SOBRE LO ABOMINABLE Y LOS JESUITAS

SOBRE LO ABOMINABLE Y LOS JESUITAS

Los tipos que a plena luz del día, en Chapinero y convenientemente vestidos de negro, asesinaron cobardemente a Mario Calderón y Elsa Alvarado ignoran la inutilidad de ese esfuerzo criminal. No es, como en otras empresas igualmente sucias en las que de seguro han participado y bajo los mismos estúpidos designios, cosa fácil. Tampoco producirán los mismos niveles de miedo y perplejidad de otras oportunidades.

07 de junio 1997 , 12:00 a. m.

Es probable que los bárbaros tengan ninguna o escasa información sobre lo que significa meterse con los jesuitas. Que ignoren, por ejemplo, el asombroso nivel de obstinación, paciencia, temeridad, astucia, sacrificio y martirio de que son capaces. Aunque Calderón y Alvarado no son las primeras víctimas de los jesuitas y el Cinep, las características del asesinato y de las víctimas los convierten en un golpe al corazón, no del Cinep, sino de esa orden conspicua, controvertida y peligrosa que se llama tan excluyentemente a sí misma la Compañía de Jesús.

Expulsados de China, Japón, India, Inglaterra, Suiza, Francia, España, Portugal, América, los jesuitas se las han arreglado como siempre para regresar. Tienen, como probablemente no la tiene ninguna organización laica o religiosa, una apetitosa historia sobre el arte de sobrevivir entre el fuego cruzado. Cuando estaban en China o en Japón, construyendo en filigrana un sincretismo que amenazaba efectivamente sus vidas, supieron siempre que el peligro mayor estaba en el Vaticano, según la historia de lo estúpido se encargó de comprobar después. A los mártires que los países infieles imponían a su atrevida gestión misionera, había siempre que añadir aquellos que los gobiernos afectos a Roma les proporcionaban. De modo que lo de ahora no les resulta extraño y tienen una memoria histórica tan copiosa que difícilmente podrán arredrarse ante las nuevas formas de estupidez y violencia.

La última guerra en la cual los jesuitas se unieron a la resistencia francesa en número cercano al millar, salvando a la iglesia católica de la terrible responsabilidad histórica que a su conjunto podría atribuirse por los calculados remilgos de Roma frente al terror nazi, marca el inicio de una nueva historia de la compañía. La Acción Católica, los curas obreros, Arrupe, los centros de investigación y capacitación popular impondrán un nuevo estilo de vida en donde el compromiso político con las bases resulta poco menos que inevitable. Abandonaron virtualmente los elitistas colegios desde donde durante tanto tiempo pretendieron formar a las clases dirigentes, no sin antes democratizar los pocos establecimientos educativos que aún mantienen. El resultado ha sido una compañía a la que Plinio no podría dejar de calificar de idiota, los mártires de Centroamérica y el vértigo que en ciertas clases dirigentes produce el Cinep.

Como de costumbre, los jesuitas son otra vez el centro de una explosiva polémica. Hasta el general Bonett, en otros aspectos tan lúcido, tan desprovisto, por razones de su raigambre caribe, de la rigidez conceptual típica de los cuarteles, no pudo sustraerse del todo a la tentación de presentir enemigos en los contradictores, o suponer pecadores a quienes mantienen la ilusión de los derechos esenciales de las personas y la humanización del conflicto.

Pero supongo que los jesuitas no están sorprendidos. Es lo de siempre. Y nunca sabremos si la ligereza de Bonett es o no más excusable que la de Juan Pablo II, un papa que restauró la hostilidad contra la Compañía, la intervino, la provocó exaltando al Opus Dei, y quien de seguro tiene más reticencias que nadie contra lo que hace, dice y escribe el Cinep.

Pero no por históricos, verosímiles y previsibles, los asesinatos pierden su carácter abominable, así ellos no provoquen todavía los altos niveles de indignación que merecen. No bastan los avisos de prensa de los propio jesuitas a lo sumo con los mismos centímetros cuadrados de los que publicaron contra la eutanasia, ni el hermoso y concurrido sepelio de las víctimas. Es necesario despertar más reacciones contra el crimen. Especialmente de las autoridades, obligadas a algo más que a investigaciones exhaustivas pero inútiles, y muy pronto abocadas a que la comunidad internacional, hastiada de nuestras repetidas barbaries, de las cuales hace ahora cuidadoso seguimiento, acabe por volvernos el país paria que ya casi somos.

Llegaste al límite de contenidos del mes

Disfruta al máximo el contenido de EL TIEMPO DIGITAL de forma ilimitada. ¡Suscríbete ya!

Si ya eres suscriptor del impreso

actívate

* COP $900 / mes durante los dos primeros meses

Sabemos que te gusta estar siempre informado.

Crea una cuenta y podrás disfrutar de:

  • Acceso a boletines con las mejores noticias de actualidad.
  • Comentar las noticias que te interesan.
  • Guardar tus artículos favoritos.

Crea una cuenta y podrás disfrutar nuestro contenido desde cualquier dispositivo.