura de la rueda de prensa. Las mismas preguntas y desde ya la alineación para el próximo juego. Jugarán Francescoli, Recoba o Martínez?, le preguntarán a Ahuntchaín. Y él mostrará los dientes y dirá una y otra vez que aún no sabe y que le asaltan dudas. Y a quién no le asaltan dudas, hoy antes del partido en el Centenario?

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